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De política y cosas peores | Por causas de fuerza mayor

Armando Fuentes
Escritor | Martes 04 Septiembre 2018 | 00:01:00 hrs

Ciudad de México.- ¿Por qué quieres saber, sobrino, de aquel escándalo que hubo en mi vida? Varios ha habido -algunos ya los conoces-, pero me has preguntado acerca del primero, de aquel que me marcó y que quizá me hizo ser lo que fui luego. Te lo voy a contar porque hace tiempo que no lo recordaba, y porque me he tomado media botella de ese tinto, y tú la otra mitad, lo cual es motivo suficiente para evocar historias del pasado, y para oírlas. Yo estaba enamorado de ella. No te diré su nombre. Todavía me cuesta trabajo pronunciarlo; aún me duele. La llamaré solamente "ella". La quería tanto que le pedí que se casara conmigo. Cuando me dio el sí me hizo sentir, como antes se decía, en el séptimo cielo de la felicidad. Pedí su mano -lo hicieron en nombre mío mi padre, un sacerdote y un señor de importancia en la ciudad- y me fue concedida. Se hicieron los preparativos de la boda; enviamos las invitaciones para la ceremonia religiosa y el banquete nupcial. Ya había alquilado yo la casa donde viviríamos. La amueblé yo mismo; mi mamá y la de ella la decoraron con cortinas, floreros y otros adornos. Llevé mis libros y mis cosas, entre ellas el busto del Dante que la esposa de mi tío Virgilio me regaló cuando su marido falleció. Dudo que en esos días haya habido en todo el mundo un hombre más feliz que yo. Estaba perdidamente enamorado de mi novia, ya te dije. Nunca la había tocado; unos besos a lo más, alguno quizá menos casto que los otros, y nada más. Aun así ni siquiera pensaba en el momento en que sería mía. Cuando ese pensamiento me llegaba lo apartaba de mí avergonzado, como si le estuviera faltando al respeto a la que sería mi esposa y la madre de mis hijos. Veo que te sonríes, Armando. No lo hagas. Así de ingenuo era tu tío Felipe en aquel tiempo. Una mañana fui a la casa que había preparado para ella. Estaba en las afueras de la ciudad, en una colonia nueva. Me extrañó ver un coche frente a la casa. Entré, y oí que alguien hablaba quedamente en el piso alto. Subí sin hacer ruido. Las voces venían de la recámara principal. Con cuidado también abrí la puerta, y vi a mi novia en la cama con un hombre. No hice nada, sobrino. Nada dije. Quedé paralizado. Ellos no me sintieron. No diré: "¿Cómo me iban a sentir?" porque pensarás que estoy haciendo un chiste de mal gusto. Me retiré de ahí como un sonámbulo. Al llegar abajo el estupor que me llenaba se convirtió en rabia. Fui a la cocina y agarré un cuchillo grande. Iba a matarlos. Algo me detuvo. Entonces me poseyó una extraña frialdad. Dejé el cuchillo en su lugar; tomé el busto del Dante y lo puse en el suelo frente a la puerta de salida. Ahí seguramente lo verían, y sabrían que habían sido descubiertos. Luego me fui. Esa noche mi padre y yo nos presentamos en la casa de ella a deshacer el compromiso. Su padre la interrogó, y no pudo negar nada. El hombre era un antiguo novio con el que había tenido relaciones. Se había casado, pero ella siguió viéndolo, no sabía por qué. Me pidió perdón, lo mismo que a mis padres. Se hizo el escándalo, claro, cuando se anunció la suspensión de la boda "por causas de fuerza mayor". Habíamos acordado -súplica de los padres de ella- no decir el motivo verdadero. Que la gente pensara lo que quisiera. Y la gente pensó lo que quiso. Los más de esos pensamientos fueron muy poco favorables para mí. Ya no fui el mismo. Ese golpe de la vida me despertó a la vida. Muchas veces me he preguntado si las aventuras amorosas que a partir de entonces comencé a tener no fueron venganza inconsciente por aquello que me sucedió. ¿Tú qué crees, Armando? Mejor no me lo digas. A lo mejor me dices la verdad, y eso tampoco será favorable para mí. FIN. 



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