Opinion El Paso

Cómo manejar la Olimpiada del Genocidio en Pekín

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Nicholas Kristof/The New York Times

viernes, 09 abril 2021 | 06:00

Nueva York— ¿Estados Unidos y otras democracias deberían participar en unos Juegos Olímpicos de Invierno organizados por un gobierno que las administraciones de Donald Trump y Joe Biden han dicho que está involucrado en un genocidio?

El debate sobre si se deben boicotear los Juegos Olímpicos de 2022 en Pekín se está calentando antes de la inauguración de los juegos en febrero. La administración Biden afirma que actualmente no discute un boicot con sus aliados, pero 180 organizaciones de derechos humanos han sugerido en conjunto que se realice uno y en Canadá y Europa también hay discusiones sobre si asistir o no.

Directivos olímpicos y líderes empresariales responden que los juegos no son políticos, pero eso es poco honesto. Por supuesto que son políticos. El líder chino, Xi Jinping, organiza los Juegos Olímpicos por razones políticas, para obtener legitimidad internacional mientras aplasta las libertades en Hong Kong, encarcela a periodistas y abogados, secuestra a canadienses, amenaza a Taiwán y, lo más terrible, gobierna mientras se cometen crímenes de lesa humanidad en la alejada región occidental de Sinkiang, la cual es hogar de varias minorías musulmanas.

Es razonable preguntarse: si el Juego de las Estrellas del béisbol no se jugará en Georgia debido a la ley de restricciones al voto de ese estado, ¿la Olimpiada se debería realizar a la sombra de lo que muchos describen como genocidio?

No obstante, primero preguntémonos: ¿lo que está sucediendo en China realmente es un “genocidio”?

Periodistas, grupos de derechos humanos y el Departamento de Estado de Estados Unidos han documentado un esfuerzo sistemático para socavar el islam y la cultura local en Sinkiang. Tal vez un millón de personas han sido confinadas en lo que equivale a campos de concentración. Los internos han sido torturados y los niños han sido separados de sus familias para ser criados en internados y convertidos en sujetos comunistas leales. Las mezquitas han sido destruidas y a los musulmanes se les ha ordenado que coman cerdo. Las mujeres han sido violadas y esterilizadas a la fuerza.

No hay asesinatos masivos en Sinkiang, como es necesario para la definición popular de “genocidio” y para las acepciones registradas en algunos diccionarios. Sin embargo, la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948 ofrece una definición más amplia que incluye causar “lesión mental grave”, “impedir nacimientos ” o “traslado por fuerza de niños ” como parte de un esfuerzo sistemático para destruir a un grupo en particular.

La conclusión es que la represión en Sinkiang no califica como genocidio del modo en que ese término se usa habitualmente, pero cumple con la definición en la convención internacional.

Respecto a los juegos en Pekín, esto es lo que opino: los atletas deberían participar y la televisión debería transmitir la competición, pero los funcionarios del gobierno y las compañías deben mantenerse fuera de ella. Además, espero que los atletas, mientras estén en Pekín, usen cada oportunidad para llamar la atención sobre la represión en Sinkiang o en otros lugares.

La verdad contundente es que una Olimpiada muy vista le da al mundo el poder de destacar los abusos a los derechos humanos y elevar el costo de la represión. Debemos usar ese poder.

Boicots completos, como el que Estados Unidos intentó en los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980 y el que Rusia realizó en la Olimpiada de Los Ángeles en 1984, han fracasado en gran medida. Sin embargo, un boicot parcial, mantener fuera a los funcionarios y a las corporaciones mientras se envía a atletas y se les fortalece para alzar la voz, puede expresar rechazo y al mismo tiempo aprovechar una oportunidad poco común para exhibir ante el mundo la brutalidad de Xi Jinping.

Las compañías que ya pagaron los patrocinios para los juegos serían perdedoras, pero eso se debe a que ellas y el Comité Olímpico Internacional (COI) fracasaron en presionar a China para que respetara los compromisos que hizo de honrar los derechos humanos cuando se le otorgaron los juegos. Además, en cualquier caso, una asociación corporativa con lo que los críticos han llamado la Olimpiada del Genocidio podría no ser un triunfo de la mercadotecnia.

“En lugar de ‘Más rápido, más alto, más fuerte ’, lo que estas compañías reciben es ‘Encarcelación injusta, abuso sexual y trabajos forzados’”, dijo Minky Worden de Human Rights Watch.

“Existen muchas herramientas además de un boicot”, agregó Worden. “La atención mundial está mirando hacia Pekín y el punto de mayor presión para la China de Xi Jinping podrían ser los Juegos Olímpicos de Invierno”.

En los Juegos Olímpicos de 2006, el patinador Joey Cheek utilizó una conferencia de prensa después de haber ganado una medalla de oro para llamar la atención sobre el genocidio en Darfur; los atletas que ganen el próximo año podrían hacer lo mismo por Sinkiang.

El COI ha intentado prohibir los símbolos de los derechos humanos y los gestos al tacharlos de no olímpicos, pero eso es ridículo. Los gestos más famosos en la historia olímpica ocurrieron en 1968 cuando los velocistas John Carlos y Tommie Smith levantaron los puños en señal de protesta a favor del Poder Negro; durante años recibieron críticas, pero ahora son alabados como líderes morales y han sido ingresados al Salón de la Fama Olímpico de Estados Unidos .

Los atletas que vistan playeras con lemas como “Salvemos a Sinkiang” o “Pongamos fin al genocidio” el próximo año podrían tener problemas con los directivos olímpicos, pero algún día ellos también serían considerados como héroes.

Los canadienses debaten un boicot a los juegos, pero se podría lograr más si Canadá decidiera enviar atletas y les permitiera vestir playeras o botones en honor de los Dos Michaels (ciudadanos canadienses que China ha tomado como rehenes y ha maltratado de manera brutal). Eso sería más probable que contribuyera a la liberación de los hombres que cualquier boicot canadiense.

Los Juegos Olímpicos nos dan poder. En vez de desperdiciarlo, hagamos que Xi Jinping tenga miedo sobre cómo podríamos usarlo cada día.