Juárez

Secuestrada en Juárez es la protegida 12 mil de Biden

Tras vivir pesadilla en la frontera durante dos años, Laurent Nicole al fin pudo cruzar a EU bajo el protocolo MPP

Hérika Martínez Prado
El Diario de Juárez

martes, 15 junio 2021 | 07:25

Carlos Sánchez / El Diario de Juárez | Madre e hija luego de permanecer 658 días en Juárez finalmente lograron cruzar a EU

Ciudad Juárez— A Laurent Nicole la iba a matar el jefe de una pandilla en Honduras, porque su mamá no lo aprobó en una clase de bachillerato, por lo que ambas tuvieron que huir a Estados Unidos, pero al cruzar la frontera el Gobierno de Donald Trump las retornó a una de las ciudades más peligrosas del mundo, en donde permanecieron siete días secuestradas. 

La entonces adolescente de 17 años de edad fue una de los más de 71 mil solicitantes de asilo político devueltos a México bajo los Protocolos de Protección a Migrantes (MPP, por sus siglas en inglés), 22 mil 967 de ellos a Ciudad Juárez, en donde esperó 658 días, hasta que ayer el Gobierno de Joe Biden le permitió cruzar la frontera junto a familia. 

Ya con 19 años de edad, Laurent Nicole se convirtió en la migrante número 12 mil en ingresar a Estados Unidos bajo el registro de MPP, y la número 5 mil en cruzar a través de Ciudad Juárez.

“Me siento muy emocionada, todavía no me la creo. Valieron la pena dos años de espera. Todavía no creo que estoy aquí ya”, narró llena de felicidad mientras caminaba por el puente internacional Paso del Norte-Santa Fe.

Laurent Nicole estudiaba informática y el quinto semestre de bachillerato en Santa Bárbara, Honduras, en donde vivía con sus padres y su hermano de nueve años. Su mamá, Ruth, era maestra en la misma escuela, en donde uno de sus estudiantes la amenazó con matarla por no haberlo pasado sin asistir a clases. 

“Mi mamá no creía, pero una persona le dijo que él estaba diciendo que la iba a matar a ella y a mí también, y esa persona al siguiente día amaneció muerta. Entonces mi mamá ahí empezó a tener miedo porque él (su estudiante) es de las maras, y ya se iba levantando, ya era jefe de la zona de ahí”, relató la joven centroamericana. 

Al sentir el miedo, sus padres juntaron sus ahorros y vendieron un carro que les había heredado su abuela, pero solo lograron completar los 6 mil dólares que les cobraba el “coyote” o traficante de personas para llevarlas a ellas dos hasta Estados Unidos, por lo que su papá y su hermano tuvieron que quedarse en su país. 

“De Honduras salimos el 6 de agosto de 2019 y llegamos a México el 20; cruzamos por Ojinaga, por ahí cruzamos el río Bravo, no estaba tan profundo, el agua nos llegaba a las rodillas. Pero estuvimos como tres o cuatro días en una prisión de Presidio, Texas, y de ahí nos llevaron a El Paso, luego nos retornaron a Juárez el 26 de agosto”, con una cita hasta el 13 de enero de 2020 ante la Corte de Inmigración de El Paso, relató.

No sabían que serían devueltas a México, pero sí sabían que no podían regresar a su país, de donde aseguran que todos los días huyen personas a raíz de la violencia. 

“Cuando nos retornaron nos sentimos peor, porque Juárez era un lugar que no conocíamos, veníamos sin dinero, sin haber comido, sin conocer a nadie, sin ropa, sin nada. No traíamos teléfono tampoco para llamar a alguien y decirle en dónde estábamos. Nos sentimos mal, pero nos llevaron a un albergue”, recordó. 

En septiembre de 2020, salieron de ahí para comprar mandado en S-Mart de Anapra, de donde al salir no sabían si tenían que tomar un camión hacia el poniente o hacia el oriente, y mientras pensaban se les acercó un carro y el chofer les ofreció el servicio de Uber, el cual aceptaron para no perderse, pero en lugar de llevarlas al albergue las secuestró. 

“Duramos siete días secuestradas, se contactaron con un tío que tenemos en Estados Unidos, para que él pudiera dar el dinero. Pero nosotros no sabíamos, porque nos quitaron los teléfonos, entonces ellos mismos buscaron los contactos y vieron en donde teníamos las conversaciones”, dijo Laurent. 

“Fue bien difícil. Primero nos llevaron a una casa en donde estaba la Santa Muerte, ahí nos daba miedo; de ahí nos pasaron a otra casa y luego nos llevaron caminando a otra. Teníamos que seguir a una señora con dos guías armados, en fila para que no nos fuéramos viendo”, recordó Ruth.

Estaban en un departamento de dos o tres pisos, desde donde escuchaban la hora del recreo de los niños de una escuela aledaña. 

“Nosotras no sabíamos ni por qué (estaban ahí), no preguntamos nada, porque nosotras no estábamos realmente con las personas (secuestradoras), sino con quienes nos cuidaban. Y teníamos un poquito de miedo, porque uno de ellos decía: esta niña no es cualquier niña. Y eso me daba miedo a mí, decían que tiraba pinta de dinero”, relató la mamá. 

Recuerdan que frecuentemente les decían: “cállense, que El Güero está durmiendo”, pero nunca vieron a “El Güero”, jefe de los secuestradores. 

El séptimo día un hombre las llevó hasta Plaza Juárez, en donde le pidió a Ruth que se bajara y fuera con un hombre para que le diera un sobre con dinero y una vez que lo contó les dijo que se fueran con él. 

“Entramos por toda la plaza y del otro lado había otro parqueo (estacionamiento), ahí estaba una camioneta… Nos dijo que nos montáramos y cuando nos montamos nos dijo: ¿saben de qué las salvé?, de un secuestro. Este no era el verdadero secuestro, nosotros las ayudamos. Él quiso decir que él y el coyote de nosotras, el que nos había traído, habían intervenido”, narró Ruth. 

Ellas no saben qué relación tenían los secuestradores con su coyote, y tampoco quisieron enterarse, ya que los primeros se quedaron con sus celulares. 

El hombre “nos llevó al Centro, y le dije: ‘¿qué voy a hacer sin dinero?’, y me dijo: ‘tome’. Y nos dio mil pesos, no me dio 100 pesos para el camión, nos dio mil pesos y nos dijo que agarráramos para Rancho Anapra, en donde habíamos estado nosotros siempre; él ya sabía, no sabíamos por qué, pero nos dijo que aquí era un cártel diferente, que nos viniéramos para acá”, recordó la mujer, quien nunca más volvió a saber nada de él ni del coyote ni de los secuestradores. 

Al quedar en libertad se dieron cuenta de que habían pedido 3 mil dólares de rescate por ellas, y que desde Estados Unidos su hermano había hecho tres depósitos de 950 dólares.

Las dos regresaron al albergue. El 13 de enero del año pasado tuvieron su primera audiencia para comenzar con su proceso de petición de asilo político en Estados Unidos, pero les dieron una nueva cita para el 26 de mayo, y al volver nuevamente al albergue en el que Ruth impartía clases a los niños, le dijo a una organización que no les daban los apoyos que ellos les llevaban, y ambas fueron sacadas del lugar. 

Al quedarse en la calle, personal de la Organización Internacional para las Migraciones de Naciones Unidas (OIM) las trasladó al albergue Pan de Vida, ubicado en la colonia La Conquista, en la zona de Anapra, en donde permanecieron hasta la mañana de ayer junto a más de 200 migrantes más de diversas nacionalidades. 

Pero después del secuestro Laurent comenzó a tener problemas de depresión y ansiedad, por lo que incluso tenían que ser hospitalizada por los directivos del albergue. 

Durante la pandemia, del 22 de junio al 22 de octubre del año pasado, formó parte del programa “Cadena de Cuidados”, un proyecto impulsado por el Consejo Estatal de Población (Coespo) incorporado al Plan Emergente de Ocupación Temporal implementado por la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS), en el que participaron 70 personas migrantes de distintos espacios. 

A cambio de 200 pesos diarios, ella se encargaba de monitorear todos los días la salud de sus compañeros para evitar un brote de Covid-19, lo que además de ayudarlas económicamente la mantenía relajada. 

Debido al cierre de la frontera y los tribunales de inmigración en Estados Unidos, la audiencia del 26 de mayo les fue pospuesta para el 22 de septiembre, luego para el 21 de abril de 2021 y finalmente para el próximo 26 de junio. 

“Mi método de relajación era dibujar o ver novelas turcas, yo abarcaba cuatro, cinco horas a veces en eso para no sentir la realidad. Y si lloraba era en las noches”, confesó Ruth, quien en enero de este año viajó a Chiapas para reunirse con su esposo y su hijo, ambos de nombre José Nicolás. 

“Mi hijo sentía que lo había abandonado”, lamenta la madre, quien al saber que Biden había terminado con el programa MPP y que les permitiría esperar su proceso de asilo en Estados Unidos, decidió regresar a la frontera, pero esta vez con su esposo y su hijo. 

Aquí se reunieron con Laurent, quien al ver que todos los MPP comenzaban a pasar y ellos no, comenzó a caer nuevamente en depresiones, hasta que fueron citados por la la Agencia para los Refugiados de Naciones Unidas (Acnur) para que se presentaran ayer en el Centro Integrador para Mirantes Leona Viario, en donde fueron recibidos por personal de la OIM y Unicef. 

Ayer, finalmente, todos lograron pasar como una “familia mixta”, debido a que su hermano y su papá no son MPP, por lo que aunque su sueño es llegar hasta Miami, la familia tendrá que esperar primero en un albergue de Texas. 

“Gracias a Dios todo salió bien con las pruebas de Covid”, narró ayer Laurent mientras era trasladada por personal de la OIM hasta el cruce internacional, en donde fueron entregados por personal de Grupo Beta a los agentes de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP). 

“Muchas gracias por esta oportunidad, tenemos dos años con todo el proceso para poder quedarnos en Estados Unidos. Pero hoy me siento feliz, emocionada, estoy aquí y todavía no siento que estoy aquí. Es como un sueño hecho realidad”, dijo al Gobierno de Biden la hondureña cuya felicidad traspasaba el cubrebocas y la careta con el que fueron protegidos para poder cruzar la frontera.  

Aunque la violencia en Centroamérica cambió sus vidas, ahora ella busca estudiar cosmética, aprender inglés y tener una vida segura junto a su familia.

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