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Opinion El Paso

El dictador que cree en Dios

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Jorge Ramos Ávalos / Periodista

domingo, 11 septiembre 2022 | 06:00

Al dictador Daniel Ortega, responsable de cientos de muertos y de una brutal represión en Nicaragua, nunca le ha costado trabajo hablar de su fe religiosa.

— “¿Usted cree en Dios?”, le pregunté durante una entrevista en el 2006, cuando era candidato presidencial. “¡Claro que sí!”, me contestó. “Cristo (se convirtió) en una fuente de inspiración para mí. Yo lo considero un rebelde, un revolucionario”.

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— “¿Usted comulga? ¿Va a misa?”, insistí. “Así es”, me dijo, “siempre he comulgado. En los años ochenta, en medio de la guerra, cuando algunos compañeros caían en combate, iba a misa y comulgaba”.

En ese marzo de 2006, hacía unos meses que Ortega se había casado con la ahora vicepresidenta, Rosario Murillo –“mi madre siempre me insistió que me casara”– y no dudaba en proclamar su religiosidad. “Nací católico; siempre he sido católico”.

En esa época muchos sospechaban de su acercamiento a la Iglesia católica. Me decían que Ortega lo hacía solo para obtener votos. Cierto o no, ganó las elecciones de noviembre de 2006. El Centro Carter las calificó como unas “elecciones aceptables”.

Fue la última vez

Desde entonces, Ortega ha modificado la Constitución a su modo, realizado fraudes, censurado a periodistas, encarcelado a opositores, acumulado casi todo el poder y se ha atornillado en la silla de la Presidencia. Y ahora que ya no necesita a la Iglesia católica para conseguir votantes, se ha lanzado en contra de sus líderes principales.

El pasado 19 de agosto la policía entró a la Diócesis de Matagalpa y detuvo al obispo Rolando Álvarez, uno de los críticos más desafiantes de la dictadura.

Desde entonces Álvarez se encuentra en arresto domiciliario e incomunicado. Está acusado de “desestabilizar al estado de Nicaragua y atacar a las autoridades constitucionales”, cargos que él rechaza.

Los ataques de Ortega a la Iglesia católica van mucho más allá del arresto del obispo Álvarez. La BBC reporta que, en el último año y medio, el gobierno ha encarcelado a siete sacerdotes, clausurado emisoras católicas y expulsado a 18 monjas y al nuncio del Vaticano.

“La Iglesia es la última frontera”, me dijo en una entrevista Aníbal Toruño, el dueño de Radio Darío, que fue cerrada recientemente por el gobierno luego de 73 años al aire. “Él quiere el silencio, el control total en Nicaragua... Daniel Ortega y Rosario Murillo están aplanando Nicaragua. Hacé de cuenta que es una selva que han aplanado total y completamente”.

La Iglesia católica y otras organizaciones denunciaron las muertes y ejecuciones extrajudiciales tras las protestas del 2018. Al menos 355 personas murieron por la represión gubernamental, de acuerdo con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Y esos asesinatos ocurrieron con el “conocimiento de las más altas autoridades”, incluyendo a Daniel Ortega, denunció un informe de Amnistía Internacional.

Es innecesario e inapropiado cuestionar la fe católica de Daniel Ortega. Ese es un asunto enteramente personal. Pero en la soledad de la noche, ¿cómo justifica sus crímenes? Las gravísimas violaciones a los derechos humanos cometidos por su gobierno van en contra de cualquier religión. Y su reciente campaña atacando y encarcelando a líderes y sacerdotes católicos en Nicaragua solo resalta esa flagrante contradicción.

Ortega es, pues, un dictador que cree en Dios, comulga, reprime y mata.

Pero el conflicto entre su fe religiosa y sus acciones no es el único de Ortega. Resulta inverosímil que alguien, como él, que luchó en contra de una dictadura –la de los Somoza– esté ahora construyendo otra.

Periodistas nicaragüenses me aseguran que la dictadura de Ortega es más cruel que la de los Somoza. Y que tiene las mismas intenciones somocistas de crear una dinastía; primero con su esposa Rosario Murillo –la jefa de facto en el país– y luego con su hijo Laureano, a quien muchos conocían por ser un cantante de ópera.

La democracia ha muerto en Nicaragua. Pero si algo sabemos de los nicaragüenses, es que nunca se dejan. Tienen una inigualable fibra democrática. Como lo demuestra su clásica obra de teatro El Güegüense, hay mil maneras de resistirse a los abusos de la autoridad.

Los nicaragüenses han tumbado dictadores antes y lo volverán a hacer.

El dictador que cree en Dios también caerá.

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