Juárez

Mujeres indígenas tienen otro obstáculo: el idioma

El que no se puedan comunicar las hace más vulnerables, y son fácilmente engañadas, menciona director de albergue

Hérika Martínez Prado / El Diario de Juárez / Dominga y su hija Josefina, de 14 años

Hérika Martínez Prado
El Diario de Juárez

viernes, 09 abril 2021 | 06:00

Ciudad Juárez— “Mi hija es pequeña y está triste… pero no nos dejaron llegar con ella”, lamenta Dominga en lengua chuj, sin que nadie logre entenderla, luego de haber sido expulsada de Estados Unidos a Ciudad Juárez, bajo el llamado Título 42.

La migrante de 43 años de edad es una indígena perteneciente al grupo lingüístico chujeano de Huehuetenango, Guatemala, y como ella actualmente hay siete mujeres que hablan alguna lengua mayense dentro del albergue El Buen Samaritano, todas con la esperanza de lograr el asilo político en Estados Unidos. 

De acuerdo con el pastor Juan Fierro, director del albergue de la iglesia metodista de México, es frecuente que lleguen a la ciudad mujeres migrantes que no hablan español, sino una lengua indígena; la mayoría acompañada de hijos pequeños, en brazos. 

“Yo tengo aquí siete mujeres y no todas hablan el mismo dialecto (sic), hay dos que sí hablan el mismo dialecto, pero las demás no. Ellas se ayudan entre sí, se identifican, aprenden el español lo más esencial, pero a veces estamos hablando con ellas y parece como si estuvieran idas, no entienden… que no se puedan comunicar las hace más vulnerables para que sean engañadas” (sic), lamentó.

Dominga salió de su país con su hija, Josefina, de 14 años, para ir en busca de su hija menor, María, de 10, quien desde hace un año y medio se encuentra con sus tíos en Washington.

“Dice que mi hermanita está chiquita y está triste; ella quiere ver a mi mamá, por eso íbamos a ir con ella”, explicó la adolescente, quien desde hace semanas se ha convertido en la traductora de su mamá.

“Mi hermanita tiene 10 años, hace un año y medio mi papá intentó venir con ella, pero mi papá no pasó, sólo a ella la dejaron (en Estados Unidos) y por eso mi tío la sacó de la Migración y ya ella llegó con ellos, pero mi hermana quiere ver a mi mamá, por eso ella viene conmigo”, relató. 

Josefina explicó que su papá no sabe por qué lo separaron de su hija, “nomás le dijeron: esta niña se viene aquí y tú te vas para Guatemala. Nada más se la quitaron y él ya no pudo decir nada a los de la Migración, por eso él regresó solo, a mi hermanita la dejaron y a él ya no le dijeron nada de ella; sí cruzaron juntos, pero en la Migración los separaron”, aseguró. 

“¿Es aquí Juárez?, fue aquí… hace más de un año. Ella vive en Washington con mi tío, su esposa y una hija que ellos tienen. Y por eso nosotros vamos con ella. Ella dijo que en el río por donde pasamos nosotros que está el muro, ella dijo que ahí no pasó, que ella no cruzó ese río. Dijo que a ella la dejaron sola y a mi papá lo deportaron, ella estaba triste, tenía miedo, ella era chiquita, tenía 8 años”, agregó Josefina sobre lo que su hermana les ha platicado.

Dijo que al regresar, su papá ya no regresó a Huehuetenango con ellas, sino que se quedó en la capital de su país, en donde su mamá no trabajaba y ella tuvo que dejar la escuela al concluir sexto grado, por falta de dinero. 

Después de conversar con su mamá en chuj, Josefina continuó narrando que su tío le pagó a un “coyote”, como se les llama a los traficantes de personas, 35 mil quetzales (91 mil 537.28 pesos mexicanos) para ser llevadas hasta Estados Unidos, pero en lugar de eso las dejaron en el río Bravo. 

“En Guatemala es difícil para las mujeres, no hay trabajo, pero ahí hablan chuj todos”, dijo la adolescente, quien se ha convertido en la única persona con la que puede hablar su mamá. 

“Sí entiende poquito español, pero ella casi no puede hablar”, explicó la adolescente al narrar la frustración que sintieron al ser expulsadas de Estados Unidos, después de haber migrado durante 15 días por México. 

Las dos guatemaltecas recorrieron 2 mil 960 kilómetros de Huehuetenango hasta el río Bravo durante 15 días, en los que viajaron en vehículos particulares, tráileres y camiones.

“Así nos trajeron por todo México, 15 días. Nos quedábamos en unas bodegas, ahí nos dejaban, (nos daban de comer) a veces dos veces en el día, hay unas bodegas a donde llegamos que sólo una vez nos daban comida al día. Hay unas bodegas que sí nos dieron cobijas y chamarras, y en otras no, dormíamos en el suelo… En las bodegas donde no nos daban de comer, no era la bodega de ellos, de los guías que nos traían, nada más nos dejaban ahí”, recordó.

El día 14 llegaron a la ciudad de Chihuahua, donde permanecieron encerradas en una bodega hasta el día siguiente que fueron trasladadas a esta frontera, en donde finalmente vieron “el muro”. 

“En el grupo que veníamos nosotros éramos 27, otros que salen en el desierto. A nosotras ellos nos vinieron a dejar nomás aquí, en Juárez. Ellos dicen dónde nos dejan”, relató. 

Dijo que aunque en su viaje por México no vieron a menores solos, cuando atravesaron el río cruzó con ellas un grupo de mujeres con niños en brazos y entre seis y siete adolescentes. 

“Pasamos como a las 7:00 de la mañana, a los menores sí los dejaron pasar y a nosotras no, nada más a ellos. A nosotros nos tomaron fotos y huellas y nos devolvieron a Juárez, como a las 10:00 de la mañana. Le dijeron a mi mamá: tú traes hija, para ustedes no hay espacio, lo siento mucho pero las vamos a dejar en Juárez”, comentó. 

Dijo que al cruzar la frontera acudieron con los agentes de la Patrulla Fronteriza, quienes se encargaron de procesarlas.

“No nos preguntaron nada, nada más llegando a la frontera nos preguntaron de dónde veníamos, le dijimos que veníamos de Guatemala y nos dijeron ‘está bien, siéntense ahí’, y nos sentamos. Ya después de unas horas llegó un carro que nos levantó y fuimos a donde están ellos, ahí nos pidieron nuestros papeles y les dimos los papeles, no sé qué hicieron con esos papeles, después nos tomaron las huellas, las fotos, no nos preguntaron nada ni nos dijeron nada”. 

Después “nos dijeron: pásenle de esas mallas. Y nos quedamos adentro de unas mallas. Nos quedamos adentro y pasaron otras señoras con sus hijos, eran cuatro señoras, después de que salió la última nos dijeron: vénganse para acá. Y cruzamos otra malla y salimos, no sabíamos si nos iban a mandar a México, no nos explicaron nada. Ya después, afuera nos dijeron: lo siento mucho, pero ustedes no pueden pasar, los vamos a regresar a Juárez, ahí busquen la manera de cómo regresar a su casa. Y nos dejaron en Juárez otra vez, nos dejaron en el puente”, narró Josefina. 

Dijo que se sintieron mal por el dinero que pagó su tío, quien les dijo que se quedaran en Juárez a esperar una oportunidad para ingresar a Estados Unidos. 

“Cuando íbamos a cruzar nosotras ella (su hermanita) estaba feliz, pensaba que ya íbamos a llegar, pero ahorita mi tío dijo que está triste… pero no hay paso”, lamentó. 

Josefina es quien traduce a su mamá lo que dicen los encargados del albergue y quien le pidió a la pastora la oportunidad de quedarse en el albergue hasta que el Gobierno de Joe Biden abriera la frontera.

“La hermana pastora nos dijo que nos podemos quedar los días que queramos, y hablé con mi tío”, aseguró mientras tomaba en sus manos un viejo celular por el que logra enviar mensajes de texto a su hermana. 

Hace más de un año, “Laura”, otra guatemalteca indígena, llegó al albergue ubicado al poniente de Ciudad Juárez, después de haber sido retornada por el Gobierno de Donald Trump a México para que esperara aquí su proceso de asilo político, bajo los Protocolos de Protección a Migrantes (MPP, por sus siglas en inglés). 

“Cuando llegó aquí hablaba más su dialecto (sic) y empezó a hablar más el español y ahorita ella habla muy bien el español, nos entiende bien. Y ya va a cruzar a Estados Unidos, cuando llegó aquí estaba embarazada, tuvo a su hijo aquí en México…. Y ahora va a ir a aprender inglés”, narró el pastor Juan Fierro. 

El Buen Samaritano alberga actualmente a 86 personas, 30 de ellas MPP, en espera de poder cruzar a Estados Unidos bajo la nueva política migratoria de Biden; cinco más en espera de que el vecino país abra la frontera, y el resto tras haber sido expulsadas bajo el llamado Título 42, ante el argumento de que son un riesgo para la propagación de la pandemia. 

En Ciudad Juárez ellas se encuentran en el área filtro del albergue, en donde después de 14 días podrán ocupar un nuevo espacio con quienes ya tienen meses esperando por el sueño americano. 

Ambos grupos tratan de adaptarse pese a sus diferentes culturas, ya que se trata de personas de países como Guatemala, Honduras, El Salvador y Brasil, además de las mujeres indígenas, como Dominga.

“Tienen que adaptarse, a las mujeres indígenas cuando les decimos que les toca limpiar los baños, dicen que sí, pero nunca han limpiado un baño, porque viven a campo abierto, no saben lo que es una regadera, tienen que aprender a cómo se hace, cómo se limpia, cómo usar el trapeador, los lavamanos. Pero aquí van viendo a los demás y van interactuando. Son culturas completamente diferentes que se tienen que adaptar”, comentó el pastor. 

El que no se puedan comunicar las hace más vulnerables, les dificulta el conseguir un trabajo y son más fácilmente engañadas, ya que incluso no conocen los billetes mexicanos. 

hmartinez@redaccion.diario.com.mx