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La parafernalia de otros sexenios desapareció

Al rendir su Informe, el presidente encabezó un acto sin alarde y plano hasta el momento en que declaró la 'derrota' de la oposición

Reforma

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lunes, 02 septiembre 2019 | 07:06

Ciudad de México— Como en el monólogo de Hamlet, el protagonista aparece al centro del escenario sentado en una silla acojinada, pero en lugar de cráneo trae en sus manos un enorme ladrillo, el Informe de Gobierno que levanta a la altura de su pecho como si exhibiera un diploma.

Ese hombre es el presidente de la República, sin banda presidencial, apenas con una banderita tricolor a modo de fistol, sobre su saco oscuro. En su rostro corre una sonrisa pícara.

De frente tiene a una representación sui generis de la República. Son sus invitados. En primera fila, al centro, su familia. En la fila siguiente, detrás, los empresarios que le aconsejan y le ayudan. Carlos Slim, elogiado; Alfredo Harp, Emilio Azcárraga y, a su lado, casualmente en esa segunda fila de machuchones, Jaime Bonilla, el gobernador electo de Baja California, por si hubiera dudas de con quien cuenta el presidente. Sus demás colegas gobernadores están en las filas del extremo.

Inicia el soliloquio. Andrés Manuel López Obrador deja la silla y se dirige al atril a su costado derecho para dar un mensaje por su Informe de Gobierno. El Informe es el Primero, bueno, no, el Tercero, porque el calendario de la Cuarta tiene otros datos. Para evitar un dilema jurídico de que el presidente rindiera su Informe de Gobierno antes de haberlo entregado al Congreso, los asesores jurídicos del presidente deciden bautizar la ceremonia como "Tercer Informe al Pueblo de México", aunque la invitación convoque expresamente a acudir al

"Primer Informe de Gobierno".

El galimatías no es para entenderse, sino para entretenerse. El primer informe al pueblo fue el de los 100 días, el segundo fue al año de la victoria electoral y este es el tercero "al pueblo". Es costumbre. Cuando fue jefe de Gobierno capitalino rendía informes trimestrales y así los iba numerando.

López Obrador carga el mamotreto y para apaciguar el soponcio del respetable advierte que no lo leerá todo. Despierta risas.

Desde su primera frase define: "Es un hecho la separación entre el poder económico del poder político". Quizás por eso el primero en cruzar la puerta Mariana, por donde ingresaron los invitados, fue su compadre Miguel Rincón, el empresario papelero quien llegó a las 9 y media de la mañana cuando todavía ni abrían.

En realidad son pocos los empresarios presentes. Como son pocos los funcionarios. El Patio de Honor de Palacio alberga 600 sillas que no son ocupadas en su totalidad. Nadie podía alegar que llegó tarde por el tráfico, pues esta ceremonia se distingue por su sencillez y ausencia de protocolo. Las calles no fueron cerradas y quien llegó en auto pudo descender frente a Palacio y quien hubiera venido en Metro no tenía problema, pues la estación Zócalo funcionó normalmente. La parafernalia de otros sexenios desapareció.

Aunque el acomodo de los pocos invitados indica las prioridades de la nueva República. Al centro están los importantes: la familia y los empresarios consejeros, además de Bonilla, el eterno. Al extremo izquierdo, los gobernadores. El gabinete queda de frente al atril donde habla el presidente. Los jefes de órganos autónomos son alojados igualmente en primera fila, pero hasta el extremo derecho.

Eso sí, hay niveles. Primero Alejandro Gertz, el fiscal general, luego el Padre Alejandro Solalinde, consejero moral y uno de los personajes más influyentes en la Presidencia; después Layda Sansores, delegada en Álvaro Obregón, y luego los menos importantes como Alejandro Díaz de León, gobernador del Banco de México; Luis Raúl González, de la CNDH; Lorenzo Córdova, del INE; y Francisco Acuña, del INAI. Sentaditos se ven más bonitos.

AMLO lee de corrido, por si alguien lo dudaba. Durante 90 minutos hila lemas y datos, elogios y críticas, advertencias y alegorías. No necesariamente lo hace con entusiasmo. El mensaje es plano.

Por si alguien anduviera extraviado, el presidente dice sin pregunta al frente: "Si me piden que exprese en una frase cuál es el plan del nuevo Gobierno, respondo: 'acabar con la corrupción y con la impunidad'".

Y sobre esa sombrilla anuda sus políticas de austeridad que, afirma, le han permitido ahorros por 145 mil millones de pesos en la compra de medicinas o la recuperación de 50 mil millones de pesos al frenar en 94 por ciento el robo de combustible.

No viene a los anuncios ni a las extravagancias, sino a las definiciones doctrinarias.

"Dejemos a un lado la hipocresía neoliberal y reconozcamos que al Estado le corresponde atemperar las desigualdades sociales. No es posible seguir omitiendo la justicia social de las obligaciones de Gobierno. No es jugar limpio utilizar al Estado para defender intereses particulares y procurar desvanecerlo cuando se trata del beneficio de las mayorías", remacha.

Y también el fundamento de sus otros datos: "desechar la obsesión tecnocrática de medirlo todo en función del simple crecimiento económico", pues este no tiene sentido si no logra el bienestar material y el bienestar del alma.

Y de la doctrina al pragmatismo. El presidente reconoce el acuerdo con los empresarios para sostener los contratos de gasoductos y agradece a Carlos Slim, Carlos Salazar y Antonio del Valle su intervención para facilitar el acuerdo que garantiza, dice, el abasto de gas por 20 años.

Donde no hay resultados tangibles acude a la culpa del pasado. La inseguridad actual es producto de una estrategia fallida de dos sexenios precedentes que dejaron un reguero de muertos, "una crisis de derechos humanos, una descomposición institucional sin precedentes y un gravísimo daño al tejido social".

La ceremonia no es festiva ni emotiva. Parece una reunión forzada. El gabinete simula un comité de trabajo que tiene que atender a sus invitados. Hay de todo, viejos izquierdistas y dinos ex priistas, sacerdotes y generales, el actor Jesús Ochoa y la escritora Elena Poniatowska, en la primera fila central. La sesión es aburrida hasta el minuto 80 cuando viene lo anticlimático, cuando el presidente de todos los mexicanos declara el descalabro de los conservadores.

"Con lo conseguido en apenas nueve meses, bastaría para demostrar que no estamos viviendo un mero cambio de Gobierno, sino un cambio de régimen y que esto no ha sido ni será más de lo mismo; por el contrario, está en marcha una auténtica regeneración de la vida pública de México", advierte.

Y cuando cabeceaban los somnolientos, salpica. "Los conservadores que se oponen a cualquier cambio verdadero están nerviosos o incluso fuera de quicio", dice ante un auditorio cómodo, ajeno a las interpelaciones. Ni un susurro molestaba.

Fuera del texto se atreve a celebrar que la oposición fuese exigua, pingüe, diminuta. "No han podido constituir, y esto lo celebramos y toco madera" --entonces hunde sus nudillos en la tabla que sostenía su discurso como si tocara una puerta-- "un grupo o facción con la fuerza de los reaccionarios de otros tiempos".

Y se va de largo: "lo digo con respeto, no quiero que se entienda como un acto de prepotencia o una burla. Es lo que estoy percibiendo. Están moralmente derrotados", espeta para desencadenar una catarata de aplausos.

E invoca a Juárez de quien parafrasea: "el triunfo de la reacción es moralmente imposible". Tres veces lo dice: "Están moralmente derrotados".

Nomás faltó el salterio de fondo y el baile de los invitados coreando el himno contra los conservadores escrita por Guillermo Prieto. "Cangrejos, al combate; cangrejos, al compás; / un paso pa' delante, / doscientos para atrás".

Un mensaje sin grandes anuncios. Ni expropió la banca ni pidió perdón a llanto. Tampoco agradeció a su esposa e hijos, como lo solían hacer con cursilería otros presidentes. Dejó que el foro se lo comiera la abulia.

Y se guardó la noticia que muchos murmuraban en los pasillos. El presidente pronto será abuelo. Su hijo mayor José Ramón y su compañera Carolina Adams quisieron disimularlo.

Pero eso es imposible en la 4T, donde dicen que no hay opacidad.