El ataque de los centristas fanáticos

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Paul Krugman / The New York Times
domingo, 03 febrero 2019 | 06:00

Nueva York— ¿Por qué la política estadounidense es tan disfuncional? Sin importar cuáles sean las causas más profundas de nuestra angustia, la causa inmediata es el extremismo ideológico: facciones poderosas se aferran a visiones falsas del mundo, a pesar de la evidencia. 

Observen que dije facciones, en plural. No hay duda de que los extremistas más alborotadores y peligrosos están en la derecha, pero hay otra facción cuyas obsesiones y negativas a enfrentar la realidad también han hecho muchísimo daño.

Pero no estoy hablando de la izquierda. Los izquierdistas radicales son virtualmente inexistentes en la política estadounidense; ¿pueden pensar en alguna figura destacada que quiera que nos vayamos a la izquierda de, por ejemplo, Dinamarca? No, estoy hablando de centristas fanáticos.

En los últimos días nos han regalado el espectáculo absurdo y probablemente destructivo de Howard Schultz, el multimillonario de Starbucks, insistiendo en que es el presidente que necesitamos a pesar de su ignorancia demostrable en lo que respecta a políticas públicas. Schultz evidentemente piensa que sabe muchas cosas, pero no es así. Sin embargo, sus delirios de conocimiento no son tan especiales. En su mayoría, siguen la doctrina centrista convencional.

En primer lugar está la obsesión con la deuda pública. Esta obsesión podría haber tenido algún sentido en 2010, cuando algunos temían una crisis al estilo griego, aunque incluso entonces yo podría haberles dicho que esos miedos estaban fuera de lugar. De hecho, lo hice.

No obstante, sea cual fuere el caso, han pasado ocho años desde que Erskine Bowles y Alan Simpson predijeron una crisis fiscal dentro de dos años salvo que se hiciera caso a sus llamados de recortar el gasto y, a pesar de ello, los costos del financiamiento de préstamos en Estados Unidos siguen estando en niveles históricamente bajos. Estos costos de financiamiento bajos significan que los temores de que la deuda crezca de manera descontrolada son infundados; los economistas de la corriente dominante ahora nos dicen que “los riesgos asociados con los altos niveles de deuda son pequeños en comparación con el daño que ocasionaría el recorte al déficit”.

Sin embargo, Schultz todavía declara que la deuda es nuestro mayor problema. No obstante, fiel a las formas centristas, sus preocupaciones deficitarias son extrañamente selectivas. Bowles y Simpson, a quienes se encomendó proponer una solución a los déficits, enumeraron como su primer principio... reducir las tasas fiscales. En efecto, Schultz está totalmente a favor de recortar la Seguridad Social, pero se opone a cualquier aumento de impuestos a los ricos.

Es curioso cómo funciona eso.

En general, los centristas se oponen enérgicamente a cualquier propuesta que le facilite la vida a los estadounidenses comunes. La cobertura universal de salud, nos dice Schultz, se traduciría en “servicios médicos gratuitos para todos, cosa que el país no puede costear”.

No es el único en decir cosas como esa; hace unos días Michael Bloomberg declaró que extender Medicare para todos, como sugiere Kamala Harris, “nos llevaría a la quiebra durante mucho tiempo”.

Ahora bien, los servicios médicos de pagador único (¡que en realidad se llaman Medicare!) no han llevado a la quiebra a Canadá. De hecho, todos los países desarrollados, a excepción de Estados Unidos, tienen alguna forma de cobertura de salud universal y se las arreglan para costearla.

El problema verdadero con “Medicare para todos” no es lo que cuesta, los impuestos que se necesitan para pagarlo sin duda serían menos de lo que los estadounidenses pagan ahora en primas de seguro. En cambio, el problema sería político: sería problemático convencer a la gente de cambiar el seguro privado por un programa público. Esa es la verdadera preocupación de los defensores de Medicare para todos, pero no es en absoluto lo que Schultz o Bloomberg están diciendo.

Por último, el sello distintivo del centrismo fanático es la determinación de ver a la izquierda y la derecha estadounidenses como igualmente extremas, sin importar lo que en realidad proponen.

Por lo tanto, a lo largo del gobierno de Obama los centristas proclamaron que querían líderes políticos que pudieran atender sus preocupaciones de deuda con un enfoque que combinara recortes al gasto y aumentos a los ingresos, que ofrecieran un plan de servicios de salud basado en el mercado  y que invirtieran en infraestructura, sin nunca lograr reconocer que había una figura importante que estaba proponiendo justo eso: el presidente Barack Obama.

Y ahora que los demócratas han dado un giro más progresista que radical, la retórica centrista se ha vuelto sumamente histérica. Medicare y Medicaid ya dan cobertura a más de una tercera parte de los residentes estadounidenses y pagan más facturas que los seguros privados.

No obstante, Medicare para todos, dice Schultz, “no es estadounidense”. Elizabeth Warren ha propuesto cobrar impuestos a los ricos que siguen por completo la tradición de Teddy Roosevelt; Bloomberg dice que nos convertirían en Venezuela.

¿De dónde proviene el fanatismo de los centristas? Me parece que buena parte de la explicación es la pura vanidad.

Tanto a críticos como a plutócratas les gusta pensar que son seres superiores, que están por encima de la crispación política. Quieren pensar que ellos luchan con firmeza contra el extremismo de derecha e izquierda. No obstante, la realidad de la política estadounidense es la polarización asimétrica: el extremismo de la derecha es una poderosa fuerza política, mientras que el extremismo de la izquierda no lo es. ¿Qué puede hacer un aspirante a centrista?

La respuesta, con demasiada frecuencia, es retirarse a un mundo de fantasía, casi tan hermético como la derecha, la burbuja de Fox News. En este mundo de fantasía, los socialdemócratas como Harris o Warren resultan ser la encarnación de Hugo Chávez, de tal manera que asumir la que de hecho es una postura conservadora puede interpretarse como una defensa valiente de la moderación.

Sin embargo, eso no es lo que en realidad está sucediendo y el resto de nosotros no está obligado de ninguna manera a dejarse llevar por delirios centristas.