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En Rusia, el reclutamiento de informantes ahora se hace con flores

The New York Times | Jueves 06 Septiembre 2018 | 13:10 hrs

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Moscú— El inmenso aparato de seguridad de Rusia a menudo despliega su poder mediante acciones brutales: policías corpulentos y vestidos con equipo antidisturbios aporrean a los manifestantes o bien matones misteriosos atacan y, en ocasiones, asesinan a periodistas y políticos de la oposición.

Sin embargo, un rostro del sistema más gentil y más traicionero llegó con el hombre cortés, bien vestido y con una gran sonrisa que, además de llevar un ramo de flores, apareció de la nada a inicios de mes en el apartamento del noveno piso de Nataliya Gryaznevich en Moscú.

El hombre, quien se presentó solo como “Andréi”, le dijo a Gryaznevich, una empleada de 29 años de una agrupación en pro de la democracia llamada Open Russia, que quería invitarla a salir por un café y tener una conversación amigable. “Parece que en verdad te gusta el café”, le comentó, para darle a entender que también sabía muchas otras cosas sobre ella.

“Actuaba como un viejo amigo que no podía reconocer”, recordó Gryaznevich.

A pesar de que en un principio quedó desconcertada, se percató de lo que estaba pasando cuando se conocieron y él la acribilló con preguntas sobre sus viajes al extranjero y sus contactos en el exterior. “Andréi”, ella se dio cuenta, quería reclutarla para que fuera una informante.

“’Seamos amigos’”, Gryaznevich recordó cómo la instaba. “’Piensa en ti. Quieres una carrera, y puedes llegar muy lejos con nosotros de tu lado’”.

Su relato sobre el discurso de reclutamiento, que según recuerda no incluyó ninguna amenaza, abre una pequeña puerta hacia uno de los aspectos más secretos y siniestros del sistema de seguridad de Rusia.

Conocidos en ruso como stukachi —literalmente, “quienes tocan a la puerta”—, un término soviético de etimología incierta, en esencia los informantes sirven de espías para el Estado ruso dentro del país y en el extranjero. En la actualidad, no están ni cerca de alcanzar la omnipresencia en Rusia que tuvieron en Alemania Oriental o en la Unión Soviética, donde millones delataron a sus amigos y colegas.

No obstante, después de quedar prohibida a inicios de la década de los noventa, pareciera que la práctica de tentar a los rusos para que informen sobre sus conciudadanos ha vuelto a generalizarse.

Las autoridades han estado sedientas de información privilegiada sobre la oposición a nivel nacional desde finales de 2011, cuando de manera inesperada explotaron grandes manifestaciones antigubernamentales, las cuales perturbaron gravemente al Kremlin. Una nueva ola de protestas que comenzó en mayo de 2017, aunque de menor magnitud que la ronda previa, también tomó por sorpresa a las autoridades y aumentó el valor de la información privilegiada.

Es imposible saber cuánta gente sirve de informante: los únicos que hablan de los discursos de reclutamiento son quienes no han aceptado.

A inicios de este año, Viktor Voronkov, el director del Centro para la Investigación Social Independiente en San Petersburgo, declaró al periódico ruso Novaya Gazeta que cuatro miembros de su personal le comentaron que el Servicio Federal de Seguridad (FSB), el sucesor de la KGB, se les había acercado para reclutarlos.

Cuando lo contactamos la semana pasada, señaló que no se había enterado de más intentos, pero supuso que se les habían acercado a muchos más de sus empleados. “Créeme, es extraño que la gente hable de este tipo de cosas”, afirmó, y añadió que a muchas de las personas que son tentadas les piden firmar acuerdos de confidencialidad.

Una clara señal de que los servicios de seguridad están en busca de informantes de nuevo llegó en 2016, cuando Life, un servicio ruso de noticias que suele utilizar la FSB como conducto para filtraciones de información, reveló que los informantes retirados recibirían pensiones del Estado a cambio de sus servicios. En el pasado, ese incentivo solo se había ofrecido a empleados de tiempo completo de la agencia de inteligencia.

Sin embargo, el principal incentivo para ser un informante no suele ser el dinero, sino la promesa de que los problemas legales o de otra índole desaparecerán de repente.

El cuartel en Moscú del Servicio Federal de Seguridad, la agencia sucesora de la KGB Credit Sergey Ponomarev para The New York Times

Convencido de que el descontento en Rusia se debe principalmente al trabajo de fuerzas hostiles extranjeras, el aparato de seguridad de Rusia se ha concentrado cada vez más en infiltrar organizaciones que tienen nexos reales o imaginarios con organizaciones y gobiernos del extranjero, comentó Mark Galeotti, un experto en el sistema de seguridad de Rusia que trabaja en el Instituto de Relaciones Internacionales en Praga.

Según, Galeotti, la caza de informantes se “ha vuelto mucho más focalizada” que como era en la Unión Soviética, cuando la KGB llenaba su lista con gente que contaba chismes inútiles de oficina y del hogar. Galeotti mencionó que en la actualidad el énfasis se pone en encontrar informantes que puedan tener información privilegiada verdadera sobre grupos terroristas como el Estado Islámico, así como agrupaciones pacíficas del extranjero que promueven la democracia, que el Kremlin percibe como una amenaza peligrosa.

Una larga lista de organizaciones extranjeras sin fines de lucro han sido declaradas “indeseables” y una amenaza para la seguridad nacional de Rusia, entre ellas un puesto de avanzada con sede en Londres de la agrupación de Gryaznevich, Open Russia.

Al Kremlin le preocupan en particular grupos como Open Russia, aseguró Galeotti, por sus vínculos con Mikhail Khodorkovsky, un multimillonario ruso que fue exiliado y quien, después de pasar casi una década en campamentos de prisioneros rusos, ahora vive en Londres y financia una gran variedad de proyectos cuyo objetivo es promover la democracia y las libertades civiles dentro de Rusia.

Open Russia, cuya oficina en Moscú ha sido allanada dos veces por las autoridades, asegura que recibe algún tipo de financiamiento de Khodorkovsky, pero no de sus grupos de Londres, los cuales han sido declarados “indeseables”. Representantes de Open Russia en Rusia han insistido en que no es tanto una organización como una alianza conformada en su totalidad por pequeños grupos de la sociedad civil rusa.

Debido a que los motivos y la identidad del extraño que apareció a su puerta con flores la desconcertaron e intrigaron, Gryaznevich le pidió su número telefónico. Después de llamar a su jefe en Open Russia para pedir asesoría, accedió a reunirse con “Andréi”.

“No tenía idea de quién era ni qué quería, pero fue muy educado y bienhablado”, recordó Gryaznevich, quien hacía poco tiempo había regresado de Vladivostok después de pasar una noche detenida por la policía tras haber ayudado a organizar una conferencia que patrocinó Open Russia.

Mientras se tomaban un café, “Andréi” no tardó en dejarle claro que sabía todo sobre sus problemas con la policía de Vladivostok y una cantidad desconcertante de datos sobre su vida en general, incluidos sus viajes al extranjero en representación de Open Russia.

El hombre le ofreció ayudarla a resolver sus problemas legales, explicándole: “tu abogado no puede protegerte, pero nosotros sí”, siempre y cuando ella colaborara con ellos.

De acuerdo con Gryaznevich, su propuesta fue la siguiente: si ella accedía a reunirse una vez a la semana para dar información, en especial sobre sus contactos en el extranjero —quiénes eran, qué estaban haciendo y por qué—, ya no tendría que preocuparse de la persecución policiaca ni de la amenaza de cumplir una condena en la cárcel. “Podemos solucionar todos esos problemas”, Gryaznevich recordó que le dijo el hombre.

Gryaznevich mencionó que “Andréi” mostró poco interés en las actividades que Open Russia llevaba a cabo dentro del país, sobre las que dio la impresión de ya saber bastante y más bien se centró en su interacción con extranjeros.

La única vez que dejó de lado su meticulosa cortesía, agregó Gryaznevich, fue después de que ella se rehusó a servir de informante y rechazó su solicitud de mantener en secreto esa reunión. Incluso en ese momento, destacó Gryaznevich, no viró hacia las amenazas vulgares que suelen estar asociadas con la policía secreta de Rusia. “Fue evidente que no era su primera vez”, opinó Gryaznevich.



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