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Cocinaban 200 kilos de cristal diarios en narcolaboratorio

El Diario de Juárez | Sábado 01 Septiembre 2018 | 13:21 hrs

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El viento y el olor de los pinos no pudieron ocultar el del amoniaco y el de la acetona mezclados para cocinar cuatro toneladas de crystal amontonadas en botes gigantes, bajo un techo de hojas secas. Este espacio había sido habilitado como un narcolaboratorio escondido en el bosque del Ejido José María Pino Suárez, en Tecate, a menos de 50 kilómetros de la frontera con Estados Unidos, a donde nadie llega por casualidad, publicó El Universal.

Según el rastro que dejaron los 10 hombres que trabajaban como cocineros y halcones, diariamente se producían en este lugar unos 200 kilos de droga sintética, entre matorrales, cerros y pinos de más de 10 metros de altura; una que otra vaca flaca, echada entre los pastizales, pudieron ser los únicos testigos del laboratorio más grande de la frontera bajacaliforniana al menos en los últimos 10 años, de acuerdo con el coronel de Infantería José Manuel Nolasco Fonseca.

Éste tenía toda la infraestructura necesaria: tinas, calderas, sistema de agua, mangueras, tubería, botes para el reposo y el destilado. El área estaba dividida por secciones, no sólo para la elaboración del crystal, sino para vivir e incluso producir dos plantíos de marihuana localizados a unos 800 metros, de 12 mil y 7 mil metros cuadrados cada uno.

De los dos plantíos, uno se encontraba a media producción y otro con menos tiempo para estar listo, al tipo de planta se le conoce como “la mexicana”, es de menor calidad y crece entre 1.60 y 1.70 metros, su olor no es tan fuerte, pero funciona bien para la venta, a diferencia producirla es costoso, pues deben emplearse pesticidas y químicos para levantarla.

Apenas en marzo pasado la Policía Estatal Preventiva (PEP) junto con Sedena halló un narcolaboratorio dentro de una empresa dedicada a la venta de lámparas, sobre la carretera Rosarito-Tijuana, donde se producía crystal, fueron asegurados 235 kilos de la droga.

El miedo en la frontera

Para llegar a esta zona, en la comunidad La Rumorosa, se debe andar por unos 18 kilómetros de camino pavimentado, el resto es de terracería domado por las camionetas y convoy militares. Nadie llega por error, se trata de un remolino terregoso y empedrado, escondido entre pinos y cerros.

El Ejido Pino Suárez hoy es controlado por el Cártel Jalisco Nueva Generación, según información de inteligencia de la Secretaría de Seguridad Pública del Estado (SSPE). En el camino únicamente hay uno que otro rancho desperdigado, entre zonas de cacería de animales locales, de la región agreste.

Ahí, los militares recibieron una denuncia de los pobladores. Les dijeron que había gente armada y que tenían miedo, el 25 de agosto decidieron andar por la zona hasta que percibieron las primeras señales del verde de la marihuana, la basura amontonada y el olor, uno que reconocen a kilómetros como si fueran sabuesos, del que tienen experiencia por su trabajo en la frontera y en otros rincones del país: el de la droga sintética.

“Uno ya tiene experiencia”, dice uno de los soldados que el pasado lunes participó en el operativo Pinalito para destruir el narcolaboratorio y los dos plantíos de marihuana, “uno ya sabe, porque sólo hace falta un ojo desde el cielo, ya con eso”.

En el sitio, el Ejército halló 10 tinas con cuatro toneladas de crystal terminado, 10 calderas, cuatro filtros metálicos, seis condensadores metálicos, un tambo de 200 litros de acetona, 28 tambos metálicos (uno con removedor), cuatro tambos con alcohol etílico, dos galones con la leyenda “cola”, 15 tinas con droga en proceso, 25 costales de carbonato de sodio ligero y seis costales de hidróxido de sodio.

“Tenemos compañeros que no aguantan el olor, vomitan, les duele la cabeza, lamentablemente a unos hasta se les va la vida destruyendo esto”, dice otro de los militares, mientras se coloca un cubreboca para echar a andar las botas y comenzar a destruir el laboratorio que, según las Fuerzas Armadas, operó por un año.

De los 10 hombres nadie sabe, huyeron cuando llegaron. Sin embargo, lo que el Ejército sí sabe es que en el caso de los cocineros —quienes producen la droga— su tiempo de vida se reduce a entre cinco y siete años desde que tienen contacto con los químicos. Primero les pagan bien, luego los hacen adictos para pagarles con crystal, ya cuando no sirven son reemplazados con los ayudantes y así sigue el ciclo para no interrumpir la producción.

“Pobres”, lamenta un teniente que acompaña a los militares, “los cocineros son los que viven aquí por meses, los que cocinan, los que se mueren y si no se mueren los que termina en la cárcel, los jefes-jefes, esos no”.

Otro soldado afirma: “Son como zombis, terminan chupados, es mejor porque si los hacen adictos ya ni les pagan”.  La pregunta de los militares es la misma que la de los pobladores: ¿cómo no se dieron cuenta? El agua tenían que llevarla, las calderas y el resto del equipo para armar un laboratorio también, tenían sus proveedores, pero nadie dijo nada.

“Es el miedo”, responde un militar, “es gente armada y ellos viven arrinconados entre los ranchos donde no hay presencia permanente, es muy difícil que cooperen una vez que uno empieza a preguntar”.

Alrededor de todo el emporio de la droga en Pino Suárez había dos campamentos y un observatorio habilitado para dos personas, es decir, dos halcones. Desde ese punto del que no se calcula a cuántos metros sobre el suelo están, se alcanzan a ver las rancherías y la carretera por ambos lados, de sur a norte y de norte a sur. Desde ahí se tiene el control de quién entra y quién sale, en turnos de 24 horas para no cansar al celador en turno.

Una mata de marihuana y un par de gramos de crystal, también comida enlatada y botes de cerveza eran parte del itacate. Pero aun con ropa, zapatos, envoltorios y otros rastros, de ellos y su identidad no hay nada, de lo que sí hay es de las etiquetas de los químicos y pesticidas que usaron, desde ahí hay una luz para hallar a los productores.

“Para comprar cualquiera de los precursores se necesita ser razón social, además su compra está regulada por Cofepris”, dice sonriente un líder castrense.



 



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