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Sólo se tienen a ellos

Fernando Aguilar | El Diario | 4 de diciembre de 2016

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Sentados sobre una banqueta, Rosendo Ojeda Sánchez y su hijo José Ramón saludan a un perro que pasa frente a ellos. El padre, sin muchos ánimos, se recarga sobre un poste y el hijo lo secunda. Ambos entrecierran los ojos y esperan algo que, están convencidos, nunca llegará: una mejor vida.
Los dos han estado ahí tomando el sol desde hace unas horas. No hablan entre sí, pero disfrutan su compañía y prefieren la luz del mediodía antes que la oscuridad y el olor de su humilde domicilio de Puerto La Paz, una colonia localizada en el extremo norponiente de la ciudad.
Rosendo y José Ramón sólo se tienen a ellos, así que pasarán esta Navidad solos, pero juntos, como lo han hecho desde hace décadas en ese domicilio de la calle Rosarito 405, donde no hay más que una cama, una antigua estufa y un cúmulo de ‘tiliches’.

Fernando Méndez/El Diario |

Fernando Méndez/El Diario | Rosendo, de 81 años

Fernando Méndez/El Diario | José Ramón, de 50 años



“Quisiera cenar carne o frijolitos”, comenta mientras su hijo disfruta un refresco de cola, su primera bebida del día. “O aunque fuera, sopa. No comemos bien porque nunca hemos tenido. Hemos sido pobres y no presumimos nada porque no tenemos nada”.
A pesar de estas grandes carencias, de no tener más que dos chamarras, ninguna televisión que funcione, un montón de telarañas en el techo de madera y unas cuantas cobijas, Rosendo afirma que sólo dos grandes preocupaciones le quitan el sueño: tener que bañarse con agua fría y el destino de su hijo cuando él ya no esté aquí.
El primer asunto lo inquieta nada más parcialmente, porque, aun cuando desea tener un boiler para ducharse con agua tibia todos los días, por lo regular encuentra leña suficiente con la que puede encender una fogata y calentar aunque sea uno o dos baldes. El otro sí que le arrebata la tranquilidad.
“Cuando yo me muera, ¿mi hijo cómo va a navegar? Solo. Ni quién lo ayude. Hay gente que ayuda y hay gente que no. Hay gente que ni habla, ni saluda, ni nada. Y hay gente que sí. Esos son los buenos”, menciona el vecino de Puerto La Paz.
Rosendo y su hijo habitan en esa colonia, un asentamiento donde gran parte del año las calles están mojadas por problemas con el drenaje, desde hace casi medio siglo. Su rutina siempre es la misma: el padre se levanta muy tarde porque tiene frío y el hijo lo hace más temprano para disfrutar el día.
Los vecinos de la calle Francisco Javier Mina están acostumbrados a ver la misma escena día tras día: un padre de 81 años que viste viejas prendas convertidas en verdaderos harapos, que se sienta en la acera junto al único hijo que tuvo en su vida.
Ese hijo es un hombre de 50 años que sufre de varios problemas congénitos. Le duelen los huesos. No sabe leer ni escribir y tampoco puede trabajar porque, afirma, se perdería si se aleja demasiadas cuadras.
Oriundos de Durango, ellos son los únicos miembros de la familia que quedan en este mundo. La esposa de Rosendo, Hipólita, murió. Su hermano y su padre, “se acabaron”.
Con una triste resignación, el hombre de 81 años, quien tampoco trabaja, cuenta que el hambre no los ha matado porque el Gobierno les dio una tarjeta con la que a veces pueden comprar frijoles y tortillas. Además, dice en el mismo tono, porque algunas personas son generosas y en ocasiones les regalan unas monedas.
Desolado, quien alguna vez trabajó como albañil ahora no puede ni moverse sin sentir una pesadez en sus piernas. Vive de la caridad y deposita todas sus esperanzas en ese pedazo de plástico que cuida como oro. Aunque no lo dice, se resigna a que nada tendría por qué cambiar a estas alturas de la vida. Menos cuando él está “a una nada del panteón”.
“Bueno, antes era mejor la vida”, considera el hombre más grande. “Podía trabajar. Yo trabajaba en la obra. ¡Trabajaba horas! Pero ahora ya no puedo. Al que me da un peso o dos, le agradezco mucho”. (Fernando Aguilar / El Diario)

¿Cómo llegar?

Si usted desea ayudar a Rosendo y a su hijo José Ramón, puede acudir al domicilio que se ubica en la calle Rosarito 405, en la colonia Puerto La Paz.
Para llegar, tome la avenida 16 de Septiembre rumbo al poniente y tome la calle Caborca hacia la izquierda. Cuente cuatro cuadras y luego gire a la izquierda en la calle Francisco Javier Mina. A continuación, siga derecho una cuadra y dé vuelta en la calle Rosarito.
La casa de esta familia se localiza en la esquina opuesta a una tienda de abarrotes llamada Abarrotes Díaz. 

¿Desea ayudar?

Para quienes requieran mayor información o apoyo para hacer llegar los regalos, pueden comunicarse al número celular (656) 573 08 78, o bien al correo electrónico [email protected] con Leticia Solares.

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