Juárez

Asilo Senecú

Dan hogar a los desprotegidos

Fue fundado por el padre Baudelio Pelayo con el objetivo de asegurar el cuidado de adultos mayores abandonados o indigentes

Luis Carlos Cano C.
El Diario de Juárez

lunes, 26 julio 2021 | 13:16

Omar Morales / El Diario de Juárez | Uno de los espacios donde conviven los huéspedes Omar Morales / El Diario de Juárez | La madre Socorro junto a la imagen del padre Pelayo Omar Morales / El Diario de Juárez | Algunos de las personas que son cuidados en el sitio Omar Morales / El Diario de Juárez | La sala donde ven televisión Omar Morales / El Diario de Juárez | La tumba donde descansa el fundador del lugar Omar Morales / El Diario de Juárez | Uno de los espacios para la oración y reflexión

Ciudad Juárez— Fue creado con la misión de cuidar y proteger a los adultos mayores que no tienen familia, que fueron abandonados o son indigentes en la calle, tarea que a 73 años de distancia se sigue cumpliendo en beneficio de los abuelos y abuelas que viven ahí, es el Asilo San Antonio Senecú.

Quienes cuidan y atienden a estos abuelos, dicen que son personas que están en una edad que es el último paso en su vida para ir al encuentro con Dios, en la mayoría de los casos fueron abandonados por sus familias o son indigentes que antes deambulaban por las calles.

Independientemente de su origen o lugar de procedencia, ellos sufren por no estar con su familia, la echan de menos, la extrañan, por eso las monjas de la orden de la Congregación de Hermanas Misioneras de María Dolorosa tratan de suplir esa situación y les dan en abundancia comprensión, ternura y paciencia.

Son abuelos tranquilos, dice la directora de la institución, la madre Socorro Solís Scobee, pero aun con ello y su avanzada edad, se han tenido conatos de violencia, que no llegan más allá de las palabras, ya que por la edad han perdido esa agilidad que antes tenían, y la calma vuelve pronto al grupo.

En ese ambiente de tranquilidad que prevalece en este hospicio, no es extraño escuchar a algún abuelo o abuela entonar una canción: “Voy a cantar un corrido, sin agravio y sin disgusto, de lo que pasó en Tres Palos, municipio de Acapulco, mataron a Simón Blanco, su mamá se lo decía hijo no vayas al baile, y Simón le contestó, mamá no sea tan cobarde, para que cuidarse tanto, de una vez lo que sea tarde”, cantaba una de las mujeres del asilo.

Mientras se tenía la entrevista con personal de la institución, se escuchaba la voz de esta abuela que con gusto cantaba la melodía, mientras sus compañeros le aplaudían con ganas.

El ánimo no les falta, comentó uno de los empleados, mientras otro de los abuelos que caminaba lento con su andador, llegaba a la oficina de la directora para pedirle permiso de ir a la tienda cercana.

“Hola Socorrito, ¿quiénes son ellos, vienen a platicar con nosotros, se van a quedar?. ¡Hola muchachos, como están, buenos días!”, dice una de las mujeres que se encontraba en la sala de descanso, mientras acompañados de la directora, visitábamos el lugar fundado el 26 de julio de 1948 por el sacerdote Baudelio Pelayo Brambila.

Les agrada recibir visitas, pero ahora, por la pandemia de Covid-19, están suspendidas para protegerlos de la enfermedad, dice la madre Socorro Solís, quien comenta que ya todos están vacunados.

Por la misma pandemia no se han aceptado más abuelos, actualmente viven en el asilo 40 personas, 20 mujeres y una cantidad igual de hombres, pero se tiene cupo hasta para 75 internos; hace dos años había 60, explica.

“Esperamos que pronto pase esto, o que nos acostumbremos a vivir con la presencia de la enfermedad, pero aquí seguiremos con la misión del padre Baudelio Pelayo al fundar el asilo, recibir y atender a los abuelos más pobres, a los indigentes, a los que no tienen quién los cuide”, dice Sor Socorro.

Ella tiene al frente de la institución dos años, antes estuvo en Guachochi en la casa misional que tiene la orden en esa región de la Sierra chihuahuense.

Comenta que el padre Baudelio inició la tarea del asilo en otros edificios, lo hizo motivado al ver lo que sufrían los niños y los abuelos en Ciudad Juárez, pues le impresionó la secuela de la Segunda Guerra Mundial que dejó pobreza también aquí, comenta la religiosa.

“Él contaba que los niños y los abuelos le movieron el corazón porque buscaban en las calles qué comer y ahí dormían, por lo que buscó ayuda con personas de buena voluntad y la encontró para crear el asilo”, agrega.

El padre Pelayo fundó también la Congregación de Hermanas Misioneras de María Dolorosa, que después de ser aprobada en Roma, se erige el 15 de septiembre de 1947 en Ciudad Juárez, para asegurar el cuidado de abuelitos abandonados, indigentes de la calle que no tuvieran opción de tocar otra puerta.

“Como congregación, como asilo”, dice la madre Socorro, “nos sentimos bendecidos de Dios porque la obra ha podido seguir adelante manteniendo los objetivos de darle preferencia a los pobres, indigentes y los casos de abandono y necesidad”.

Al hospicio también solicitan el ingreso de gente que tiene solvencia económica, que pueden pagar una cuota, pero se les sugiere que acudan a otro albergue, indica.

Asimismo, dio a conocer que en este tiempo de pandemia tienen al apoyo de la comunidad de Ciudad Juárez y El Paso, Texas, sobre todo en especie y donativos en efectivo, que también se necesitan para pagar a los 16 trabajadores y los servicios.

Los trabajadores ayudan en la limpieza de los huéspedes y en organizarlos para que estén listos a la hora del almuerzo, pero además colaboran en el arreglo de las camas y en la limpieza de las instalaciones. De esto se encargan también las religiosas de la congregación, incluida la madre Socorro.

“Los abuelos son tranquilos”, comenta la directora del asilo, “y aquí se les da comprensión, ternura y paciencia con el apoyo de la mano de Dios. Aquí es el último paso en su vida para ir al encuentro con Dios”.

En este sitio, los abuelos tienen su espacio para ver televisión, para leer los que suelen hacerlo, o simplemente se sientan frente a los jardines o en los pasillos del edificio para platicar, o para cantar como se les puede escuchar a algunos de ellos.

Antes de la pandemia de Covid-19, acudían jóvenes universitarios a cantarles, incluso se tenían festivales en ocasiones importantes como el Día de las Madres, el Día del Padre o en la Navidad; ahora no se pueden organizar estas actividades, pero las fechas no pasan desapercibidas y se llevan a cabo eventos sencillos con el personal del asilo.

“Este tipo de eventos les hacen falta, aunque ellos no lo expresan, pero las visitas los ayudan mucho, les dan vida, les alegra que venga gente y platique con ellos”, comenta la directora de la institución.

Y es precisamente por la experiencia que tiene en el trato con las personas que se encuentran en este hospicio, y por su trayectoria al servicio de sus semejantes, que la madre Socorro señala que lo ideal es que los abuelos no tuvieran que ser llevados a un asilo o a cualquier estancia, pues eso es muy triste para ellos.

“Lo mejor sería que estuvieran con su familia, con su gente, a los abuelos les cuesta dejar su espacio, aunque sea pobre y con carencias, les cuesta venir a un lugar donde sí encuentran amigos y se les trata de dar lo mejor, pero nada puede suplir a la familia, salvo en casos difíciles”, expresa.

“Son casos muy duros cuando llegan aquí que los traen agentes de la Policía. Aquí en este asilo, la mayoría no tiene familia”, explica la religiosa.

Comenta que en ocasiones aparece un pariente, un hijo de alguno de los internos, pero cuando se le pregunta a ese familiar el porqué de ese abandono, como respuesta, dicen que no sienten nada por su padre, porque nunca estuvo en casa, porque no conocieron el amor de papá o mamá”.

“Les sugiero que pidan a Dios que sane su corazón, pero la respuesta es dura: “no madre, no podría porque para mí no fue mi papá”.

Sin embargo, dice Sor Socorro, cuando los abuelos llegan al asilo les cuesta separarse de su familia, ellos nos dieron la vida, tienen la sabiduría que la vida les ha dado, y si llegan enfermos, sobre todo con alguna enfermedad mental es más duro todavía.

Si la familia decide llevar al abuelo a un asilo, que no los olviden, que los hagan sentir el amor y la necesidad de su compañía, dice la directora del Asilo San Antonio Senecú. 

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