Cultura

Ni de bronce ni de mármol

José Luis Trueba Lara, en su novela ‘Hidalgo. La otra historia’, describe lo que en su imaginación encuentra como un ser humano cualquiera, con claroscuros, más allá de la vida excepcional

Agencia Reforma

miércoles, 15 septiembre 2021 | 13:43

Ciudad de México— Dueño de la muerte y con el poder de los ojos de venado, una sola palabra de Miguel Hidalgo y Costilla, el excomulgado cura herético, bastaba para que su guardaespaldas “le rajara las tripas a cualquiera que no le llenara el ojo”.

“El cura bribón”, lo califica un Ignacio Allende preso y a la espera de ser fusilado por insurrecto, arrepentido de haberse aliado con aquel hombre tiránico y enloquecido cuyos vicios e intereses habían reducido la pugna independentista a una turba de saqueadores, asesinos y violadores.

Así lo reimagina el escritor José Luis Trueba Lara (CDMX, 1960) en su más reciente novela, Hidalgo. La otra historia (Océano), en la que, desde la óptica de un enemigo del mismo bando que sólo ve sus defectos, se propone asomarse al lado más humano del “Padre de la Patria”, con sus claroscuros, más allá de la vida excepcional.

“Esta novela es cualquier cosa menos una historia de bronce y mármol. Es una vida de Hidalgo contada por Allende, uno de sus enemigos menos conocidos, por lo menos como tal”, detalla en entrevista.

“En el juicio que le hacen a Allende antes de fusilarlo, él tacha a Hidalgo de bribón, y cuando yo leí esa palabra me encantó. Empieza a hablar de él, y este otro Hidalgo me gusta mucho; me parece mucho más cercano a lo real que el Hidalgo de los libros de texto”.

No es, pues, ese Hidalgo que se pasa de ilustrado leyendo a los enciclopedistas, sino uno que es hijo de su tiempo y cree en nahuales y “brujas chuponas”; que pierde las haciendas de la familia por gastarse el dinero de los abonos en el teatro, los toros y sus tertulias, y que, como se ha discutido hasta el hartazgo, tiene numerosos amoríos e hijos ilegítimos.

“Me interesaba ir en busca de este hombre”, remarca Trueba Lara, quien no obvia el riesgo que había de equivocarse, como en cualquier investigación.

Y es que, como ha dicho en otras ocasiones, la novela histórica se compone de lo que sucedió, de lo que pudo suceder y de aquello que al autor se le ocurrió que sucediera.

“Ahora, ojo, la invención en la novela histórica, por lo menos desde mi punto de vista, no es un caballo desbocado ni puede serlo. Es un acto que le da verosimilitud a un personaje”, explica Trueba Lara, para quien no es válido hacer trampa ni engañar al lector.

Literatura antes que historia

En la novela, José Luis Trueba se detiene en el hecho de tomar a Miguel Hidalgo y Costilla como el primer gran caudillo de la historia nacional.

“Es un hombre absolutamente mesiánico que confía en que tiene su poder asentado en el carisma. Es también un sujeto que sabe pagar, es decir, a la gente que le sigue no deja de caerles sus moneditas. Y este personaje de pronto debe de enfrentarse, como todos los caudillos, a una serie de problemas graves”, apunta el autor.

“Imagínate tú, por un momento nada más, que te siguieran 200 mil personas dispuestas a matarse. Ese acto de fe que la gente tiene en Hidalgo o en cualquiera de los otros caudillos debe de chiflarte, y lo digo absolutamente en serio; no es nada fácil resistirlo. Seguramente acabas por convencerte de que eres un hombre predestinado, que no hay nadie en la galaxia como tú”.

Y el resultado de algo así, continúa, es obvio: “Cuando eso pasa, los caudillos terminan mal”.

D e ahí que el demencial cura que retrata Trueba Lara no trastabille al asumirse por encima de todo: “No han entendido que el rey es nada, que el obispo es nada, y que yo soy todo. Yo soy el principio y el fin, el alfa y el omega, el que todo lo puede, el único que puede sanar las almas y abrirle las puertas del Cielo al pueblo. Yo soy el predestinado”.

Un aspecto curioso de Hidalgo. La otra historia es precisamente su escritura en una clave que resuena en la actualidad política nacional, aunque, a decir del escritor, esto fue algo fortuito, en tanto que Hidalgo como caudillo se parece a los de antes y a los de hoy.

“La historia queda subordinada a la literatura en una novela histórica, que es una novela de aventuras, y en la novela de Hidalgo sobran aventuras. Aún más, es una novela que busca que el lector pase una buena tarde, y, por último, es una novela que trata de provocar a los lectores a reflexionar sobre Hidalgo, sobre los caudillos y sobre el horror que fue una guerra como la de Independencia”.

La provocación es inmediata. Desde las primeras páginas Hidalgo, “el más cabrón de los curas”, “viejo zorro de lengua negra”, se muestra como poco más que un vicioso pecador, sanguinario, ambicioso, cobarde, lujurioso y falso ilustrado sin palabra ni honor.

“Era un fatuo, un tramposo, un cura solicitante y putañero que se zurraba en el confesionario y la santidad de la casa parroquial”, hace decir Trueba Lara a Allende, ante cuyos ojos el cura estaba muy lejos de ser un prócer.

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