¿La economía china se topará con una gran muralla?

Paul Krugman/The New York Times
miércoles, 16 enero 2019 | 19:10

Nueva York – El otro día hice una advertencia acerca de la economía china. Dije que se estaba convirtiendo en “un área peligrosa para la economía mundial, justo cuando menos lo necesita”.

Por desgracia, el otro día fue hace más de seis años. Tampoco he sido el único. Pero, aunque desde hace tiempo muchos han hecho predicciones sobre una crisis en China, sigue sin ocurrir.

El problema es que China parece estarse tambaleando de nuevo. ¿Por fin habrá llegado el momento de que se hagan realidad todas las profecías acerca de enormes problemas en la inmensa China? Lo cierto es que no tengo ni la menor idea.

Por un lado, los problemas de China son reales. Por el otro, el gobierno chino (al que no le estorba ninguna ideología rígida ni nada remotamente parecido a un proceso político democrático) ha demostrado en más de una ocasión que puede y está dispuesto a hacer todo lo necesario con tal de apuntalar su economía. En realidad, nadie puede saber si esta vez será diferente, ni si de nueva cuenta el amo Xi se saldrá con la suya y la economía volverá a recuperarse.

Quizá sea otro ejemplo de la Ley de Dornbusch, bautizada en honor de mi antiguo maestro Rudi Dornbusch: “La crisis tarda en llegar mucho más de lo que esperabas y, cuando finalmente ocurre, se desarrolla mucho más deprisa de lo que podrías haberte imaginado”. Así que parece sensato resumir a continuación los motivos por los que muchos hemos estado preocupados por China, y por qué las dificultades de China le causan problemas al resto del mundo.

El problema fundamental con la economía china es que es de lo más desequilibrada: sus niveles de inversión son extremadamente altos, en apariencia sin que exista suficiente consumo interno para justificar esa inversión. Podríamos estar tentados a decir que no importa, porque China sencillamente puede exportar su producción excedente a otros países. Sin embargo, si bien es cierto que entre la mitad de la década de 2000 y los primeros años de la década de 2010 China registró impresionantes superávits comerciales, esa es historia del pasado. Ahora sería difícil que las empresas no registraran rendimientos mucho más bajos.

Es cierto que es posible mantener inversiones muy altas durante mucho tiempo en una economía de crecimiento rápido (el llamado efecto acelerador). También lo es que China ha alcanzado un crecimiento increíble. Por desgracia, las posibilidades de crecimiento en el futuro van a la baja, por dos motivos. El primero es que, conforme la tecnología china se aproxima al punto de convergencia con la de los países avanzados, hay menos espacio de maniobra para lograr mejoras rápidas gracias al crédito. El segundo es que la política del hijo único en China ha producido una demografía muy parecida a la de Europa o Japón, donde la población en edad de trabajar ha dejado de aumentar.

Así que China en realidad no puede seguir invirtiendo 40 por ciento o más de su PIB. Necesita cambiar a un mayor consumo, algo que podría lograr si da al pueblo más rendimientos de las ganancias de las empresas públicas, fortalece la red de seguridad social, etc. Pero no lo ha hecho.

En lugar de aplicar estas medidas, el gobierno chino ha acumulado una serie de préstamos a empresas y compañías públicas, y ha ejercido presión sobre estas últimas para que gasten más, entre otras cosas. En esencia, ha mantenido el mismo ritmo de inversión a pesar de que los rendimientos son bajos. Pero este proceso no puede continuar, debe haber límites, y cuando se tope con la (gran) muralla, es difícil visualizar cómo podrá aumentar el consumo con suficiente agilidad para que logre compensar sus efectos.

No obstante, aunque esta explicación parezca convincente, no hay que perder de vista que es lo mismo que expuse (y no fui el único) en 2011. Así que se vale conservar una dosis apropiada de escepticismo.

¿Qué consecuencias globales podríamos observar si China llega a tener estas dificultades? El punto clave que debemos tener presente es que China ya no tiene enormes superávits comerciales con todo el mundo (el déficit bilateral de Estados Unidos es excepcional y engañoso). Por lo tanto, China se ha convertido en un mercado muy importante. Las importaciones de China de otros países como porcentaje del PIB mundial han aumentado mucho: en 2017 las importaciones de China fueron equivalentes a 2.2 billones de dólares, en comparación con los 2.9 billones de Estados Unidos, lo cual indica que producen casi el mismo impulso en la economía mundial que Estados Unidos.

Esto significa que, si los chinos se tambalean, la economía mundial lo resentiría muchísimo, en especial los exportadores de materias primas (incluidos los agricultores estadounidenses). En otras palabras, Trump y el brexit no son los únicos que pueden espantarnos.