Opinion El Paso

Ambos partidos ponen primero la política y al último a los inmigrantes

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Rubén Navarrette Jr./ The Washington Post

domingo, 18 julio 2021 | 06:00

San Diego— Entre más hace uno algo, se supone que va a ser mejor en eso. Sin embargo, ese axioma no aplica cuando se habla sobre inmigración.

Los republicanos no pueden dejar de insistir en lo que ellos aseguran es una “invasión” a lo largo de nuestra frontera sur con México. Su mensaje básico es “la situación en la frontera entre Estados Unidos y México —y la política de inmigración de Estados Unidos en su totalidad— es un desastre caótico, y todo es culpa de los demócratas. Elíjanos y nosotros arreglaremos todo”.

Ese argumento es más fácil de aceptar si uno no lleva un registro en casa y no tiene una clara memoria del pasado. Las cosas no eran mejores cuando los republicanos controlaban la Cámara de Representantes, el Senado y la Oficina Oval.

Los republicanos hablan duramente a lo largo las campañas. Pero una vez que están en el poder, se ocupan de sus benefactores de las grandes empresas, cuyo único problema con la inmigración ilegal es que no hay suficiente. Los trabajadores indocumentados son útiles cuando los empleadores enfrentan escasez laboral, causada por —entre otras cosas— el hecho de que muchos empleadores no tratan bien a sus trabajadores o no les pagan lo suficiente.

Los republicanos aseguran que su obsesión con la inmigración ilegal está motivada por una devoción al imperio de la ley.

Eso es risible. Los conservadores le restan importancia o se rehúsan a investigar esos horribles eventos del 6 de enero, cuando una muchedumbre a favor de Trump atacó a oficiales del Departamento de Policía del Capitolio de Estados Unidos y del Departamento de la Policía Metropolitana de Washington y amenazaron en algunos casos con matar a los oficiales con sus propias armas.

Naturalmente, nada dice “amamos la ley y el orden” como matar policías.

Desde hace tiempo, los republicanos han estado en guerra con el imperio de la ley. Al quitar de la mesa las sanciones contra los empleadores, los legisladores republicanos han protegido —a través de la redacción de las propuestas de reforma de inmigración en 1996, 2006-2007 y el 2013— a aquellos que infringen la ley contratando conscientemente a inmigrantes ilegales.

El ex presidente republicano Donald Trump, perdonó al sheriff Joe Arpaio del Condado Maricopa, el ex policía de Arizona que fue acusado de desacato criminal en la corte en el 2017, por desafiar una orden de una corte federal. También perdonó al asesor político del Partido Republicano Roger Stone, su amigo de hace tiempo y el que “arreglaba sus asuntos” y que fue acusado de siete cargos graves relacionados con la elección presidencial del 2016.

¿Qué parte de la palabra “ilegal” no entienden esas personas?

La única razón por la que los republicanos siguen hablando acerca de la inmigración ilegal es que ellos consiguen mucho kilometraje político con ese tema.

Los republicanos asustan a los anglosajones que piensan que hordas de personas inmigrantes van a invadir sus casas, robarles sus cosas, violar a sus esposas e hijas, enganchar a sus hijos en las drogas y destruir su calidad de vida.

Hay que ver alrededor de los suburbios pudientes en Estados Unidos y uno observará rápidamente por qué el empleador número 1 de inmigrantes ilegales no es la agricultura ni los restaurantes sino los hogares de Estados Unidos. Usualmente, son las personas latinas —tales como los inmigrantes de México, Guatemala y El Salvador— los que hacen que los anglosajones tengan una mejor calidad de vida.

En lugar de gritar constantemente “Váyanse”, un simple “Gracias” de vez en cuando sería muy bueno.

Aunque los republicanos se rehúsan a reconocer lo obvio: que muchos estadounidenses son adictos a los inmigrantes indocumentados porque hacen que su vida sea más cómoda, esos trabajos que actualmente hacen los indocumentados no los harían los trabajadores estadounidenses, la economía de Estados Unidos sería problemática sin los inmigrantes indocumentados, el trabajo ético de los estadounidenses es débil pero su sentido de privilegios es fuerte.

Entre más hablan los republicanos acerca de la inmigración tocan unas notas más amargas.

¿Y qué hacen los demócratas acerca de eso?, nada. Ellos no ofrecen nada como respuesta, sólo les dicen a los latinos: “Voten por nosotros. Nosotros no somos republicanos”.

A los demócratas les gusta hablar amablemente cuando están en campaña y tratan de atraer el voto latino. Pero una vez que están en el poder, sacan un garrote grande. Utilizan a la policía local para aplicar las leyes federales de inmigración, colocan a los niños refugiados en jaulas, aumentan las deportaciones y militarizan la frontera entre Estados Unidos y México.

También cuidan a sus benefactores de los sindicatos, en donde muchos se oponen a altos niveles de inmigración y a legalizar indocumentados porque temen la competencia. Los demócratas hacen todo lo que pueden para evitar la acusación de que son laxos con la inmigración —aún si esto significa compensarlos en exceso por ser extra duros. Confundidos acerca de lo que hay que hacer, usualmente no hacen nada.

La última propuesta de reforma integral que valió la pena —la Reforma de Inmigración y Decreto de Control— fue promulgada por el ex presidente republicano Ronald Reagan.

Parafraseando a The Gipper, Washington no es la solución al problema de inmigración, es el problema.

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