Internacional

El coronavirus podría quedarse para siempre, incluso con una vacuna

Aceptar esa realidad es crucial para la siguiente fase de la respuesta a la pandemia, dicen expertos

The Washington Post

El Diario de Juárez

martes, 09 junio 2020 | 10:21

Hay una gran probabilidad de que el coronavirus no se vaya nunca. Incluso luego de que se descubra y distribuya una vacuna, lo más probable es que el coronavirus persista durante décadas, circulando entre la población mundial, según informó The Washington Post.

Los expertos califican a este tipo de enfermedades como “endémicas”: resisten persistentemente los esfuerzos por acabar con ellas. Como el VIH, el sarampión y la varicela.

Un mundo teñido de coronavirus sin un final previsible es una propuesta desalentadora. Pero los expertos en epidemiología, planificación de desastres y desarrollo de vacunas dicen que aceptar esa realidad es crucial para la siguiente fase de la respuesta estadounidense a la pandemia. La naturaleza persistente del COVID-19, dicen, debería servir como un grito de guerra para la población, un plan de acción para los billones de dólares que el Congreso está gastando y un punto de navegación corregido para la actual estrategia caótica, amalgamada y diferente en cada estado de la nación. 

Entre tantas incertidumbres, la persistencia del nuevo virus es una de las pocas cosas con las que podemos contar en el futuro. Eso no significa que la situación será siempre tan grave. Ya existen cuatro coronavirus endémicos que circulan continuamente y que causan el resfriado común. Muchos expertos creen que este virus se convertirá en el quinto, y que sus efectos serán cada vez más leves a medida que la inmunidad se propague y nuestros cuerpos se adapten a él con el tiempo.

Sin embargo, por ahora, la mayoría de las personas no han sido infectadas y siguen siendo susceptibles. La enfermedad altamente contagiosa ha crecido en las últimas semanas, incluso en países que inicialmente tuvieron éxito en contenerla. Si no se actuara contra el virus, dicen los expertos, simplemente seguiría azotando poblaciones por todo el mundo.

“Este virus llegó para quedarse”, afirmó Sarah Cobey, epidemióloga y bióloga evolutiva de la Universidad de Chicago. “La pregunta es, ¿cómo vivimos con el virus de forma segura?”.

Combatir enfermedades endémicas requiere de una estrategia a largo plazo, de un esfuerzo constante y de una coordinación internacional. Erradicar el virus puede llevar décadas, si es que llega a suceder. Esos esfuerzos toman tiempo, dinero y, sobretodo, voluntad política.

Según encuestas, los estadounidenses recién están empezando a adaptarse a esa idea. Los líderes y residentes de Estados Unidos siguen buscando la varita mágica que haga desaparecer abruptamente la pandemia: las medicinas que han mostrado aunque sea una pizca de progreso en la placa de Petri han generado escasez. La Casa Blanca sigue afirmando que el calor del verano sofocará al virus o que desaparecerá misteriosamente. Los expertos afirman que es poco probable que una vacuna —si bien es crucial en nuestra respuesta— erradique la enfermedad. Los desafíos del proceso de vacunación están empezando a ser evidentes, entre ellos el suministro limitado, la oposición antivacunas y los considerables obstáculos logísticos.

Mientras tanto, algunos estados están precipitándose a reactivar sus economías. Incluso aquellos estados que se están moviendo con más cautela, no han desarrollado herramientas para medir qué está funcionando y qué no, un aspecto fundamental en cualquier experimento científico prolongado.

“Es como si tuviéramos trastorno por déficit de atención en este momento. Todo lo que estamos haciendo es apenas un acto reflejo para el corto plazo”, afirmó Tom Frieden, exdirector de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés). “Las personas me siguen preguntando: ‘¿Cuál es la cosa fundamental que tenemos que hacer?’. La cosa fundamental que tenemos que hacer es entender que no hay una sola cosa fundamental. Necesitamos una estrategia de batalla detallada y meticulosamente implementada”.

Las personas siguen hablando de regresar a la normalidad, afirmó Natalie Dean, especialista en bioestadística de enfermedades en la Universidad de Florida. Pero un futuro con un coronavirus persistente significa que lo normal ya no existe. “A medida que encontremos diferentes maneras de adaptarnos y descubrir qué funciona, empezaremos a recuperar partes de nuestra sociedad y nuestra vida”, afirmó.

Un interludio urgente

Estados Unidos se encuentra ahora en un momento de transición. Las infecciones se están reduciendo en algunos estados, aunque en otros están aumentando, con zonas de alto contagio emergentes y preocupantes.

Lo que falta en este interludio, dicen los expertos, es un sentido de urgencia.

Para llegar a este momento de transición se requirió de clausuras a nivel nacional, de un aumento enorme del desempleo y de golpes devastadores a nuestra economía y salud mental. Se suponía que todo ese esfuerzo nos iba a dar tiempo para pensar, planificar y prepararnos, afirmó Irwin Redlener, director del Centro Nacional de Preparación para Desastres de la Universidad de Columbia.

“Lo preocupante es que no veo señales de que el gobierno federal haya aprendido alguna lección y esté haciendo algo diferente para prepararse para las siguientes oleadas”, afirmó.

Los líderes necesitan desesperadamente hacer que sus respuestas de gestión de crisis a corto plazo se conviertan en soluciones a largo plazo, afirma Redlener y otros expertos.

Las comunidades deberían estar pensando en instalar puertas que no requieran agarrar una manilla, y rediseñando las señales de tráfico para que los transeúntes no tengan que presionar botones en el cruce peatonal, afirmó Eleanor J. Murray, epidemióloga de la Universidad de Boston.

En los próximos años, los robots y las líneas automatizadas podrían llegar a estar en todos lados en las plantas empacadoras de carne, las cuales han experimentado algunos de los peores brotes del país. Las familias podrían tener que convertir en rutina la aplicación de pruebas de diagnóstico antes de visitar a los abuelos. Los cubículos de oficina, alguna vez ridiculizados y pertenecientes a una época pasada, podrían volver a ponerse de moda, reemplazando los planes de oficina abierta que existen en muchas compañías actualmente. Los permisos remunerados podrían convertirse en una necesidad para trabajos de todo tipo. Seguir yendo al trabajo estando enfermo podría ya no ser considerado como un acto de admirable espíritu proactivo, sino como una amenaza a los compañeros de trabajo y al balance final.

De manera más inmediata, los estados deberían estar usando este momento para crear sistemas y protocolos de respuesta rápida. Con cientos de ciudades y condados reactivándose, se podría pensar en cada uno de ellos como mini laboratorios que están produciendo información valiosa sobre lo que funcionará contra el virus en los próximos años. Sin embargo, la mayoría no tiene todavía las herramientas para capturar esa información, afirmó Cobey, la epidemióloga de la Universidad de Chicago, cuyos modelos han sido utilizados por líderes de Illinois.

Las métricas que están siendo empleadas por los estados siguen siendo rudimentarias: cantidad diaria de muertos, tasas de hospitalización y confirmación de casos mucho tiempo después de que las personas presentan síntomas. Todas con un retraso de al menos una a tres semanas con respecto a la transmisión real del coronavirus.

“Necesitamos desesperadamente mejores datos. Los necesitamos con rapidez. Me parece asombroso que todavía no los tengamos”, afirmó Cobey.

Lo que se necesita son estrategias de aplicación de pruebas más sofisticadas, dicen los expertos, que puedan fungir como “canarios en minas de carbón”, que incrementen nuestra velocidad y habilidad para detectar oleadas del virus. Los estados podrían seleccionar algunas poblaciones o zonas para realizar pruebas extensivamente. Podrían establecer un puñado de locaciones que realicen la prueba solo a pacientes que hayan desarrollado síntomas en los últimos cuatro días, para incrementar la sensibilidad en la detección de los aumentos repentinos en la transmisión.

“Necesitamos estrategias de aplicación de pruebas que nos permitan aplicar los correctivos lo suficientemente rápido como para detener las oleadas”, afirmó Cobey, quien le ha suplicado a líderes estatales que implementen este tipo de estrategias.

Otra idea propuesta por los investigadores es aplicarle la prueba de manera universal a mujeres embarazadas, para medir la propagación asintomática del virus entre personas que han sido infectadas pero no han desarrollado síntomas. Las mujeres podrían ser una muestra ideal de la población porque normalmente ya asisten a los hospitales para los partos y controles de maternidad.

Un hospital en Nueva York le realizó la prueba a cada mujer embarazada que llegó a dar a luz y descubrió que 15% tenía el coronavirus. La mayoría de las mujeres que dieron positivo —88%— no presentaron síntomas, lo cual es una señal de lo importante que pueden llegar a ser estas pruebas.

Vivir a largo plazo con el virus también significa afrontar sus efectos en la salud mental. Hay una presunción entre muchos líderes, dicen los expertos, de que el incremento de casos de depresión y ansiedad es un problema temporal que eventualmente desaparecerá junto al virus.

Pero para algunas personas, el trauma, el miedo y el estrés se acumularán y empeorarán como una herida que no se atiende, afirmó Paul Gionfriddo, presidente de la organización Mental Health America. “La recuperación psicológica va a ser tan importante como algunos aspectos económicos y logísticos de esto”.

‘La prevención siempre suena fácil’

El anhelo de Estados Unidos por una solución rápida se ha manifestado recientemente en la creación de una vacuna, la cual es ahora descrita como la solución que aplastará el virus de una vez por todas.

Sin embargo, el mundo solo ha logrado eso una vez, con la viruela, lo que indica cuán difícil es para las vacunas erradicar por completo las enfermedades. Además, tuvieron que pasar cerca de dos siglos tras el descubrimiento de una vacuna —y un esfuerzo internacional sin precedentes— para derrotar la viruela, la cual cobró cientos de millones de vidas.

Con el tiempo, muchos expertos creen que este coronavirus podría volverse relativamente benigno. Causaría infecciones más leves a medida que nuestros sistemas inmunitarios desarrollen una memoria de respuesta a él, a través de infecciones previas o vacunaciones. Sin embargo, ese proceso puede tomar años, afirmó Andrew Noymer, epidemiólogo de la Universidad de California en Irvine.

Barney Graham, director adjunto del Centro de Investigación de Vacunas del gobierno federal, dijo que los planes emergentes para la vacunación ya abarcan hasta una década.

“Estoy pensando en términos de diferentes etapas o épocas”, dijo Graham. “Esta mañana tuvimos una discusión acerca de qué cosas podrían estar listas antes del invierno de 2021, qué podría estar listo para el 2022, y qué clase de régimen o conceptos de vacuna querríamos luego de que todo esto se haya asentado en un virus más estacional”.

El éxito de esas vacunas dependerá de la distribución, un proceso complicado y lleno de problemas logísticos.

Durante los primeros años de la vacuna, la demanda global superará con creces lo que los fabricantes sean capaces de suministrar. Cerca de 60 a 80% de la población mundial necesita ser vacunada para alcanzar la inmunidad de grupo, ese punto cuando la cantidad de personas que han desarrollado resistencia al virus hace que sea muy difícil que se propague ampliamente. Sin acuerdos internacionales establecidos de antemano, esa escasez podría degenerar en guerras de ofertas, acumulación y campañas de vacunación ineficientes.

En Estados Unidos, el trabajo crucial de distribución dependerá de los departamentos de salud locales y federales, los cuales ya han mostrado señales de tener capacidad y competencia limitada durante esta pandemia. Como una muestra del caos que podría producirse, el lanzamiento del gobierno de Estados Unidos del primer y único tratamiento para el COVID-19, remdesivir, ha sido descrito por los hospitales como confuso, injusto y sin transparencia.

“También solemos asumir que todos van a querer la vacuna por la devastación que ha causado este virus, pero esa es una gran presunción”, dijo Howard Koh, un alto funcionario estadounidense durante la pandemia de gripe A (H1N1) de 2009. “La prevención siempre suena fácil, pero no lo es”.

Estados Unidos ya tiene vacunas para el sarampión y la gripe estacional, las cuales pueden ser mortales. Y aún así, el sistema de salud tiene dificultades todos los años para convencer a la población de que se vacunen.

Viendo un poco más hacia el futuro, muchos expertos de alto nivel creen que es esencial que los líderes de Estados Unidos comiencen a prepararse para la próxima pandemia desde ya —incluso mientras lidian con esta— debido al déficit de atención y falta de apoyo político y público para la preparación que el país ha demostrado en las últimas décadas.

“Hemos visto esta situación tantas veces en el pasado”, dijo Koh. “Apenas termine esta crisis, la gente retornará a sea cual sea la nueva normalidad y pasarán la página”.

Nuestras versiones futuras

Por supuesto, la lucha para lograr que las personas piensen a largo plazo no es nueva para la salud pública.

Sabemos que fumar nos puede matar. Sin embargo, sigue siendo responsable de una de cada cinco muertes en Estados Unidos.

“El problema es que la gente pone el presente por delante del futuro”, afirmó Frieden, quien dirigió los CDC de 2009 a 2017.

Para reducir la brecha entre el presente y el futuro, los CDC lanzaron una campaña publicitaria durante la gestión de Frieden en la cual exfumadores mostraban con lujo de detalles las consecuencias de su vicio: la extirpación de sus mandíbulas, el tener que hablar a través de una caja vocal electrónica, la devastación emocional de sus familias.

La campaña logró que más de 16.4 millones de personas intentaran dejar de fumar entre 2012 y 2018 y que cerca de un millón lo dejara por completo, según estimaciones de los CDC. “Conseguimos una manera de mostrar sus versiones futuras”, dijo Frieden, ahora presidente y director ejecutivo de una iniciativa de salud llamada Resolve to Save Lives.

El reto en esta pandemia es que quedan pocos atajos de este tipo para impulsar a los líderes y a la población de Estados Unidos a que tomen acciones con visión de futuro. Los CDC han sido relegados por la Casa Blanca y se les ha prohibido realizar sesiones informativas públicas. Mientras tanto, el gobierno de Trump ha dejado bien claro que su prioridad es reactivar la economía.

Progresivamente, los principales expertos creen que muchos estadounidenses no harán el cambio hacia la reflexión a largo plazo hasta que el virus se propague aún más y afecte a alguien que conozcan.

“Es como las personas a las que les gusta manejar a alta velocidad. Ven la escena de un accidente y, por un rato, manejan con un poco más de cuidado, pero en poco tiempo ya están otra vez acelerando”, afirmó Michael T. Osterholm, director del Centro de Investigación y Política de Enfermedades Infecciosas de la Universidad de Minesota.

“Contrastemos eso con las personas que han perdido a alguien por culpa de un conductor en estado de ebriedad”, dijo. “Eso los moviliza y se convierte en una causa para ellos. Con el tiempo, todos van a conocer a alguien que se infectó y falleció por este virus. Quizás es lo que haga falta”.