Destruyó 'Dorian' el 95% de una población en Bahamas

La pequeña comunidad de Treasure Cay se quedó sin electricidad, agua o comunicación

The New York Times
viernes, 06 septiembre 2019 | 11:23

Treasure Cay.- Desde que el huracán Dorian arrasó su casa, así como la mayor parte de la comunidad de Treasure Cay, Stafford Symonette suele detenerse de vez en cuando para visitar las ruinas de su hogar.

Pero dice que no ha podido buscar sus pertenencias entre los escombros.

“No estoy listo”, dijo en voz baja, mientras se sentaba en el tronco de una palmera caída.

Al igual que los residentes de otras comunidades al norte de las Bahamas, Symonette y sus vecinos de Treasure Cay, en la isla Gran Ábaco, apenas comenzaban el jueves a aceptar la magnitud de sus pérdidas materiales.

Los signos de la destrucción estaban por todas partes: el yermo páramo donde una vez estuvo una comunidad haitiana. Un contenedor de unos 13 metros destrozado como un trozo de papel de aluminio. Una iglesia bautista hecha de bloques de hormigón que quedó sin techo, abierta al cielo.

Cerca del 95 por ciento de las casas de Treasure Cay quedaron afectadas o simplemente destruidas. La tormenta interrumpió el suministro eléctrico y los servicios públicos, lo que dejó a la comunidad sin luz, agua ni servicios de comunicación. Un residente murió y otros resultaron heridos, algunos sufrieron heridas tan graves que tuvieron que ser evacuados de emergencia.

“Va a ser un largo camino”, dijo Steve Pedican, de 58 años, un residente que ha vivido toda su vida en esa zona.

Desde que el huracán Dorian azotó a las Bahamas el domingo por la noche como una tormenta de categoría cinco, como mínimo 23 personas murieron y miles quedaron sin hogar. Las autoridades temen que la cifra de muertos pueda aumentar una vez que tengan más información de la magnitud de los daños.

Pareciera que Treasure Cay ha enfrentado el desastre con gran resignación, una actitud que algunos residentes atribuyen a la profunda religiosidad de la población de las Bahamas y a una larga familiaridad con los huracanes.

Esa comunidad es, de alguna manera, un poblado típico de las Bahamas. Se caracteriza por tener una población variopinta constituida por los bahameños nativos, muchos propietarios extranjeros que no viven en las islas, además de turistas y migrantes de otras partes del Caribe, principalmente haitianos.

El asentamiento, ubicado en una península con hermosas playas de arena blanca, fue creado a mediados del siglo XX como un centro turístico para extranjeros, principalmente estadounidenses, dijeron los vecinos.

Recientemente los bahameños también han comprado propiedades en el complejo residencial. Otros viven en sus alrededores.

La población de Treasure Cay oscila entre varios cientos y miles, según a quién se le pregunte.

Stephanie Hield, de 63 años, presidenta del consejo de gobierno local, dijo que había cerca de 450 residentes de las Bahamas. Pero la población total puede multiplicarse durante la temporada alta de las vacaciones. Y si también se incluyen a los inmigrantes haitianos, muchos de ellos indocumentados, el recuento se incrementa.

Desde la tormenta, los residentes han realizado estresantes inspecciones de los asentamientos cercanos en busca de sus familiares, amigos y conocidos.

Al no tener contacto con el mundo exterior y sin líneas telefónicas que funcionen, las personas han tenido que recurrir al boca a boca para transmitir lo poco que se sabe. El miércoles, mientras esperaban la llegada de suministros de emergencia en una pequeña pista de aterrizaje cerca de Treasure Cay, la presidenta del consejo Hield y Bridgette Chase, una oficial de aduanas de 50 años, compararon sus notas.

“En Man-O-War estaban todos”, dijo Chase, refiriéndose a un cayo cercano.

“En Grand Cay están todos”, agregó Hield. “En Turtle Cay también estaban todos”.

Aunque a principios de esta semana los helicópteros de la Guardia Costera evacuaron a algunos residentes heridos, los primeros aviones con equipos médicos, voluntarios y suministros de emergencia como agua, alimentos y motosierras comenzaron a llegar a la pista de aterrizaje de la población el miércoles.

Decenas de haitianos acudieron en masa al aeropuerto después de escuchar el rumor de que habría evacuaciones.

“Nos dijeron que viniéramos al aeropuerto para ser evacuados a un lugar mejor”, dijo Kalisa Lubin, de 21 años. Pero la mayoría no pudo salir.

Symonette, un pastor evangélico, también estaba en la pista de aterrizaje. Había llegado a las siete de la mañana, conducido más por la fe que por información clara, para esperar un avión de un grupo evangélico estadounidense. Se sentó en un cubo de pintura, cerca de un edificio que había sido la estación de bomberos del aeropuerto.

El huracán arrancó el techo de la estación de bomberos y la transformó en un revoltijo de muebles, materiales de construcción y equipos de oficina. Los árboles que rodeaban al aeropuerto, al igual que los bosques de toda la isla, fueron despojados de sus hojas y se inclinaron hacia el oeste, arrastrados por el viento.

Los aviones privados llegaron durante todo el día repartiendo suministros y voluntarios, pero no arribó el que Symonette estaba esperando.

Cuando se acercaba el anochecer, se ofreció para guiar a un periodista por el asentamiento. Desde la tormenta no había vuelto a recorrer el pueblo y se quedaba en las casas de sus amigos donde él y sus familiares buscaron refugio.

Al pasar por su hogar describió cómo él y su familia intentaron capear la tormenta. Recuerda que, mientras la casa se desarmaba, salieron corriendo hacia una camioneta que estaba estacionada afuera. Pero el techo de la casa cayó sobre el vehículo por lo que se metieron en una camioneta más grande y allí pasaron las siguientes horas.

“Es un milagro que estemos hablando”, dijo.

Symonette, quien se crió en Nassau y se mudó a Treasure Cay hace unos 50 años, condujo lentamente por la comunidad, principalmente en silencio, y ocasionalmente señalaba algunos puntos de referencia.

“Esa era la escuela primaria”, dijo Symonette. “Este era un restaurante. Allá había una construcción”.

El paisaje había cambiado tanto, lleno de escombros por todos lados, que Symonette a veces se desorientaba y confundía los grupos de viviendas.

“Increíble”, murmuró el pastor.

Un grupo de hombres se sentó junto a la carretera, cerca de los escombros de una comunidad haitiana llamada Sand Banks.

“Pastor, ¿cómo estás?”, gritó uno.

“Estoy bien”, respondió Symonette.

“Gracias a Dios por la vida”, dijo el hombre.

“Gracias a Dios por la vida”, dijo el pastor.

Symonette tenía que inspeccionar algo más: la iglesia evangélica donde era pastor. Había supervisado su construcción, que tardó siete años.

Cuando la vio, se sintió aliviado. Era un edificio alto y de aspecto robusto, y a excepción de algunos techos que se habían volado, parecía haber sobrevivido bien a la tormenta.

Incluso la cruz de seis metros de altura, enarbolada en la parte superior de la fachada, se mantuvo en su lugar. Una visión que llenó de satisfacción a Symonette.