Opinion El Paso

Cuando se envalentonan, decepcionan

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Maureen Dowd/The New York Times

martes, 14 septiembre 2021 | 06:00

Washington— No soy de las que piensan que las mujeres, por naturaleza, son mejores líderes que los hombres, más colegiadas y colaboradoras. He cubierto a suficientes mujeres en puestos altos, y he trabajado para y con suficientes mujeres, para saber que depende de cada quien.

Sin embargo, cuando recuerdo el 11 de septiembre y el torrente de trágicos y perversos errores garrafales que le siguieron, pienso en los hombres que cayeron bajo el influjo de una peligrosa especie de hipermasculinidad, una falsa actitud de tipos duros, una caricatura de fuerza, incluida la prematura escena de “misión cumplida” de George W. Bush pavoneándose en un portaviones en su propia versión de la película “Top Gun”.

Todo ese pavoneo dejó a Estados Unidos mermado y más débil.

Dick Cheney y Donald Rumsfeld arruinaron la presidencia de Bush hijo, con sus ideas prepotentes sobre el poder ejecutivo de gran envergadura, desarrolladas durante el gobierno de Ford cuando se sentían limitados por las restricciones posteriores al escándalo de Watergate; con su determinación de exorcizar nuestra ambivalencia posterior a Vietnam sobre el uso de la fuerza y con su descabellado plan de que Estados Unidos fuera la única superpotencia a base de ataques preventivos contra posibles enemigos (Cheney, siempre dispuesto a bombardear a pesar de sus cinco aplazamientos durante Vietnam). Y, por supuesto, estaba ese acto tan beligerante y vergonzoso: aprobar el uso de la tortura.

Este infame par de Rasputines se aprovechó del miedo de Bush hijo a que le llamaran pelele, como en el pasado le sucedió a su padre, si no se sumaba a la causa del ‘primero mata, luego averigua’ para marginar a Afganistán e invadir Irak, lo cual no tenía nada que ver con el 11 de septiembre.

A los padres del presidente los consumía la preocupación por los efectos nocivos de Cheney y Rumsfeld (más tarde, Bush padre usó los términos peyorativos de “cabrón bien hecho” para referirse a Cheney y “arrogante” para Rumsfeld). Sin embargo, incluso después de que las cosas empezaron a salir mal, Bush hijo les confesó a los columnistas conservadores que admiraba los “cojones de acero” de los dos hombres mayores.

¿En serio?.

Un alto comandante en Afganistán me dijo una vez que estaba confundido sobre por qué invadimos Irak. ¿No estábamos cayendo en el juego de Osama bin Laden al ocupar dos países musulmanes?.

Sí, pero a Bush hijo le gustaba la idea de eclipsar a su padre, un auténtico héroe de guerra.

Los días previos al estallido de la guerra de Irak, Washington fue un verdadero festival de hombría, en el que los varones en la cúpula del gobierno y del periodismo vieron con buenos ojos ir a la guerra o se hicieron de la vista gorda ante el débil ‘casus belli’.

También hubo mujeres que ayudaron, como Condoleezza Rice, Judy Miller y Hillary Clinton, cuyo marido le aconsejó que votara a favor de la autorización de la guerra de Irak y dijo a los demócratas tras el 11 de septiembre: “Cuando la gente se siente insegura, prefiere a alguien fuerte y equivocado que a alguien débil y con la razón”.

Pero nunca olvidaré cómo reaccionaron muchos editores y escritores importantes después de que Colin Powell pronunció aquel discurso en las Naciones Unidas en 2003 en defensa de la guerra contra Irak. El secretario de Estado se había encerrado con George Tenet, jefe de la CIA, para tratar de eliminar el material falso que Cheney y compañía estaban metiendo en el discurso. Pero no logró eliminar todo. Su argumento era ridículamente débil, al igual que la estimación de inteligencia nacional.

Sin embargo, muchos de mis colegas hombres no consideraron que el argumento de Powell era débil y deshonesto, tan sólo una excusa para ir a patear a algunos árabes, no importaba con tal de que fuera árabe, para que nunca nos volvieran a ver feo. Para los hombres, el argumento era sólido. Le pregunté a un amigo, que trabajaba en otra publicación, sobre esta fiebre de invasión machista.

“A los hombres les encanta la guerra”, dijo encogiéndose de hombros.

Por desgracia, los horrores que desató este elenco de “conmoción y pavor ” no conmocionaron al país lo suficiente como para acabar con la manía de esta vena autodestructiva de hipermasculinidad.

Tras el respiro de Barack Obama, Donald Trump llegó a la presidencia. Cuando Trump apareció en las primarias republicanas, los estudios de mercado informaron que el rasgo que más admiraban los electores de la estrella de los programas de telerrealidad eran “los cojones” (sus seguidores publicaban memes en los que aparecía como Rambo, una gran mejora para el “cadete espolones”, y el propio Trump tuiteó una foto suya como un Rocky sin camiseta. Todo esto, a pesar de que más tarde se iría a meter al búnker de la Casa Blanca durante las protestas de Black Lives Matter.

Después de incitar a sus partidarios el 6 de enero a atacar el Capitolio y decirles “vamos a ir hacia allá y estaré allí con ustedes”, Rambo/Rocky se retiró al Despacho Oval para ver el caos por televisión.

La rutina de falso tipo duro de Trump condujo a la letal división política sobre el uso de cubrebocas, que mermó nuestra capacidad de vencer al virus. Cuando Trump se contagió de Covid-19, aceptó de buena gana todos los medicamentos especiales que pudo conseguir de su gran equipo de médicos en el Hospital Walter Reed. Sin embargo, siguió actuando como si la Covid-19 fuera cualquier cosa y dijo a sus partidarios de los estados republicanos que los cubrebocas eran para los timoratos.

Como nunca se pierde un cuadro cursi de machismo, Trump tenía previsto comentar una pelea de box entre Evander Holyfield, de 58 años, y Vitor Belfort, de 44, el 11 de septiembre en el Hard Rock Casino de Florida. Durante un acto promocional del Hasbeenpalooza, el hombre de 75 años fanfarroneó con que le gustaría darle una paliza a Joe Biden, de 78 años, que sería su “pelea más fácil” y que Biden “caería en los primeros segundos”.

Y aunque a Biden se le escapa una que otra burla de patio de recreo escolar, este presidente, por suerte, no suele ser un líder de estilo hipermasculino. Está sacando a relucir el daño causado por sus predecesores republicanos que utilizaron esa estrategia para enmascarar sus propias inseguridades e insuficiencias.

Biden está adoptando una postura más dura con respecto a las vacunas para obligar a más negacionistas del coronavirus a vacunarse para protegerse a sí mismos y al resto de nosotros. Nos sacó de las arenas movedizas de Afganistán. Y tuvo algo mejor que hacer el 11 de septiembre que darle pelea a Trump.

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