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Los 'chalecos amarillos' agitan la situación

The Washington Post | Viernes 07 Diciembre 2018 | 00:01:00 hrs

Washington – El presidente francés, Emmanuel Macron, ofreció la esperanza de que transformaría la política de su país de dos maneras fundamentales. Su arrasadora victoria electoral del año pasado parecía ofrecer una respuesta centrista a los movimientos populistas de la extrema izquierda y derecha que amenazaban con dividir a Francia. Y una vez que asumió la presidencia, prometió que no repetiría las acciones de pasados presidentes que dieron marcha atrás a las tan necesarias reformas económicas al tener que enfrentarse a las huelgas y protestas en las calles.

Para el martes, dichos logros parecían estar fuera de su alcance. Un difuso movimiento de manifestantes, que se organizaron en Internet, sin una clara plantilla de liderazgo, ha cimbrado a Francia con tres fines de semanas de manifestaciones —y Macron, cuyo rating de aprobación cayó por debajo del 30 por ciento, anunció la retirada de una de sus reformas, un alza en los impuestos grabados a los combustibles. Los líderes extremistas a los que Macron venció hace 19 meses estaban ansiosos por explotar la ira popular. Y un estado europeo que parecía ofrecer un contrapeso en contra del nacionalismo que ha cundido en la mayor parte del occidente democrático parecía ser tan frágil y conflictivo como muchos de sus vecinos.

Macron previamente se había librado de huelgas y protestas más convencionales en contra de las severas medidas de reforma, incluyendo cambios a las leyes laborales. Pero su gobierno se mostró desconcertado y perturbado por el movimiento de los “chalecos amarillos”, nombrado así por la distintiva prenda de seguridad que los manifestantes visten. El centro de gravedad de las protestas se ubicó en las zonas rurales, donde los conductores estaban furiosos por un incremento de impuestos que agregaba el equivalente a 30 centavos a un ya de por sí alto precio de más de seis dólares por galón de diésel. Pero en los últimos tres fines de semana hubo enormes manifestaciones que cada vez se han ido tornando más violentas en París y en otras ciudades, conllevando a cientos de arrestos y lesionados.

El presidente podría haber sentido que no tenía opción más que ofrecer una concesión: El gobierno dijo que los incrementos a los precios de los combustibles serían suspendidos por seis meses. Pero eso no pareció ser suficiente para frenar a los chalecos amarillos, algunos de los cuales dicen que buscan destituir por la fuerza a Macron. Lo cual parece improbable; El mandato del presidente se extiende hasta el 2022, y no hay un mecanismo constitucional para destituirlo del cargo.

Lo que sí parece probable, desafortunadamente, es la debilitación de uno de los relativamente pocos líderes europeos que aún defiende con firmeza los principios internacionalistas. Macron ha sido un fuerte defensor de las medidas para controlar el cambio climático y ha intentado defender al multilateralismo de las agresiones del presidente Donald Trump. El peligro no sólo es que las iniciativas de Macron para revitalizar la economía de Francia y su sistema político queden estancadas; también se teme que su fracaso abra la puerta a otras desastrosas alternativas, tales como las de la cuasifascista Marine Le Pen o las de extrema izquierda de Jean-Luc Mélenchon, quienes, tan sólo entre ellos capturaron alrededor del 40 por ciento de los votos en la primera ronda por la presidencia.

Macron debe encontrar la manera de solucionar el problema central que las democracias de Occidente hoy enfrentan: El amargo desencanto de aquellos que se sienten relegados por los rápidos cambios tecnológicos y la dislocación económica. Aunque no hay un plan claro a seguir, dar marcha atrás a las tan necesarias reformas no es la solución.



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