Estado

Viven en tierra de nadie

'Mucha gente de aquí huye de la violencia': Mario, habitante en el cerro

El Diario de Chihuahua

El Diario de Chihuahua

sábado, 20 julio 2019 | 12:43

Chihuahua.- “Mucha gente que vive aquí es gente que huye de la violencia”, sentencia Mario, un habitante ermitaño que habita sobre la montaña más grande de Chihuahua. “El gobierno, mientras menos chingue, más ayuda”, asegura.

Se refiere a la intervención social del gobierno municipal a la cotidianidad de un vecindario que todavía habita entre espacios sin pavimentar, en cuartos diminutos, entre basura y jaurías de perros. “Mucha gente, los de allá abajo”, señala Mario, “es gente que tiene años esperando la ayuda del municipio. Yo no. Al gobierno lo queremos… pero bien lejos de aquí”, insiste con una sonrisa permanente.

Las casas son pequeñas, muy pequeñas. “Nosotros ya tenemos como 30 años aquí”, dice una mujer de más de 60. Sale de un diminuto espacio constituido de ladrillos que llama un hogar, tapándose el infierno de sol de mediodía con una sola mano. Son seis perros mestizos los que caminan ladrando mientras ella habla. “Pero mejor pregúntele a mi viejo, él hasta le conoce las cuevas de por acá”.

“¿Las cuevas? No, yo ya no voy para allá. Tengo ya varios clavos en la pierna, ya ni puedo subir al cerro”, cuenta Jesús, nacido entre los ladrillos en su natal Durango. Llegó en los ochenta a esta tierra de nadie, sometida por el Cerro Grande.

Jesús habla sentado bajo la sombra de árbol seco, sobre un montículo de tierra. Confiesa la historia sobre cómo abandonó a sus hijos y su ahora exesposa para irse a trabajar a Estados Unidos para una empresa de “techos finos”. Vivió 12 años trabajando del otro lado del río, pero los dólares le hicieron mal. Lo cuenta con naturalidad y sin pudor de un hombre viejo que dibuja líneas en la tierra sobre la que está sentado.

Jesús regresó a Chihuahua y reanudó su oficio de ladrillero. No le gusta relacionarse con nadie. Él es tan ermitaño como Mario. “No conozco a nadie”, dice casi renegando. Su esposa plancha ropa del otro lado de la colina, con sus perros al acecho de cualquier extraño que venga a molestar.

Pese a la pobreza, el hombre de los ladrillos no tiene quejas. Dice que tiene agua brindada por el municipio, no tiene que pagar por el terreno en el que vive y que la vida es tranquila. Jesús admite que se apropió de este espacio a la fuerza: “Por mis calzones me quedé aquí”.

“No hay una comunidad de vecinos en esta colonia; ‘yo hago mis cosas y tú las tuyas’ ”, explica Mario, “es mejor así, por eso estoy aquí, para que nadie me moleste”. “Sí, yo sí creo que hay una comunidad”, asegura Gustavo, quien vive solitario bajo las faldas del Cerro Grande, en un terreno comprado por su madre años atrás.

El hombre de 40 años dice que la vida es tranquila en la colonia. “Aún es temprano para que pasen por las calles las patrullas, pero más tarde sí hacen sus rondines. Aquí no pasa mucho, pero estoy seguro de que si mi vecino ve a alguien desconocido acercarse por mi casa, le llama a la policía”, explica Gustavo, tan delgado de rostro y cuerpo. 

Vivir colgado de la luz, sin tener que estar pagando por sus terrenos durante años y con falta de sistema de drenajes y tuberías para agua potable es como los habitantes del cerro están acostumbrados a vivir. Si están aquí es porque no hay recursos propios para mudarse, ni interés para acercarse un poco más a la mancha urbana de la capital.

Unos esperan por la ayuda del gobierno municipal, otros simplemente lo desprecian. Mario insiste en que el gobierno “sólo chinga y jode” a los más pobres, pero a los ricos que viven con propiedades sin papeles, como muchos de los marginados del cerro, no.

“A él, que vive allá”, señala Mario con su dedo, esta vez hacia arriba, “le tumbó el municipio otra casa pequeña que estaba del otro lado de esta montañita, ahí puedes ver lo que era el basamento de su casa, y eso ocurrió porque un periódico publicó su historia”.