El ministro Cossío

Jesús Antonio Camarillo
Académico
2018-12-07

En el mundo hay jueces que marcan una época. Regularmente se trata de juristas que llegan a los tribunales más influyentes del mundo, logran encabezarlos y a partir de ahí se distancian del pasado jurisdiccional incorporando nuevas perspectivas para encarar la problemática función de adjudicar el derecho. El modelo de la Corte Suprema norteamericana permite ver con cierta nitidez el fenómeno de los “Chief Justice” que delimitaron porciones de la historia judicial de ese país, dejando como parte de su legado una específica, pero al mismo tiempo compleja manera de impactar a miles de personas con sus fallos, opiniones o proyectos.
En ese sentido, no me refiero simplemente al evento estrictamente nominal de que a una etapa de un tribunal se le adjudique el nombre de quien es su presidente, sino a que efectivamente ese juzgador lleve a la Corte por un sendero que no haya sido transitado por quienes le preceden. El ejemplo típico en el sistema estadounidense es la  llamada Corte Warren, a la que me he referido en otros artículos, y que se le asigna popularmente ese nombre por su “Chief Justice” . Los fallos progresistas de ese tribunal hicieron historia y se suelen citar como corolarios de casos paradigmáticos que contribuyeron a que el mundo fuera un poco mejor, en términos de derechos, igualdad y libertades. Suelo citar el caso de la Corte Suprema norteamericana por la influencia global que históricamente ha tenido y que no se puede comparar con el influjo mesurado que otras cortes nacionales han ejercido en el mundo.
Sin embargo, cada máximo tribunal nacional ha tenido grandes protagonistas. De esos extraordinarios juristas se deben nutrir, epistemológicamente, los jueces de cada entidad, como es el caso de Chihuahua.
Precisamente, hace apenas unos días se retiró de la Suprema Corte de Justicia de la Nación uno de los ministros que para mi gusto lograron consolidar una etapa a partir de la marca de sus votos, resoluciones y proyectos. Se trata del ministro José Ramón Cossío. A él no le fue necesario ser presidente de la Suprema Corte para pasar a la historia como uno de los más importantes integrantes del máximo tribunal.
Proveniente de la academia y por ende desprovisto de las perspectivas atrincheradas de la carrera judicial mexicana, el ministro Cossío fijó, desde los primeros días en su función, la ruta que habría de seguir su trabajo jurisdiccional. Muy pronto los casos más interesantes sometidos a los ojos del Pleno o de la sala correspondiente encontraron en José Ramón Cossío el nivel y el sello de una deliberación pocas veces vista en la judicatura de este país. El rango intelectual de sus votos particulares es un objeto de estudio disponible para quien quiera acercarse a la labor argumentativa de un auténtico juez. El estudioso encontrará en esas joyas de la deliberación judicial la manera en que la teoría y la reflexión no pueden estar desligadas de la función judicial, ni tampoco de la práctica.
Cossío es un alto juzgador que trascendió porque estudiaba, porque razonaba, porque ponderaba. La justificación interna y externa de sus resoluciones estará como legado disponible después de sus intensos 15 años como ministro, en sonados casos como el del Ejército y el VIH, la despenalización del aborto en la Ciudad de México, la imprescriptibilidad del delito de tortura, la falta de justificación en el trato diferenciado por razón de nacionalidad, los mediáticos asuntos del “poeta maldito” y de Florence Cassez, el establecimiento de un modelo de control de convencionalidad a partir del famoso caso Radilla Pacheco, entre muchos otros.
Hace algunos días, Miguel Carbonell publicó un artículo en El Universal agradeciendo al ministro Cossío por sus contribuciones a la historia constitucional del país. Le agradece “por haber servido con tanta energía y fervor a la causa de la justicia en México”. Yo le agradezco además al ministro Cossío porque con cada caso que discutía en el Pleno, con cada voto particular, con cada proyecto emitido, nos recordaba, tácitamente, que lo importante no son las normas, sino el razonamiento. Que lo importante no es qué dice o prohíbe la norma, sino el argumento que logra ponderar cuando estamos entre la espada y la pared. Asimismo, su enorme contribución a la desmitificación de la imagen del juez mecanicista, figura lamentablemente todavía muy arraigada en el foro mexicano.
En suma, el ministro Cossío, un juez de los que, en efecto, hacen época.
 

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