Nuevo Casas Grandes

Opinión: Ley veleidosa. Estado de derecho, caprichoso

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Juan Durán Arrieta

domingo, 05 enero 2020 | 19:04

Quienes siguen estas entregas se estarán dando cuenta que varias veces me he referido al estado e derecho como una aspiración inalcanzable aunque sirva para sostener o refutar muchas de nuestras acciones. Es evidente que cada acción o cada actuación de nosotros como seres humanos, tendrá un efecto en función de la interpretación que se haga del contenido o del significado de la letra que expresa la ley que se infringe o que se cumple.

Esta diatriba me suena a cuando discutimos sobre la posibilidad de un lenguaje único con el cuál seamos capaces de tener un modo desde el cual poder decir las cosas con verdad. Lo cierto es que siempre que pretendemos reducir nuestro pensamiento y nuestra realidad a solo una forma, como si fuera posible una fórmula, me doy cuenta del fracaso que implica pues el ser humano es complejo y se encuentra ante una diversidad de circunstancias que es imposible prácticamente reducirlo a una sola manera de hacer las cosas.

Quienes me hayan seguido, se habrán dado cuenta también que he posicionado en otros momentos en contra de los absolutos como “La verdad”, “La bondad”, o, “La belleza” por la serie de implicaciones autoritarias que tiene un pensamiento absoluto. Bueno, pues, en asuntos del Estado de Derecho, parece pretender sujetársenos todo a un modo de hacer las cosas, las que marcan las leyes, como si fueran un absoluto sobre el cual nada tenemos que decir, sólo acatar.

Las últimos semanas, con lo ocurrido en Bolivia, uno se siente impelido a denunciar no sólo la imposibilidad del estado de derecho, sino el juego en que se meten los políticos cuando, cada uno, desde sus argumentos, dice estar dentro de la norma. 

Tenemos a Janine Añez, una presidente interina en ese país que llegó investida por los militares, en una asamblea que no tuvo quórum legal, luego de que los propios militares le ordenaran su renuncia a Evo Morales el aún presidente de Bolivia. El gobierno que se instala vía esta serie de decisiones, dice encontrarse representando un gobierno constitucional, porque no sólo renunció el presidente de la república sino además la segunda en el mando, por lo que Añez, que era la tercera en esa línea, asumió el cargo. 

Ese largo recorrido de sujetos que podrían representar el gobierno tras lo que unos dan en llamar “golpe de estado”, le da derecho a la presidenta interina para autoseñalarse representando un gobierno constitucional.  Total, parece que las cosas se justifican de un modo cuando tienes los argumentos para señalar lo que ocurrió y recurres a intereses creados que legitimen esas decisiones. La ley se usa, ni siquiera se interpreta.

Para el gobierno depuesto, ahí donde intervienen militares azuzando y amenazando hasta conseguir las renuncias deseadas, no puede nombrarse de otro modo que un “golpe de estado”. Cuando las posiciones se ponen tan diametralmente opuestas, lo primero que muere es la verdad.

Lo cierto es que para muchas decisiones que tomamos cotidianamente, siempre habrá o habrán argumentos para fundamentar una u otra postura así sean absolutamente excluyentes.

El asunto parece menor cuando se trata de casos concretos, sin embargo, ahí la injusticia aparece más honda. Lo peor ocurre cuando pintamos a la justicia como una mujer con los ojos vendados y jugando el equilibrio de la balanza porque los que se cierran son los ojos para no dar cabida a las circunstancias ni a las condiciones reales en que se ejecuta o inhibe cada acción.

Lo mismo ocurre en nuestro país con la llegada al gobierno de una postura absolutamente distinta a la que venía dominando el espectro político con distintos colores. Hay quienes desean la caída de Andrés Manuel López Obrador como presidente de México porque se le acusa de polarizante, excluyente y de dar muestras de un autoritarismo.

No obstante, la gran mayoría de los mexicanos permanecen en sentido contrario, es decir, apoyando a un gobierno que se inaugura con Andrés Manuel porque representa viejos anhelos que vienen desde que nacimos como país, esto es, el sueño de vivir en un lugar con iguales oportunidades para todos. 

¿Quién tiene la razón?, ¿Para qué lado se hace la ley en estos casos?. Suele irse para donde se instalan los intereses creados. Hasta hoy parece que no podrán porque treinta millones de votos pueden ser más que suficientes para garantizar legitimidad y fuerza como para plantearse la idea no sólo de un nuevo gobierno sino incluso un cambio de régimen.

Ya antes, Walter Benjamin, un filósofo judío al que leo con frecuencia, pensó las consecuencias que provoca la ley en muchas de las legitimaciones de barbaridades que causan injusticias. Este pensador nos revela que para el oprimido, por ejemplo, la ausencia de la ley es la regla. Es decir, que el Estado de Excepción que se supone debiera ser la excepción, para el oprimido es la regla.

Dicho en otras palabras. Visto con los ojos del pobre, del indígena, del asalariado, de la prostituta o del homosexual, como grupos excluidos y víctimas del desarrollo en general del país, la constante es la ausencia de ley, no la regla que es lo que se supone garantiza el estado de derecho.

Franz Kafka por otro lado, en “El proceso” una de sus crudas novelas, nos refleja lo que enviste la ley, lo que representa como espada de Damocles para cualquiera, es decir, que en el estado de derecho representa una amenaza constante y fundamental cuando -se supone- debiera ser la principal garantía de civilidad  y de equidad. 

Para quien no ha leído “El proceso”, debo decirle que una mal día Joseph K se encuentra con que en su casa, de la nada aparecen unos seres humanos que han convertido ese espacio -otrora amigable y propio- en una sala que poco a poco nos va develando se trata de un juzgado. Lo peor es que el acusado en ese juicio instalado es él mismo. Luego lanza preguntas demoledoras contra el estado de derecho, contra la ley y contra todo este artificio de la civilidad que denominamos “la legalidad”. El estado de derecho, visto por Joseph K, no es más que la simulación de una barbarie mayor, aunque investida de una ritualidad que tiene como soporte la civilidad, la racionalidad y la verdad.

Uno puede leer a Kafka con la simpleza de quien dice que lee surrealismo. En realidad, prácticamente toda la obra de Kafka es una denuncia a este tipo de sociedad en que vivimos y que convierte a los seres humanos en animales. No en vano, en “La Metamorfosis” su obra máxima, Gregorio Samsa, otra vez, un mal día se despierta convertido en un repugnante insecto al que ni la familia, como el núcleo social más cercano, puede tolerar. Las peripecias del insecto para levantarse primero, salir de su cuarto después, y enfrentar a una sociedad hostil, parecen no tener fin.

Kafka es una denuncia en sí mismo, es un anunciador de que esta forma de construir sociedad no es la mejor. Ni la más humana, ni la más equitativa.

La nuestra, parece decirnos, es una sociedad soportada por columnas que demuelen al ser humano a través de sus artificios y dispositivos como ocurre con mucho de lo que hace con nosotros actualmente la tecnología que no es otra cosa que un producto de la ciencia instalada en nuestro imaginario como el mayor logro que registra la historia de la humanidad.

Las leyes, me dijeron hace años cuando llevé en preparatoria algún curso sobre los fundamentos del derecho, son un modo de promover civilidad. Todavía hoy,  son los más quienes dicen que las reglas claras sirven para dirimir mejor las diferencias. Lo que pasa es que hay algo en el significado de la letra de la ley que logra ser llevada a cumplir determinados intereses, sobre todo aquellos que dominan y garantizan la perpetuidad de determinados privilegios.

Es tiempo de que revisemos los fundamentos de un nuevo estado de sociedad donde, por lo pronto, lo deseable sea revisar el estado de derecho tal como lo venimos entendiendo hasta el día de hoy. Para mi, lo sucedido en Bolivia representa un golpe de estado, un asalto militar a un gobierno civil legítima y legalmente constituido que terminada su historia este próximo 22 de enero.

Lo que locuazmente se plantea sobre el nuevo gobierno en México es ridículo y absurdo siquiera pensar que se vaya Andrés Manuel. Por hoy son voces minoritarias que significan muy poco numéricamente hablando.   No obstante, en su peso específico de dinero y el deseo de instalar el régimen que veíamos padeciendo, parecen hacer ruido y una diferencia que no debemos permitir.

Por otro lado, exijo que se resuelvan los problemas de corrupción que hay en el Campus Nuevo Casas Grandes de la UPN.

Comentarios: jcdurana@hotmail.com