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'Mantequilla' Nápoles: A la sombra del recuerdo

Luego de conquistar la gloria peleando cuerpo a cuerpo arriba del ring, hay boxeadores que terminan sus días en el anonimato, en algunos casos en gimnasios de barriada

Archivo / El Diario de Juárez
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El Diario de Juárez

viernes, 16 agosto 2019 | 18:24

Luego de conquistar la gloria peleando cuerpo a cuerpo arriba del ring, hay boxeadores que terminan sus días en el anonimato.

En algunos casos en gimnasios de barriada. Por contar está la vida del otrora célebre ‘Mantequilla’ Nápoles o un caso más reciente, el de David ‘Tacubayo’ Murillo.

Magnificados por una afición que les vio crecer desde sus inicios, muchas de las veces poseedores de una fortuna tan exorbitante que con la misma rapidez que les llegaba se les disolvía entre las manos, los boxeadores han debido continuar su pelea por la existencia al bajar del ring y es, en el mayor de los casos, haciendo sombra a las glorias antaño conquistadas.

Para los conocedores de la materia, la historia mágica del boxeo mexicano contemporáneo se divide en dos partes: antes y después de Julio César Chávez. Su gloria fue el último destello de una era en la que tanto seguidores como pugilistas se congraciaron con los dorados episodios del boxeo.

La caída del César vino a reafirmar también la derrota de un imperio donde para tristeza de muchos solamente quedan los recuerdos, las gra- baciones de las grandes peleas y un lujo que se perdió en el derroche.

Bajo el ring, el espectador vivió su propio descalabro. A la par del desencanto de ver a sus ídolos caer, se encontraron con una cruel realidad: el otrora considerado deporte de los pobres, se vino a constituir como uno de los eventos con mayor solicitud por parte de los empresarios, lo cual orilló a dar cabida a una nueva forma de generar ganancias restringiendo las gran- des peleas en los canales de televisión abierta.

Esto propició, por un lado, que los aficionados sacrificaran su deporte favorito al no contar con las cuotas para poder adquirir los derechos de la transmisión de los pleitos boxísticos, y por otra parte, la preferencia a los deportes que aún continúan transmitiéndose en la televisión abierta, siendo el fútbol el líder en la actualidad.

Si esto fuera poco, hoy en día los aspirantes a boxeador profesional tienen que seguir su propio víacrucis por alcanzar la fama y las grandes peleas de campeonato.

La mayoría de los amateurs inician su entrenamiento en la adolescencia, pero ante la carencia de apoyos, sólo unos cuantos se logran dedicar en pleno a la carrera de los guantes. Sorteado el primer obstáculo, el amateur boga en una ejercitación cada vez más empírica en la que arrojados en la desesperanza terminan por aceptar peleas difíciles y acaban a corto plazo sus incipientes carreras.

La mayoría de quienes han logrado alcanzar la cumbre tienen un trágico estigma en su haber: luego de conquistar dinero, mujeres y fama, terminan sus días en el anonimato y la mayor de las veces, en suma pobreza o en el mejor de los casos en el punto de origen, en un gimnasio de barriada a la espera de descubrir y entrenar a un futuro campeón.

José Ángel ‘Mantequilla’ Nápoles

El martes 13 de abril de 2004, José Mantequilla Nápoles llegó a los 64 años de edad. Pero más allá del dinero, la fama y las mujeres que en su momento llegó a conquistar y que le caracterizaron por la opulencia y pomposidad, ‘Mantequilla’ celebró muy a su manera, entrenando a jóvenes que en algún momento podrían dar la sorpresa en el deporte de los trancazos.

Aunque no lo dijo, en su mirada felina, infranqueable, aún conservaba algo que ni el tiempo y sus vicisitudes le podrían arrebatar: El orgullo de campeón.

Desde un pequeño y viejo escritorio donde se encuentraba jugando a las cartas mientras esperaba a sus pupilos, ‘Mantequilla’ interrumpió su partida solitaria para observar el arribo de los extraños a sus dominios. Sus ojos se clavaron directamente en la escalinata que llevaba al lugar desde donde él atisbaba, un pequeño gimnasio que se encontraba a su cargo dentro de los Baños Roma.

Como mensaje de bienvenida su voz dura y tajante aromatizada con un ocre matiz a tabaco entraba como un gancho al hígado: A José Nápoles no le gustaba hablar de su persona, dijo.

Luego de insistir, alegaba que menos cruzaba palabra si se trataba de su vida privada, sobre todo cuando los que le preguntaban de su pasado pertenecían a la prensa.

“La prensa cambia todo, quita y pone lo que quiere, vienen y preguntan unas cosas y ponen otras en los reportajes, por eso ya no contesto nada” dijo.

Tras permanecer algunos segundos en silencio, instante denso como el que vivió el pugilista en el último asalto, el campeón aceptó intercambiar el 1-2 verbal, siempre y cuando se tratara de lo referente a los entrenamientos que en ese entonces ofrecia, con una condición, ni una sola pregunta sobre su pasado.

Eran otros tiempos cuando Nápoles siendo el peleador de peso welter más afamado del cuadrilátero, llegó a codearse con jefes de Estado, artistas y bellas acompañantes. En 2004 se rodeaba de una veintena de jóvenes que seguian al pie de la letra sus enseñanzas como pugilista.

Nacido un 13 de abril de 1940 en los suburbios de Santiago de Cuba, Nápoles había decidido pasar el resto de su vida en esta ciudad fronteriza, haciendo sombra, como si de esa manera pudiera mantener a distancia el recuerdo.

Pero poco menos que imposible es olvidar y más si se trata de una vida en la que el éxito le llevó hasta sus más altas cimas, es por esta razón que aunque lo intentaba evitar, de la boca de Nápoles salían las palabras que evocaban sus años como el peleador más poderoso del universo.

“Yo peleé muchos años, del 58 al 76, como aficionado desde toda mi vida, lo hice para Santiago, pa’ Santa Clara, de ahí pa’ la Habana, era todo el recorrido, los que ganaban se iban avanzando de pueblo en pueblo, si no ganaba no avanzaba”, recordó el expugilista.

Su record fue uno de los más respetados dentro del mundo del boxeo: en 17 años como profesional, ‘Mantequilla’ realizó 84 peleas de las cuales 77 fueron victorias (54 por nocaut) y solamente 7 reveses. 
En el desvencijado escritorio donde ‘Mantequilla’ permaneció sentado, destacaban las colillas de puros, los recipientes con tornillos, presumiblemente utilizados para ajustar las perillas y los costales, así como varios pedazos de papel hechos trizas.

A su lado derecho, había un espejo roto y justo donde este terminaba, en el piso, un gran trofeo que fue producto de sus defensas como campeón de peso welter. Se trataba del que le fue entregado el 12 de octubre de 1969, cuando tuvo uno de sus combates más difíciles ante uno de los grandes pugilistas de todos los tiempos, el estadounidense Emile Griffith.

En su costado derecho había una especie de mueble perchero donde se habían acumulado viejas revistas de política y boxeo. Sobre ellas, había una foto avejentada por el polvo y el descuido, donde el campeón se hallaba sonriente, eran sus años de bonanza.

A su manager se le ocurrió bautizarlo en el boxeo como ‘Mantequilla’, ya que dadas sus cualidades, José Ángel lograba adentrarse como el cuchillo que unta la mantequilla en el pan: contundente y firme, pero delicado y con elegancia a la par.

Abriendo el cajón, ‘Mantequilla’ sacó una regla y comenzó a trazar columnas sobre una hoja en blanco de la libreta en la que tenía anotados a la veintena de jóvenes que entrenaba, en la que iba incluyendo sus nombres mientras llegaban, muchos de ellos, con la esperanza de algún día alcanzar el reconocimiento internacional.

“¡No te tapes tanto la cara, la mano afuera!”, gritaba el entrenador Nápoles a uno de sus pupilos quien atento observaba la indicación y proseguía su entrenamiento.

Famoso por su juego de pies, ‘Mantequilla’ matemáticamente arrinconaba a sus rivales para luego darles una furiosa embestida o en su defecto, hacer quedar mal a sus oponentes que no atinaban un solo golpe. A cambio, les entregaba dosis de cloroformo, principalmente cuando estas provenían de su cruzado de derecha.

No por nada, figuras del boxeo de la talla de Muhammed Alí o Mike Tyson, mantenían entre sus máximos ídolos a este pugilista cubano radicado en México.

Utilizando uno de los pedazos de papel que se encontraban por decenas en el escritorio, ‘Mantequilla’ dibujaba un cuadrilátero en el que iba explicando la serie de movimientos que utilizaba para dar fin a sus rivales: Evadir, retroceder, arrinconar y atacar hasta acabar al contrincante.

Esas son precisamente algunas de las cualidades que buscaba inculcar a sus alumnos, que se encontraban integrados principalmente por jóvenes, aunque también había adultos y uno que otro infante. “Yo no entreno a menores si no me vienen con un permiso firmado por sus padres”, aclaró.

José Nápoles debutó el 2 de agosto de 1958 a la edad de18 años ante Julio Rojas, quien visitó la lona en el primer asalto para ya no levantarse. Desde entonces dio inicio una de las más gloriosas carreras del boxeo en lo que se refiere a la cuestión deportiva.

La conquista del título mundial ocurrió el 18 de abril de 1969, a la edad de 29 años, noqueando en 13 asaltos a Curtis Cokes, en Los Ángeles, California.

Pero también sus derrotas causaron controversia. Tal vez la más sonada fue aquella en contra del argentino Carlos Monzón, quien en una velada organizada por el actor Alain Delon el 9 de febrero de 1974 le dio una paliza a José ‘Mantequilla’ Nápoles ganándole por abandono en el 7° episodio.

Tal episodio quedaría inmortalizado en las letras del escritor Julio Cortázar, en su relato ‘La noche de Mantequilla’. 
Cercana a su escritorio, también se encontraba una guitarra, la cual permanecía muda sobre una ligera sábana de polvo. “A veces me entretengo tocándola”, refirió.

La cuestión artística no le era del todo ajena. Luego de su retiro del deporte de los guantes, en 1975, cuan- do perdió ante John Stracey, Nápoles se dedicó a la música y los negocios de salones de baile, bares y hasta espectáculos nocturnos en lugares selectos de Acapulco.

Luego intentó hacer fama con su grupo tropical con pequeñas giras al interior de la república, pero finalmente, poner una cervecería en esta ciudad a la que bautizó como ‘El Negro Santo’, la cual cerró en definitiva antes de 2013, dedicándose en ese entonces a entrenar a los nuevos valores en Los Baños Roma.

De lunes a viernes, ‘Mantequilla’ permanecía en el gimnasio de boxeo donde impartía sus cátedras en el arte del pugilismo. Al sitio de entrenamiento llegaba a las tres de la tarde “me vengo comido pa’ que no me dé hambre, ahí estoy hasta las 7 de la noche”, comentaba.

Del cajón grande del escritorio sacó una bolsa de plástico repleta donde más de un centenar de fotos de sus pupilos desfilaban entre sus dedos.

“Este era del Ejército, este otro era cabrón desde chiquillo con los puños, de todos es el más bueno, hasta de los grandes, se llama Arturo, no me acuerdo del apellido”, dijo el excampeón haciendo acopio del cariño que preservaba a cada uno de los que con él se habían entrenado.

Dijo que muchos dejaban de ir por cuestiones laborales. Para ser profesional de los moquetes, además de un buen equipo y mantenerse bien en su trabajo físico, los jóvenes debían ser formales con las instrucciones y sobre todo tener mucha disciplina, dijo ‘Mantequilla’. Es por esta razón que no se daban con tanta frecuencia los grandes del encordado. Mucho menos a hombres como él, que desde 1990 figuró como uno de los grandes en el Salón de la Fama del Boxeo Mundial.

“Los campeones son de sorpresa, yo he tenido muchachos buenísimos pero se van”, aseguró.

Pequeños hoyos de quemadura de tabaco se encontraban en algunas partes de la camisa polo y del pantalón que ese día vestía Nápoles. Luego de aceptar su gusto por los puros, sacó de sus cajones un habano que permanecia intacto, a la espera de una victoria, la cual dijo que llegaría próximamente.

En el cuarto aledaño al área principal del gimnasio, varios de sus trajes se encontraban colgados en un clóset. Sin embargo ese tampoco era tema de conversación.

Atrás quedaron los comentarios como los que el expugilista hacía sobre su fortuna, como el que hizo la ocasión que visitó el programa “24 Horas”, cuando lo entrevistó Jacobo Zabludowsky y confesó: “Tengo 400 trajes, 4 autos del año y algunas residencias”.

En 2004 prefería mantener su vida privada en secreto. Nada más apuntó que Ciudad Juárez, a donde llegó desde principios de la década de los 90, le guardaba gran cariño ya que su “Güera”, como llamaba a su esposa, era nativa de esta localidad.

Tuvo varios hijos pero no quiso que se dedicaran al box, aunque señaló que una de ellas, la ahijada de José Sulaimán, presidente del Consejo Mundial de Boxeo, le salió tan buena para los golpes, que desde pequeña se ganó el respeto en el colegio.