Espectáculos

Parasitomanía

La máxima ganadora de los premios Oscar mostró una ciudad que los seulitas se empeñan en olvidar, razón que le otorgó reconocimiento internacional a la cinta

Agencia Reforma
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lunes, 17 febrero 2020 | 17:01

Seúl— En Seúl la noticia de los Premios Oscar otorgados a la película Parásitos cundió tan rápido como la de una enfermedad avasalladora y desconocida unas semanas antes. 

La aclamada obra de Bong Joon-ho, ya galardonada con la Palma de Oro en Cannes y los Globos de Oro en 2019, hizo historia en la 92 edición de los Premios de la Academia al recibir al mismo tiempo el Óscar a Mejor Película y Mejor Película Extranjera, algo que nunca había sucedido antes, además de Mejor Guion y Mejor Director. 

Y los coreanos, con sus 101 años de historia cinematográfica a cuestas y poco reconocimiento internacional hasta ahora, están locos de contentos. No hay mejor consuelo en los tiempos del coronavirus. 

¿Pero existe esa Corea que describe sin ambages el cineasta nacido en la ciudad de Daegu, hace cincuenta años? Existe, afirman los medios, las redes sociales y hasta los turistas que andan como peregrinos en busca de la casa donde se filmó la cinta. 

No existe, afirmaban hasta hace unos meses algunos seulitas que se negaron a verse retratados tan crudamente, amurallados en sus casas de revista de arquitectura, asentadas en barrios silenciosos, rodeadas de sus jardines orientados según las reglas del pung su (el feng shui coreano), con sus sótanos reforzados por si se presenta una emergencia nuclear desatada por el impredecible líder de Corea de Norte, Kim Jong-un.

Si la película fue aclamada por la crítica en el extranjero, en Seúl fue vista inicialmente con desprecio por una fracción de la sociedad. Incomodó, sin lugar a dudas, como en su momento, incomodó en México, la cinta de Luis Buñuel, Los Olvidados.

Hoy Corea, la cuarta economía de Asia, es el único país que queda en el mundo partido en dos por la Guerra Fría y donde aún no se ha firmado oficialmente una paz. 

A nadie le gusta recibir las críticas de frente, a los coreanos menos. Parásitos mostró una ciudad que los seulitas se empeñan en olvidar, la de los bajos fondos, la de las familias que viven en los sótanos, en los refugios que fueron pensados para protegerse de posibles ataques. 

Sótanos insalubres, oscuros, malolientes. Porque no todos pueden permitirse vivir en rascacielos, muchos menos en casas con jardín. 

Porque además de los coches de lujo de último modelo, siguen circulando en las calles las A-jum-mas o ancianas, con el lomo partido en dos por el trabajo y los años, empujando un diablito en busca de cartones que revender para ganarse unos wones.

De unos días para acá, la ovación es unánime, el entusiasmo arrollador. El libro que reúne el storyboard, los dibujos de las escenas hechos por el propio cineasta –un perfeccionista que cuida hasta el último detalle– vendió trescientos cincuenta ejemplares la tarde del lunes pasado, en tan solo una sucursal de la famosa librería Kyobo.

Después de que Bong Joo-ho apareciera en las portadas de todos los diarios alzando la estatuita dorada, después de que el presidente Moon Jae-in calificara la cinta de “fresca y excelente”, el orgullo nacional se ha visto enaltecido, provocando una verdadera “parasitomanía”. 

Resulta que ahora todos quieren probar el platillo que, en uno de los momentos más álgidos de la trama, la incauta señora Park pide a su ama de llaves, la señora Kim: el “japaguri” con res. Pastas instantáneas, tal vez el platillo más popular de la península, en este caso enriquecidas con carne. 

La oficina de turismo de la capital planea organizar tours de los sitios de filmación. En las redes sociales se propagan los parlamentos de los actores, el más popular es la cancioncita aquella que la falsa maestra de arte, Ki-jung, repite antes de entrar en la casa de los Park: “Jessica, hija única, Illinois, Chicago”.

Parásitos ha provocado una ola de optimismo que ni siquiera la sicosis del coronavirus aniquila cuando las puertas de los grandes almacenes de lujo se hallan cerradas a cal y canto, los campeonatos deportivos y los conciertos cancelados, los parques de atracciones, cines y centros comerciales vacíos, las calles despobladas.