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Juárez

De la rebeldía a la vida sacerdotal

Celebra el padre Francisco Calvillo 19 años de servicio, diez de ellos como director de la Casa del Migrante de Ciudad Juárez

Hérika Martínez Prado
El Diario de Juárez

lunes, 05 septiembre 2022 | 13:06

Hérika Martínez Prado / El Diario de Juárez | Calvillo Salazar es el mayor de cinco hermanos Hérika Martínez Prado / El Diario de Juárez | Misa que ofició en el albergue Archivo / El Diario de Juárez | En la puerta del lugar que le fue asignado en 2011 Hérika Martínez Prado / El Diario de Juárez Hérika Martínez Prado / El Diario de Juárez

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Después de haber sufrido durante su niñez y adolescencia su propio dolor, pérdidas y rebeldía, el pasado 30 de agosto el padre Francisco Javier Calvillo Salazar celebró 19 años de vida sacerdotal, diez de ellos como director de la Casa del Migrante de Ciudad Juárez, en donde ha podido dar refugio a miles de migrantes mexicanos y extranjeros. 

El niño que a los ocho años quedó huérfano junto a sus hermanos más pequeños y que en la adolescencia se involucró en las pandillas, un día conoció la vida religiosa durante un retiro de cristiandad, y aunque en el Seminario no le fue fácil ni educativa ni económicamente, en 2003 fue ordenado sacerdote. Y desde entonces se le dio la tarea de la Movilidad Humana, relató. 

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“Es algo muy curioso, yo creo que es la vida la que te presenta las cosas, porque en mis planes nunca estuvo ser sacerdote, sí fui al catecismo pero hasta ahí. Yo de niño decía que quería ser médico, pero luego me tocó irme por un camino no muy recto ni muy bueno, entonces fui un desastre, fui del mundo”, recordó el juarense de 53 años de edad quien hace unos días celebró con los migrantes su aniversario sacerdotal. 

Calvillo Salazar fue el mayor de cinco hermanos, uno de los cuales murió a los tres años de edad. Y cuando él tenía apenas ocho años y su hermana más pequeña 25 días de nacida, su mamá murió de un infarto, lo que provocó que su padre se refugiara en el alcohol y muriera tres años después, también de un infarto. 

“El detalle de la pérdida de mi madre, de mi padre, de mi hermano, yo creo que eso me llevó a llevar una vida pues no muy buena, más bien vida del mundo, desorientado; nosotros anduvimos de un lado para otro, con diferentes tíos, con diferente familia, a ver quién nos acogía, con abuelos… huérfanos. Y yo creo que todo ese vacío me llevó a ocultar esas heridas. Después de eso siempre he sido muy enfermizo, del apéndice, de mis venas, de la sangre, detalles muy fuertes que me marcaron”, compartió. 

Él y cada una de sus hermanas fueron acogidos por diferentes familias y aunque sus tíos le dieron la oportunidad de estudiar la preparatoria, dijo que nunca aprovechó la escuela, hasta que a los 16 años comenzó a trabajar en una maquiladora en el Parque Industrial Bermúdez, en donde comenzó como operador, luego fue jefe de línea, después auditor de Calidad, hasta que lo enviaron a Personal o Recursos Humanos, en donde estuvo once años. 

Trayectoria en la maquila

“Estuve en Conductores y Componentes Eléctricos. Ahí seguí con el ambiente de la maquila, me acuerdo de la avenida Juárez, cuando estaban todos los salones de baile, me iba con mis compañeros, compañeras. Ahí me pongo muy mal cuando se me revienta el apéndice, me fui a terapia intensiva al 35 del Seguro Social y eso cambió mucho mi vida.

“Me tocó conocer en el trabajo gente de iglesia y me invitaban a retiros, y nunca quise ir, hasta que un día dije: me voy a animar. Y me vine a un cursito de cristiandad de hombres, que lo viví precisamente en la Casa de Ejercicios, y ahí empezó un cambio, yo creo que cambió mi vida, lloré mucho, a partir de ahí fue totalmente diferente la vida”, recordó. 

Sus padrinos lo acompañaron a la parroquia San Martín de Porres, en la avenida Carlos Amaya, en donde se confirmó y después se convirtió en coordinador de confirmaciones. Después llegó a la parroquia el padre Juan José Merino, encargado de vocación sacerdotal y lo invitó a una jornada vocacional al Seminario Conciliar de Ciudad Juárez, en donde descubrió que le gustaba la vida sacerdotal, aunque él quería ser franciscano o dominico, pero no fue aceptado. 

“Seguí yendo a los pre-seminarios de aquí. Mi párroco de San Martín de Porres, que era Efrén Hernández, me dijo: vete aquí al Seminario de Juárez, hombre. Y dije: bueno, voy a hacer el intento. Y me acuerdo que ese día me entrevistó don Juan Sandoval. En 1993 entré al Seminario propedéutico, a los 25 años”. 

“En el Seminario muchas veces me quise salir, sí me salí un año cuando terminé primero de Teología, pedí permiso; siempre fui muy burro, muy limitado y ahí sí hay que estudiar, ahí sí está muy difícil. A mí se me hizo muy complicado por mis limitaciones de escuela, yo llevé una niñez, una adolescencia, una juventud muy del mundo, muy de pandillas, muy de barrio, muy de cosas no buenas. En la escuela nunca me la pasé, yo era de los que se la zorreaban, de los que se salían, de las pandillas o de andar haciendo otras cosas, en otros vicios. Y a mí se me hizo muy difícil el Seminario, porque ahí sí hay que estudiar, ahí sí hay que darle machín”, confesó. 

Recordó que sus compañeros le pusieron como apodo “Cantinflas”, porque le decían que hablaba mucho pero no se le entendía nada, y es que, por ejemplo, latín, griego, francés, italiano, filosofía, teología siempre fueron asignaturas en las que tuvo que estudiar mucho. 

Lourdes Domínguez, una segunda madre

Durante el año que se salió, la señora Lourdes Domínguez, actual dueña de Cibeles, a quien había conocido porque se dedicaba a dar servicio en las cafeterías de las maquiladoras, lo apoyó para estudiar la universidad, pero él descubrió una vez más que su vocación era ser sacerdote y decidió regresar. 

El 16 de julio de 2001 hizo su petición para ordenarse como diácono, y el 16 de julio de 2002 para el sacerdocio, por lo que fue ordenado el 30 de agosto de 2003 durante los 15 años de obispo de don Renato Ascencio León.  

Pero la parte educativa no fue una barrera en su formación, ya que cuando decidió entrar al Seminario sus tíos se hicieron protestantes y no lo apoyaron. Por lo que tuvo que hablar con el rector, el padre Juan Manuel García, quien solicitó el apoyo del patronato y él personalmente decidió ayudarlo. 

Debido a que le ayudaba al padre Efrén con la contabilidad de la parroquia, él le pagó la beca para estudiar; el rector lo apoyaba con el medicamento y consultas cuando se enfermaba, le compraba ropa como chamarras o suéteres e incluso lo apoyaba con dinero cuando salían de vacaciones de las clases. El vicerrector Héctor Villa también lo ayudaba, y las señoras Adame y Delia Moreno lo adoptaron mientras estudiaba y le compraban “el shampoo, los rastrillos, chones, calcetines”. 

“Lo que hacía yo en el Seminario era que salíamos por ejemplo en junio, julio era apostolado y agosto era libre, entonces yo me iba a

trabajar todo agosto, me iba al Mercado de Abastos, me iba con Lourdes a las maquilas o me iba con el padre Efrén, con el padre Ríos en el Periódico Presencia, también cubría todo el mes. Y era así como ellos me ayudaban”, comentó. 

Dijo que conocía gente del Mercado de Abastos y les pedía que le dieran trabajo todo el mes de agosto, a donde entraba a las 4:00 de la mañana y salía a las 3:00 de la tarde, para después irse a trabajar a las parroquias y poder pagar parte de su colegiatura, sus libros u otros gastos que tenía. 

“Cuando me gradúo del Seminario me voy a Senecú a vender pasteles y aguas para irme a la Pontificia a hacer mi examen de Teología. La señora Lourdes me vio y pagó el avión de ida y vuelta a México, nunca me había subido a un avión. Bendito sea Dios que me quitó una madre, pero luego me ha dado a muchas mamás, y tengo muchas mamás con las que puedo correr y hablarles, y entre ellas está ella, siempre estuvo pendiente también del Seminario. Y luego es la presidenta del Patronato de la Casa del Migrante, desde los escalabrinianos, entonces cuando llego aquí otra vez nos volvemos a juntar, y hasta la fecha somos mamá e hijo”, comentó. 

Movilidad Humana

Desde que fue ordenado sacerdote, el obispo lo invitó a ayudarle como secretario de Movilidad Humana, porque él era encargado y desde entonces ha dedicado su trabajo a los migrantes, aunque los primeros años estuvo en iglesias como el Señor de la Misericordia como diácono, en Santa Teresa de Jesús, en el Sagrado Corazón como vicario, Jesús El Salvador y Santo Tomás Apóstol como párroco. 

“En la violencia se fueron los escalabrinianos de aquí y la Casa del Migrante se la dan a los dominicos, pero en 2011 se van los dominicos y me pide el obispo que desde la parroquia (Santo Tomás Apóstol) me haga cargo como director de la Casa del Migrante. Y en 2012 me manda que me venga ya de plano como director a la Casa del Migrante, y me da la Casa de Ejercicios, Mausoleos y Santa María Goretti”, recordó. 

“Yo recuerdo que don Renato me dice: te voy a mandar a la Casa del Migrante de director, deja ya Santo Tomás, te vienes para acá, pero te voy a dar la Casa de Ejercicios para que tengas un albergue por si un día llegara a haber muchos migrantes. Y es curioso, porque mi retiro de evangelización fue ahí, ahí empezó mi conversión en esa Casa de Ejercicios. Y me dio gusto cómo mi obispo ya estaba profetizando o estaba anunciando algo que iba a pasar. Y en dos ocasiones la Casa de Ejercicios se ha abierto y se ha llenado de tantos migrantes”, destacó a quien le ha tocado dirigir el albergue católico ante diversos fenómenos migratorios. 

Casi 20 años después

Después de 19 años como sacerdote, cuando se encuentra con sus amigos de la escuela a veces le dicen: “yo podía pensar que tú podías ser todo Javier, que tú podías ser a lo mejor narco, podías haber sido borracho, pero nunca cura. Y yo también a veces digo, ¿hay señor, porqué me escogiste?, pero le doy gracias por un año más”, confesó quien ahora se siente agradecido de poder acoger y entender el sufrimiento que viven los migrantes. 

Este año, Calvillo Salazar celebró sus años 19 años de servicio con una misa en el espacio que siempre ha buscado que sea una casa y no un albergue para quienes vienen huyendo de situaciones difíciles, por lo que busca darles apoyo integral, y ayuda espiritual, pero también denunciando las violaciones que sufren a sus derechos humanos y las políticas tanto de México como de Estados Unidos.

“Creo que Dios no me ha dejado y creo que he ayudado a Dios, he ayudado a la Iglesia, he tratado de ser un poquito fiel a mis obispos; claro, errores y fallas tengo como todos, a lo mejor hasta más. Y no me queda más que decirle: gracias por tener misericordia de mí y que me haya llamado a esta vocación”, finalizó. 

hmartinez@redaccion.diario.com.mx

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