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El camino de G. Marcel. (II)

Hesiquio Trevizo
Presbítero | Domingo 25 Noviembre 2018 | 00:01:00 hrs

Terminábamos, el domingo pasado, con las palabras de Marcel: “Está claro que deseo dirigirme en especial a los menos favorecidos, aquellos que desesperan de alcanzar jamás una cima, aún más, que han acabado por persuadirse que no existe esa cima, esa ascensión, y que esta aventura se reduce a una especie de estancamiento entre la niebla que no acabará sino con la muerte, en una extinción total en la que se consuma o consagre la ininteligible vaciedad”.

Esa extinción total donde se consuma la vaciedad ininteligible, el absurdo, –y el absurdo mayor es la muerte–, plantea a Marcel la interrogante definitiva. En la fe encuentra Marcel el único camino para superar el absurdo. Considera la muerte como la victoria sobre la soledad. Esto es maravilloso. «Con frecuencia he preguntado si los muertos, realmente no regresan» dice en una conferencia, inédita por cierto. Experimenta la muerte de su madre como la destrucción de la comunión. Porque la muerte de la madre tiene un plus de incompresibilidad; en su seno vivimos, de ella brotamos como renuevos, entonces su desaparición es la máxima ruptura. Antes de pensar en su supervivencia, Marcel piensa en el retorno de los que nos han abandonado. Experimenta la muerte como “ausencia”. ¿Cómo reanudar los lazos con un ser querido, arrebatado por la muerte a toda comunicación mediante el lenguaje de la amistad? ¿Cómo permanecer fiel a la que nos ha dado la vida cuando ella ha partido “al país del que nadie ha regresado jamás? ¿Qué significa esa presencia misteriosa en una ausencia sufrida por la sensibilidad? ¡Increíble! Mi madre muerta nunca se ha alejado de mí, siento siempre su presencia, aunque esté tras la mampara del sueño que a la postre es la muerte.  Tal vez estemos en la antesala de la fe. “Es asombroso. Como el asombro de los niños que van descubriendo el mundo como quien despierta de un sueño. Con el asombro asciende «el sol del espíritu que brilla en el horizonte de nuestro ser» y un júbilo supravital se apodera del hombre entero cundo brillan los primeros rayos y éstos permiten discernir los contornos admirables de todas las cosas y el orden que la rige”. Así es el milagro de la fe.

La ausencia de su madre, suplida con un conjunto de leyes morales incomprensibles impuestas por la mujer judía, sustituta imposible del amor materno, destroza la vida del joven Gabriel. Como a Agustín o a Vasconcelos, la muerte de la madre verdadera sacude los cimientos más profundos de su ser y arranca las páginas más bellas jamás escritas. En Ostia uno, el otro abrazado a las rejas frías de la Catedral Metropolitana en la madrugada. Las rejas le impiden entrar al templo y llorar y reclamarle al Crucificado; se devuelve, entonces, caminando como un sonámbulo, por las frías y escuetas calles de la Capital, apenas iluminadas por los candiles, rumbo a la casa de asistencia. Y la decisión final. A veces es el único camino que le queda a Dios cuando nos llama y no respondemos: el dolor insondable sin solución. Entonces se responde con la existencia toda, con la rebeldía blasfema o con la belleza del pensamiento que nos hace cercana y hermosa la fe. Largo camino para emerger de la crisis del sin sentido de la existencia.

El existencialismo cristiano de Marcel fue reconocido, incluso, por los existencialistas franceses ateos. Pero Marcel se sustenta en una verdad muy sólida. Sartre gustaba de representarse solo en una isla; una soledad total. El hombre es una pasión inútil, decía. Camus decía que el único problema importante era el suicidio. Marcel, por el contario sabe que no está solo; que a la postre nadie estamos solos, nunca. Que el amor nos hace existir; así nos hace existir Dios: por el amor. Es lo que dice Juan: “por eso existe el amor; no porque nosotros hayamos amado a Dios, sino porque él nos amó primero y nos dio su Hijo como víctima de expiación”. Ese amor es el que nos hace existir. (ver I Jn.4,10).

Marcel descubrió esa honda verdad del credo cristiano, perfectamente ignorada por los cristianos, que se llama La Comunión de los Santos, la participación de todos los bautizados en los bienes de la redención. Por eso pudo decir que la soledad es una tentación que debemos superar. La fe es esencialmente la certeza de una compañía que nunca nos abandona, ni siquiera en los momentos más adversos, cuando todos los horizontes parecen cerrados. Es una comunión que la muerte no logra deshacer. El objeto de nuestra fe, Dios, siempre está ahí y su amor nos hace existir. Esto es bello. Por ello Pablo tomó de los filósofos griegos la frase con la se refiere a Dios, en el Areópago: «además, él no está lejos de nosotros porque en él vivimos, nos movemos, existimos». La certeza de estar siempre en ese radio de influencia nos libra de suicido. Solo la certeza de ese amor misericordioso nos impide destruirnos por asco, decía D. J. V.

La incredulidad es un rechazo, decía Marcel, es permanecer en el pesimismo, y el pesimismo sólo puede ser una filosofía de la decepción.  Es una doctrina puramente polémica, en la que el pesimista entra, por lo demás, en guerra consigo mismo o con un contradictor exterior a él. Es la filosofía del “Pues bien, pero no”. El ateísmo, dice con razón, von Balthasar, es un fenómeno específicamente poscristiano. En tal situación, solo un testimonio de alegría y de sentido puede entrar en el oscuro mundo del pesimismo en nuestros días.

Evangelizar, el reto gigantesco que espera a la iglesia de nuestros días, que tanto ha preocupado a los últimos papas, no será otra cosa que dar testimonio de la esperanza y del amor; de la belleza de la fe, de la alegría de la fe. No se trata de la transmisión burocrática de una verdad neutra ni de un proselitismo clientelar machacante, como si se tratara del buen fin; es, más bien, una vida que se ofrece, es la belleza, es la plenitud. Es la superación de la extinción total en la que se consuma la ininteligible vaciedad.

‘Paseantes extraviados’, llamaba Marcel a los que van haciendo el camino de acceso a la fe. “Tales extraviados son innumerables, y no hay que hacerse ilusiones sobre la posibilidad de volver a captarlos mediante explicaciones o exhortaciones. No obstante, confío en la virtud exhortativa de cierta reflexión. Creo que en la situación trágica en que el mundo se debate hoy, más que el arte o la poseía, es una metafísica concreta y como ajustada a lo más íntimo de la experiencia personal la que puede desempeñar para muchas almas un papel decisivo”.

Podemos terminar con las palabras de BXVI: “Podemos preguntamos, ¿la fe es verdaderamente una fuerza transformadora en nuestra vida, en mi vida? ¿O sólo es uno de los elementos que forman parte de la existencia, sin ser aquello determinante que la implica por completo? La fe en un Dios que es amor, y que se ha hecho cercano al hombre encarnándose y entregándose a sí mismo en la cruz para salvarnos y reabrirnos las puertas del Cielo, indica de modo luminoso, que sólo en el amor está la plenitud del hombre. Es necesario repetirlo con claridad, que mientras las transformaciones culturales de hoy muestran a menudo muchas formas de barbarie, que pasan bajo el signo de "conquistas de la civilización": la fe afirma que no existe una verdadera humanidad si no es en los lugares, en los gestos, dentro del plazo y en la forma en la que el hombre está animado por el amor que viene de Dios; que se expresa como un don, se manifiesta en relaciones llenas de amor, de compasión, de atención y de servicio desinteresado frente a los demás. Donde hay dominación, posesión, explotación, mercantilización del otro para el propio egoísmo, donde está la arrogancia del yo encerrado en sí mismo, el hombre termina empobrecido, desfigurado, degradado. La fe cristiana, activa en el amor y fuerte en la esperanza, no limita, sino que humaniza la vida, más aun, la vuelve plenamente humana”.

*Quiero aclarar que en el asesinato de un niño discapacitado de 9 años y en las lesiones muy graves de la hermanita de 6 y en el intento de asesinato de la madre de ellos y del intento de suicidio del sujeto, yo no tuve nada que ver. Atte. El Diablo.

Sabemos que el mal existente en el mundo lo hacemos nosotros. Ahí donde privan el deseo de matar, la explotación del poder, la injusta pobreza, el deseo y goce de la muerte, el sadismo, la necrofilia, el narcisismo, ahí hay un oscuro misterio de maldad temible. En vez de buscar paliativos sicológicos y espiritualidades evasivas, en vez de abandonarse al placer libre, a las drogas y alcohol, a la codicia, a la lujuria, pensemos el misterio del mal que llena el vacío que deja nuestro alejamiento de Dios. Si la posesión diabólica es algo, no es más que el hombre abandonado a su poder de destrucción y autodestrucción.  Lea, si gusta, mis entregas con esta luz negra de fondo y verán que se hacen inteligibles.

-¿Por qué los chilenos no emigran? Tal vez, si se queda Allende, sí.



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