Opinion El Paso

Desmond Tutu, el moderado radical que el mundo necesitaba

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David Von Drehle / The Washington Post

viernes, 31 diciembre 2021 | 06:00

Washington— No existe una institución más tímidamente moderada que la Iglesia de Inglaterra. Durante siglos, los líderes anglicanos se han concebido a sí mismos como viajeros a la mitad del camino entre caminos que compiten.

Son herederos de Aristóteles, así como también, seguidores de Jesús, los sabios griegos les enseñaron que la moderación es la esencia de la sabiduría.

El desaparecido arzobispo de Cape Town, Desmond Tutu, fue un pionero de ese punto medio. Su vida, que terminó el 26 de diciembre a la edad de 90 años, desaprobó la idea de que los moderados no tienen principios –una calumnia que siempre ha ganado impulso en tiempos de polarización–.

Como el representante de más alto rango de la Iglesia de Inglaterra en Sudáfrica, Tutu fue un apasionado y comprometido de manera efectiva para terminar con el sistema de la supremacía blanca en la segregación racial –aunque lo hizo de una manera en que no cambió simplemente un tipo de odio por otro–.

El papel que jugó Tutu como pastor para acabar con la segregación racial, por la que recibió el Premio Nobel de la Paz en 1984, requirió independizarse tanto de un gobierno blanco reaccionario y la violenta oposición marxista.

Al igual que sus compañeros ministros cristianos del movimiento de derechos civiles de Estados Unidos, la moderación de Tutu lo colocó bajo una tremenda presión de ambos extremos.

Como lo dijo el biógrafo de Tutu, Stephen Gish: “Fue odiado por muchos sudafricanos blancos por ser demasiado radical, también fue despreciado por muchos militantes africanos por ser demasiado moderado”.

Otro biógrafo, John Allen, citó al activista de derechos de los sudafricanos, Bernice Powell, diciendo que Tutu era “demasiado bueno para la gente blanca”.

Tutu entendió que esa atracción a los extremos es usualmente el preludio para la violencia en los asuntos humanos. Su iglesia anglicana fue el producto de sanguinarias guerras religiosas en los siglos 16 y 17, y fue testigo de levantamientos anti-coloniales en toda África. Las protestas por la libertad en Sudáfrica fueron suprimidas violentamente en los años 1960.

En lugar de la violencia, Tutu ofreció unos principios atractivos para la razón y justicia. Heredó un manto de protesta persuasiva de anteriores líderes anglicanos. El elocuente laico Alan Paton conmovió a millones de lectores de todo el mundo para que se opusieran a la segregación racial a través de la novela que escribió en 1948, “Llora el querido país”. 

Uno de los predecesores de Tutu, Geoffrey Clayton, arzobispo de Cape Town, logró que los anglicanos de Sudáfrica se rehusaran en 1957, a obedecer una ley que requería que hubiera segregación racial en las iglesias.

Nelson Mandela, el primer presidente de Sudáfrica en ser electo a través de unos comicios libres, dijo acerca del mentor de Tutu en la iglesia anglicana: “Ninguna persona blanca ha hecho más por Sudáfrica que Trevor Huddleston”.

El sacerdote inglés no sólo alentó a Tutu e hizo conciencia sobre el imperio de la minoría con sus escritos y sermones, sino que bendijo a los fanáticos del mundo regalándole al joven Hugh Masekela su primera trompeta.

El testimonio de Tutu ante la injusticia de la segregación racial no fue menos poderosa que su no violencia y su inclusión. Le tomó una valentía física y moral para aceptar el puesto de decano de la catedral anglicana en Johanesburgo en 1975, convirtiéndose en el primer africano en integrarse a una posición tan prominente en la sociedad sudafricana.

En cuestión de Teología, Tutu predicó que la liberación espiritual no es divisible, si cualquier puede ser libre, todos deben ser libres. Esto ocurrió en un tiempo en que Mandela y otros líderes que estaban en contra de la segregación racial se encontraban languideciendo en una prisión por impulsar tales puntos de vista.

Cuando el sistema del odio colapsó y liberaron a Mandela, se convirtió en presidente, buscó un punto medio entre ocultar el pasado y permitir que el pasado dividiera a Sudáfrica. 

La Comisión de la Verdad y Reconciliación fue un vehículo para examinar los abusos a los derechos humanos de la Era de la Segregación Racial –y para superarla sin la venganza–. Mandela conocía justamente al hombre para liderar ese proyecto tan ambiciosamente esperanzador: Desmond Tutu.

Nuevamente, el espíritu de la moderación recibió críticas. Algunos sintieron que la Comisión falló en hacer que las anteriores autoridades fueran responsabilizadas moralmente. Actualmente, Sudáfrica sigue siendo un trabajo imperfecto y sin terminar de sanación, y sigue marcada por profundas cicatrices de su opresivo pasado colonial.

Sin embargo, un moderado, que camina por en medio del camino, no es sorprendente ni desalentador que fallen las cosas para que sean perfectas. Las cosas nunca salen perfectas en la sociedad humana.

Aristóteles observó que “El cobarde llama impulsivo al hombre valiente y el hombre valiente lo llama cobarde”. Durante su larga carrea como un ejemplo de fe y moderación, el arzobispo conoció muy bien esa paradoja. Entre los atemorizados por el ideal de una nación justa y multirracial, el testimonio de Tutu fue considerado impulsivo y peligroso. Entre los radicales que deseaban reemplazar una jerarquía tribal con algo diferente, para luchar poder con poder, la visión de Tutu fue un pálido e inútil punto medio.

Sin embargo, en los años justo antes y después del cambio de los siglos, la Sudáfrica de Tutu y Mandela –una Sudáfrica moderada– fue una de las glorias del mundo, provocando admiración en los corazones de cada nación y credo. Esa luz se encontrará siempre que haya líderes que persigan el punto medio.

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