La destrucción de la credibilidad estadounidense

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Roger Cohen / The New York Times
lunes, 21 octubre 2019 | 06:00

Londres— El presidente Donald Trump ha dado una clase magistral sobre el desafortunado vínculo entre su “instinto” y la destrucción de la credibilidad estadounidense. Su ligereza en cuanto al destino de los kurdos en el norte de Siria ha sido inmoral en su indiferencia a la vida humana, a los aliados y a los intereses nacionales de Estados Unidos. Desde su aparente aprobación del ataque de Turquía en el norte de Siria hasta su amenaza de “destruir por completo y arrasar” con la economía turca y su rechazo al estilo de Chamberlain del destino de los kurdos (“¡Estamos a 11 mil 265 kilómetros de ahí!”), ha actuado como un payaso en jefe.

La palabra de Estados Unidos vale menos hoy que en ningún otro momento desde 1945. La confianza no es un bien que se recupere fácilmente. Acuerdos solemnes celebrados por este país, como el acuerdo nuclear con Irán, se han hecho trizas, solo para ser sustituidos con amenazas vacías. Se ha traicionado a amigos como los kurdos, que han derramado sangre para infligir un enorme daño al Estado Islámico. Día tras día, un presidente al que no le importan los hechos desmantela la idea de la verdad.

El orden de la posguerra encabezado por Estados Unidos se basaba en promesas derivadas de tratados que convencían a los aliados. Eso se acabó. No se sabe con certeza qué lo sustituirá. Con Trump, la “política exterior” se ha convertido en un oxímoron; la ha remplazado el teatro en el extranjero, y muere gente en el escenario sangriento de los caprichos de Trump.

Ahora los europeos se encogen de hombros cuando no se ríen. El consenso es que Estados Unidos ha perdido la cordura. No hay nadie en casa. Un niño presidente en el Despacho Oval escribe una carta al gobernante turco, quien, como debe ser, la tira a la basura. Así estamos esta semana. La semana próxima, nadie sabe. Trump y la incertidumbre son sinónimos. Una brújula no muy precisa indica que la insensatez presidencial apunta al norte.

¿Dónde estamos en el Medio Oriente? La respuesta corta es que no estamos en nada bueno. Los de mano dura en Irán se regocijan, tras haber atacado importantes instalaciones petroleras sauditas con apenas unos cuantos reparos de los sauditas y de Trump. Los reformistas moderados iraníes están en retirada. Bashar al Asad, el secuaz gasero de Vladimir Putin, está en ascenso, y ha vuelto al norte de Siria con ayuda de Rusia.

Hasta los sauditas han comenzado a cuestionar a Trump a la luz de su comportamiento fluctuante con el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, y el caos resultante que liberó a prisioneros del Estados Islámico. Un informe reciente de Patrick Wintour en The Guardian citaba al embajador saudita en el Reino Unido diciendo que Trump era un “monstruo de los tuits” y que la abrupta retirada de las tropas estadounidenses del norte de Siria “no le da a uno mucha confianza”.

 También se habla de eso en Israel: los kurdos se encuentran entre los mejores amigos en el Medio Oriente de Israel. El plan de paz entre Israel y Palestina de Jared Kushner siempre fue una broma de mal gusto. Turquía sigue actuando de manera independiente y alejándose de manera estratégica de la órbita europea y las responsabilidades de la OTAN, al tiempo que se acerca a Putin. Irán y Arabia Saudita, enemigos mortales (al menos de palabra), están tanteando el terreno entre sí, luego de haber llegado a la conclusión de que Trump es mucho ruido y pocas nueces.

Además, Trump se encuentra a muchos kilómetros de distancia.

Un Medio Oriente donde se fortalece a los autócratas, las reformas nacen muertas, el radicalismo islámico florece y el pluralismo es una quimera, se insensibiliza en la era de un presidente que no distingue un principio moral de una Big Mac. Bueno, tal vez digan: “¿Eso qué tiene de novedad?”. La credibilidad estadounidense comenzó a erosionarse cuando Barack Obama abandonó Siria y sus límites de lo aceptable ahí.

Claro, pero este Medio Oriente menosprecia el sacrificio de miles de estadounidenses que murieron por un futuro mejor y convierte en una insensatez la cifra de casi billones de dólares estadounidenses gastados con ese fin. Trump no está evitando pérdidas, sino que las está perpetuando. Irán no podría haber pedido un caos estadounidense más favorable para sus intereses. Ni tampoco Putin, Al Asad o Erdogan.

Los kurdos, con sus instituciones democráticas incipientes y su solidaridad con el Occidente, han ofrecido algo más esperanzador en este paisaje desolador. Pero pocas reglas en la historia están tan afianzadas como esa de que a los kurdos siempre se les engaña. Ser una minoría en el Medio Oriente nunca es bueno. Ser una minoría en Irán, Turquía, Irak y Siria es lo peor que te puede pasar.

Los kurdos, a quienes se les prometió un Estado después de que el Imperio Otomano colapsó en la Primera Guerra Mundial, se quedaron sin nada. Turquía, Irán e Irak desde hace tiempo se han dado a la tarea común de acabar con las aspiraciones nacionales kurdas, sin importar nada. Turquía ha probado ser particularmente diligente en esa misión, como lo sabe cualquier persona que haya visitado Diyarbakir, en el sureste de Turquía. El destacado abogado kurdo de los derechos humanos con el que hablé en esa ciudad en 2015, Tahir Elci, fue asesinado unas semanas después de que lo entrevisté. En 1991, Estados Unidos exhortó a los kurdos de Irak a rebelarse en contra de Sadam Husein, solo para permitir que muchos de ellos fueran asesinados.

A pesar de todo lo anterior, el abandono de Trump de las fuerzas kurdas que murieron por miles luchando contra el califato del EI en Al Raqa, en el norte de Siria, ocupa un lugar preponderante por su auténtica perfidia. Trump se doblegó ante el síndrome de paranoia antikurda de Turquía. Hasta el grupo de acomodadizos conocido como el Partido Republicano se sintieron tan consternados que algunos legisladores desarrollaron las agallas suficientes para protestar.

Estamos en la Era de la Impunidad, en palabras de David Miliband, director ejecutivo del Comité Internacional de Rescate y ex ministro de Relaciones Exteriores británico. De cualquier modo, tengo la corazonada de que una sombría oleada de represalias regresará a asediar a Trump por su insensatez.

“La política exterior es por lo que se me recordará”, ha dicho Trump. Tiene toda la razón.