Diálogo sobre seguridad fronteriza tiene un enorme orificio

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Ruben Navarrette Jr. / The Washington Post
sábado, 09 noviembre 2019 | 06:00

San Diego— El muro fronterizo de Donald Trump vale de 10 a 25 billones de dólares y una sierra inalámbrica vale 100 dólares. Los reportes de que los traficantes de personas han cortado el muro como si fueran tijeras de juguete con un papel crepé: eso no tiene precio.

Mis amigos hacen bromas con lo que realmente significa MAGA: “Los Migrantes Siempre Logran Cruzar”. Ellos saben que los migrantes solucionan los problemas de una manera natural.

Una nueva barrera fronteriza es sólo otro problema por resolver. En el 2019, la administración Trump completó unas 76 millas (122 kilómetros) del nuevo muro fronterizo, de acuerdo a Mark Morgan, comisionado interino de Aduanas y Patrulla Fronteriza.

Un reciente artículo que fue publicado en The Washington Post sugiere que, aun en su etapa inicial, el muro fronterizo de Trump no ha sido intimidante.

En repetidas ocasiones, los contrabandistas han aserrado secciones usando nada sofisticado, sólo una sierra inalámbrica que está ampliamente disponible para el público por unos 100 dólares.

Los que no tienen recursos –también existen reportes de que los contrabandistas lo hacen– usan escaleras improvisadas para escalar la barrera fronteriza.

¿Escaleras? ¿Quién lo hubiera pensado?

Aunque Trump presumió que el muro fronterizo era imposible de escalar, no pareció muy sorprendido al enterarse de que su supuestamente impenetrable barrera ha sido muy penetrada.

“Uno puede cortar cualquier muro”, les dijo Trump de manera realista a los reporteros en la Casa Blanca. “Nosotros tenemos un muro poderoso. Aunque no importa qué tan poderoso sea, con toda franqueza, uno puede atravesar por cualquier cosa. Pero nosotros tenemos mucha gente vigilando. Ustedes saben que los huecos que dejan los cortes es algo que puede ser fácilmente arreglado”.

Durante la época que pasó en el mundo inmobiliario de Nueva York, Trump siempre fue un vendedor escurridizo. Sin embargo, como presidente, lo ha sido más que nunca. Él no ha prometido lo que prometió y el muro fronterizo que les prometió a los votantes –con bombo y platillo– no es el que terminamos teniendo.

Trump está en lo cierto. Los orificios en el muro pueden ser reparados. Yo apuesto a que en la misma ferretería que vende las sierras eléctricas también tiene cinta adhesiva para ductos.

Lo que no será tan fácil arreglar es el gigantesco hueco que hay en el diálogo sobre la seguridad fronteriza en Estados Unidos. El problema no es blanco y negro.

Es posible querer asegurar la frontera y seguir dudando que un gigantesco muro pueda hacer el trabajo. También es posible oponerse al muro fronterizo sin estar a favor de una frontera abierta.

Usualmente, las personas que creen más en asegurar la frontera entre Estados Unidos y México viven muy lejos de ese lugar. Si visitan una pequeña población en Iowa, van a escuchar a los residentes expresar su preocupación acerca de los migrantes y los cárteles de la droga.

Sin embargo, si hablan con los texanos, que viven en una de las ciudades que están en la frontera, van a escucharlos describir a los mexicanos que viven en el otro lado no como invasores sino como vecinos.

Otra cosa que uno va a encontrar en esas ciudades fronterizas es un saludable escepticismo acerca de si el muro de Trump podrá materializarse como se ha publicitado –una impenetrable barrera de 12 pies de alto (3.65 metros) que se extenderá a lo largo de casi 2 mil millas (3 mil 218 kilómetros), desde San Diego, California hasta Brownsville, Texas.

Supuestamente, esa estructura iba a sellar la frontera de una manera muy compacta y mantendría fuera dos cosas que los estadounidenses desean más de México –los migrantes y las drogas.

Como hemos dicho algunos durante todo este tiempo, “el hermoso y bello muro” de Trump es un tonto desperdicio de dinero. Los decididos y desesperados oprimidos van a cruzar por encima, alrededor o por debajo de cualquier barrera que les pongamos.

Los estadounidenses necesitan sobreponerse a eso. Es verdad que estamos en guerra con los contrabandistas, pero no es un combate medieval. Es una batalla de ingenio de alta tecnología. En lugar de gastar 25 billones de dólares en el muro fronterizo, podría redituarnos más gastar la mitad en censores, computadoras y otras formas de vigilancia electrónica.

Necesitamos soluciones del siglo 21, no un retroceso simbólico al siglo 12. Mientras seguimos estancados en el pasado, los contrabandistas se hacen más fuertes. A pesar de cualquier barrera que les pongamos, van a seguir cobrándoles más a sus clientes por tener que solucionar el problema de pasar por allí. Alguien tiene que pagar las herramientas.

Mientras tanto, en el Edificio de Oficinas Ejecutivas Eisenhower –que está enseguida de la Casa Blanca– recientemente hubo una fiesta de Halloween para los funcionarios de la administración y sus hijos.

Se colocó una estación en donde se alentaba a los niños a ayudar a “Construir el Muro” con ladrillos personalizados.

Esa historia me dio una idea. Despidamos a los contratistas que tenemos en la frontera entre Estados Unidos y México y contratemos a algunos de esos niños para que construyan algo verdadero.

Eso no nos afectaría porque al parecer, para los contrabandistas, el pasar por encima del grande y bello muro de Trump es un juego de niños.