El Faro, sin valla ni muro de Trump

En el último poblado del Valle habitan sólo 7 familias; EU resguarda su frontera con helicópteros y sensores

Hérika Martínez Prado/
El Diario
jueves, 16 mayo 2019 | 06:00

Con la mayoría de sus casas abandonadas, una escuela sin alumnos, una comisaría sin policías, una iglesia cerrada, un río sin agua y una frontera sin límites, El Faro se convirtió en una comunidad casi fantasma enclavada frente a Estados Unidos, en el desierto del Valle de Juárez.

Mientras que el Gobierno de Donald Trump casi termina la construcción de 6.4 kilómetros de muro entre El Paso y Ciudad Juárez, y pese a ello la Patrulla Fronteriza detiene todos los días a un promedio de mil migrantes, a más de 102 kilómetros de distancia al oriente la única barrera es la que impone el crimen organizado para evitar que los pocos pobladores que quedan se acerquen a la línea.

La valla fronteriza termina a la altura de Praxedis G. Guerrero, y aunque en el puente internacional de Fort Hancock se encuentra un muro de acero, a la altura de las comunidades de Progreso, Vado Cedillos y El Faro ya no existe ningún límite entre ambos países.


Con el límite fronterizo casi invisible

Está muy tranquilo”, aseguran algunos integrantes de las aproximadamente 16 familias que quedan, de las 46 que alguna vez calculan que hubo en El Faro; aunque otros afirman que realmente se trata solo de siete familias en unas 16 viviendas habitadas.

Dicen que la vigilancia a través de helicópteros de la Patrulla Fronteriza, sensores de calor y movimiento, y de los militares se encuentran apostados entre los cerros estadounidenses es constante, pero a simple vista solo puede observarse la presencia aérea sobre la frontera.

En algunas zonas el cauce de un ancho río seco lleno de hiervas permite calcular los límites, pero en otras es fácil confundir la separación entre ambos países, donde las huellas sobre la tierra son los únicos rastros de la migración irregular que algunos habitantes niegan y otros confiesan que sobrevive en el poblado que calculan se fundó hace unos 100 años.

“La otra vez yo ya andaba del otro lado, hasta que un ranchero me dijo ‘vente para acá, ya andas en Estados Unidos’, y ya me vine”, “pero además no puedes andar allá así, a veces te preguntan a dónde vas”, confesó un habitante del mismo municipio de Guadalupe Distrito Bravos al que pertenece El Faro.

Y aunque las autoridades han encontrado lugares ya abandonados en los que parece haber dormido gente recientemente, sus habitantes aseguran que la presencia estadounidense inhibe la migración en el sector, sin la necesidad de la existencia de una valla o un muro de acero.

A poco menos de 10 kilómetros antes de llegar a El Faro, está el ejido Vado Cedillos, un lugar que también ha ido perdiendo pobladores a raíz de la violencia.

Y es que hasta hace una década los habitantes de ambos poblados trabajaban principalmente en ranchos cercanos que eran propiedad de líderes del crimen organizado, en los que criaban una gran cantidad de ganado y generaban decenas de empleos. Pero la guerra entre los grupos terminó con estos ranchos.

Así, la violencia obligó a la mayoría de sus pobladores a migrar hacia El Porvenir, Ciudad Juárez o Estados Unidos, en busca de trabajo.

Se dice que en el año 2005, en El Faro tenía 133 habitantes, mientras que ahora apenas suman unas 62 personas, entre ellas unos 10 niños que tienen que recorrer todos los días unos 20 kilómetros para ir hasta El Porvenir a la escuela.

Pero pese a la poca cantidad de habitantes, El Faro y Vado Cedillos sobreviven, al igual que Progreso, otra pequeña comunidad que apenas cuenta con unas cuantas viviendas, pero cuyos niños sueñan con mantener vivas cuando crezcan.

Fidel, un niño de ocho años, dice que de grande quiere ser vaquero y asegura que lo que más le gusta de El Faro es que puede salir a jugar en bicicleta. Los tres niños más que viajan todos los días con él a la escuela confiesan también que quieren crecer para tener vacas en su rancho.

En el centro del poblado está la capilla, la cual algunos pobladores creen que es la iglesia de San Isidro porque ese día la visitó un sacerdote, no están seguros de cómo se llama.

“Aquí nada más hay misa cuando se muere alguien”, dice uno de los niños, sobre el lugar de la fachada blanca, la cual está cerrada con candado pero a través de sus vidrios puede apreciarse limpia y cuidada.

Apenas a unos metros frente a ella, contrastan una tienda de abarrotes llamada “Tres hermanos”, cuyo cierre dejó a la comunidad sin un lugar en donde comprar alimentos; la Primaria Comunitaria que cerró hace al menos 12 años y luego por dos años más, entre 2010 y 2012 tuvo a una maestra pero desde entonces no volvió a abrir sus puertas para dar clases.

También aparece la Comisaría de Policía, que ya se encuentra en ruinas, con el techo destruido en sus dos celdas.

Las últimas casas al norte del poblado, se encuentran a menos de un kilómetro de distancia de Estados Unidos, pero aseguran que nunca se acercan y solo observan de lejos los helicópteros estadounidenses que vigilan la frontera.

Al igual que los niños que todos los días son trasladados hasta El Porvenir para ir a la escuela, don Guadalupe tiene que recorrer el mismo camino cada tres o cuatro días para ir por comida, y todos los días para ir a trabajar en la construcción, cuando tiene trabajo.

Don Severo, quien se dedica al cuidado de unas vacas, y no sabe cuántos años tiene pero sus vecinos calculan que unos 79, recuerda que hace una década El Faro era todavía un lugar de vaqueros y trabajadores de cosecha de algodón y alfalfa, pero el cierre de los ranchos hizo huir a la gente.

El Faro no es la última comunidad del Valle de Juárez, pero sus habitantes aseguran que los lugares más cercanos hacia el oriente están a unas tres horas y media de distancia de Ciudad Juárez y que se trata de pequeñas rancherías, en donde tienen que incluso cuidar a sus vacas, porque si se cruzan la frontera los soldados estadounidenses ya no las dejan regresar.

Vado Cedillos, también está entre el desierto de Chihuahua, junto a los límites de la frontera con Estados Unidos, entre lagunas, canales de aguas negras y una escuela donde los únicos rastros de que hubo estudiantes son los libros empolvados, las manos pequeñas manos con pintura plasmadas en las paredes, las bancas arrumbadas, los restos de alguna computadora y un mapamundi en el que alguna vez los niños aprendieron.

Para alguien que no es de ahí, la comunidad de Progreso incluso se confunde con el ejido, cuyos habitantes reclaman que el gobierno federal pasado destinó 17 millones de pesos a la construcción de una carretera que se quedó a medias y que los mantiene aún más alejados del propio El Porvenir. 

“Aquí no vemos nada, todo está tranquilo… hacemos dos horas caminando a la sierra, donde hay venados y hasta leones”, dijo uno de los pobladores quienes prefieren no hablar de la cercanía con la frontera ni recordar la violencia. (Hérika Martínez Prado)