Coincidencias fatales en la muerte de Servín

Martha, hermana de María Eugenia, una de las víctimas chihuahuenses de la masacre de El Paso, fue quien encontró muerto a su amigo Enrique

David Piñón Balderrama
El Diario de Chihuahua
viernes, 11 octubre 2019 | 11:03
El Diario de Chihuahua |

Chihuahua— Esas coincidencias fatales: Martha, hermana de María Eugenia Legarreta Rothe, una de las víctimas chihuahuenses de la masacre de El Paso del pasado 3 de agosto, fue quien encontró muerto a su amigo Enrique Servín Herrera en su casa de la calle Segunda, a donde acudió a buscarlo para acompañar a su hermana Gaby Servín, quien estaba preocupada por encontrarlo.

Martha y Gaby, su “Francisquita” y su “Hopitilitikg”, como amorosamente les decía entre juegos y en alguna de las 28 lenguas que hablaba, fueron quienes se animaron a forzar la puerta de la céntrica y humilde vivienda donde vivía el poeta, luego de buscarlo intensamente toda la tarde del miércoles pasado por clínicas y hospitales.

Ellas junto con varios amigos habían recorrido las clínicas públicas y privadas, con el temor de que se le hubiera complicado la diabetes que padecía Enrique Alberto. Se lo imaginaban internado con alguna descompensación, pues como todo artista dicen que le valía madre cuidar su salud.

Al maestro Servín Herrera lo mataron la noche del martes o madrugada del miércoles. Eso suponen sus familiares porque esa noche fue la última vez que fue visto con vida. Se bañó en casa de su madre, como muy seguido lo hacía, y se fue a su rincón del centro de la ciudad donde vivía solo.

Los allegados al poeta -también escritor, políglota, funcionario de la Secretaría de Cultura y exservidor de múltiples oficinas públicas ligadas a las culturas indígenas- narran lo último que supieron del artista que entregó su vida al servicio de los demás.

Era común, como todo artista, que perdiera u olvidara el celular, que cambiara de número, que no se reportara con amigos o familiares que lo buscaban. Así era de olvidadizo y aparentemente despreocupado.

Pero también era común encontrarlo en su casa por la tarde y noche, así como la visita obligada y regular a su madre Elena, que últimamente había tenido complicaciones en su salud.

El martes en la noche hizo esa visita, se bañó en casa de su madre y se fue. Desde entonces nadie supo de él.

El miércoles durante todo el día lo llamaron muchas veces, su hermana Gaby y compañeros que lo extrañaron en la Secretaría de Cultura, donde tenía el burocrático cargo de jefe del Departamento de Culturas Étnicas y Diversidad; cargo, por cierto, apenas para la medianía en que siempre le había gustado vivir, pues sus ambiciones distaban mucho del dinero, la fama, el poder y otras cosas que seducen a los demás, no a la gente como él que dominaba tantos idiomas y tenía tantos amigos que podía darse el lujo de visitar casi cualquier país del mundo sin necesidad siquiera de maleta.

A la salida de su trabajo fue su hermana quien organizó la búsqueda. Varios amigos y familiares ya le habían hablado, entre ellas Martha Legarreta, para saber por qué Enrique no respondía.

Suponían varias cosas. Últimamente había andado muy ocupado en la organización de un próximo conversatorio sobre lenguas indígenas, así que podría haberse desconectado del mundo por decisión propia. La otra era más fatalista, pues le habían detectado una diabetes desde hace dos años, que nomás no se atendía ni se cuidaba.

Enrique Servín era víctima de esas herencias genéticas nocivas. De hecho sus familiares cuentan que muy probablemente era diabético sin saberlo desde hace unos 20 o 25 años, sin que se la hubieran detectado hasta hace poco. Además padecía gota, cortesía de alguno de sus padres.

Jamás se cuidó. Era tragón, le entraba a todo, vivía la vida como podía y ciertamente con algunos excesos y tentaciones a las que no se resistía. Por eso el temor de que estuviera internado víctima de un coma diabético o algún tipo de descompensación ligada a la enfermedad, era lo que suponían cuando todavía la tarde del miércoles no lo encontraban.

Gaby y Martha, como otros, pasaron por su casa y no vieron el carro, un destartalado Tsuru de color dorado dañado por el sol, modelo 2003. Supusieron que entonces no estaba ahí en ese domicilio ubicado entre la Coronado y De la Llave por la Segunda, en el mero corazón de la ciudad, que sirve de refugió a dos o tres artistas que medio se comparan con Servín.

Cerca de las 6 y media de la tarde Gaby y Martha pasaron de nuevo por la casa sin ver el carro. Se dividieron para buscar: una se fue a la Clínica del Centro y otra al Christus Muguerza del Parque a preguntar y quedaron de volver a ese punto tuvieran o no noticias.

Su hermana Gaby regresó primero y se le ocurrió mover, empujar un poco la puerta de alambre y luego la de madera, para darse cuenta que con unos cuantos jalones más podría abrir.

Así lo hizo en lo que llegó detrás Martha, para encontrar a Enrique tirado con cierto desorden en su hogar. Estaba todo golpeado, frío, ni necesidad había de revisarle signos vitales, evidentemente estaba muerto. Entraron en shock. Por encima se dieron cuenta que faltaba su computadora, su cartera y obviamente el viejo carro.

Martha y Gaby eran como hermanas, entre ellas y con Enrique. Justamente en agosto se acompañaron en el luto y dolor que les dejó la muerte de María Eugenia, la mujer de Chihuahua que aquel fatídico tres de agosto sólo fue a El Paso, Texas, a recoger a su hija al aeropuerto y se le ocurrió ir a hacer tiempo al Walmart de Cielo Vista, donde atacó el desquiciado supremacista blanco Patrick Crusius.

Así que fueron su “Francisquita” Martha y su "Hopitilitikg" Gaby quienes se enfrentaron de nuevo a la muerte, apenas dos meses después de su última tragedia familiar.

Otra silla vacía, ¿cuántas más?

Horas después de enterarse de la muerte de Enrique, después de los trámites, de entrevistas con los agentes para el informe policial homologado; horas después de que había transitado de la angustia de la incertidumbre a la angustia de la tragedia, Martha Legarreta se despidió de su mejor amigo, al que también le tenía el mote de “Pancho, Panchito, Francisquito”.

“Mi mejor amigo, mi Pancho, Enrique Alberto Servín Herrera, ahora tú te vas. Otra silla vacía, ¿cuántas más?Quién me compartirá la poesía como tú, mi amigo del alma. A quién correré a contarle mis penas y alegrías. Contigo lloré a mi hermana, hoy te lloro a ti con tus hermanas. Todo es tan injusto. Solo sé que el mundo pierde a un ser humano fuera de serie, y no sólo por tu talento e inteligencia sino por tu corazón tan grande que hoy se apaga. Tú no mueres Enrique, no mueres”, escribió Mar Lega, como se llama en Facebook, en un mensaje que luego corrió de celular en celular entre los amigos y familiares de ambos.

Gracias por permitirme ser tu hermana: Gaby

“Pepo: no puedo más que dar gracias a la vida por haberme permitido ser tu hermana, «Hopitilitikg», como amorosamente me decías. Siempre admiré tu sabiduría, tu sencillez, tu generosidad, tu empatía, tu amor por la naturaleza, por los libros, por los idiomas. Mi maestro, quien en seis palabras me enseñaste a respetar el amor en todos los sentidos”, fue el mensaje de su hermana. “Sabe Dios por qué me avisó Luly Carrillo la primera vez que fuiste agredido y hospitalizado y tuve el honor de tenerte de huésped en mi casa. Me acuerdo la visita esa mañana de Luly Carrillo para avisarme. Las visitas que recibiste llenaban mi espacio con letras, con pláticas llenas de sabiduría, con personas que jamás soñé que pisarían mi casa. Me dejaste cuidarte y «chipiliarte», como resarciendo el accidente que tuviste en el WC de mi tía, donde te quebraste la cabeza de niño, y yo en la cabecera de la cama te preguntaba cómo te sentías, qué necesitabas, y tu llorando me decías: «no me hables Gabriela» y yo veía como te agarrabas la cabeza... te la habías quebrado... quizá esa fractura te hizo tan sabio”.
El mensaje de su hermana Gabriela es casi imposible de resumirse en una sola idea, pues capta la enorme esencia del artista, imposible de simplificar.

“Me hiciste aprender que para ser buena persona, no necesitamos una religión, con empatía es suficiente. Me enseñaste que el valor fundamental, es el amor sin límite ni prejuicio, es universal. Me encantaba escucharte hablar de lugares exóticos, de valores humanos, en idiomas inimaginables. Fuiste mi maestro de vida, fuiste uno de los primeros regalos que la vida me dió”, le escribió alrededor de 8 horas después de enterarse de la muerte de su hermano, de madrugada, pues seguramente le fue imposible conciliar el sueño.

“Fuiste maestro de muchos y maestro mío. Sabe mi Dios por qué hoy me habló Tere, preocupada porque no fuiste a trabajar... sabe Dios por qué llegué a tu casa, abrí tu puerta y te encontré dormido eternamente. Descansa en paz, mi adorado «Pepitilikng»,  te voy a extrañar siempre y donde ande tu alma, irá mi profundo amor y admiración por ti”.

Pocos lo saben, pero Enrique dejó dos hijos

De su biografía y obra, imposible de reseñar en unas cuantas líneas, seguramente darán cuenta los intelectuales que le lloran y exigen justicia.

Sus familiares hablan del ser humano que había más allá del funcionario y artista. Pocos lo saben pero Enrique Servín prácticamente fue forzado a dejar la casa materna. Sus familiares le encontraron trabajo formal en la Universidad Autónoma de Chihuahua en aras de buscar que se independizara y formara su familia, pero no fue algo que le haya interesado.

Vivió solo siempre, aunque siempre al amparo de su mamá y sus demás familiares, en quienes encontraba refugio seguro cuando lo necesitaba.

Jamás le conocieron pareja, ni mujer ni hombre. Parece que el amor para Servín era otra cosa más allá del constructo social común y corriente que está vigente para la mayor cantidad de la gente, pero no para él que también estaba más allá de la intelectualidad promedio, de la vida humana promedio, del pensamiento, la ideología, el estilo promedio.

Por ejemplo hizo lo que pocos harían. Cuando ganó algo de dinero, hace muchos años, rescató a una mujer de una relación violenta con su pareja y la adoptó, en los hechos más que en lo formal, junto con sus dos hijos, Kenia e Hiram, quienes le decían padrino, aunque lo querían como un padre.

Ayudó a su madre a salir adelante, le conseguía dinero, movía sus influencias para que pudiera poner algún puesto de enchiladas en las ferias culturales que podía y se encargó de que sus hijos crecieran lo mejor posible. Hoy, ya grandes, también a ellos dejó en la orfandad. 

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