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Cortesía | Documento de conformación de la Liga Comunista 23 de Septiembre, misma cuyo nombre se debe al ataque de Madera y surge de una unión de varias organizaciones entre ellas una que estuvo en contacto con Óscar González Eguiarte, antes de que fuera asesinado

La guerrilla chihuahuense de los 60: Parte 7

Víctor Orozco | Especial para El Diario | 29 Agosto 2015

(Final de la serie) La persecución y los fusilamientos de Tezopaco

Este sentimiento era en general compartido no sólo por los participantes en el grupo guerrillero sino por miles de jóvenes en Latinoamérica. La idea del desquite nunca ha estado ausente en el inicio de los alzamientos armados, y en Chihuahua tenía viejos antecedentes, como lo fue el mismo de 1910, motivado en parte por las sangrientas represiones de Tomóchic, Santo Tomás y Namiquipa. Para el joven comandante (Óscar González Eguiarte), que cumpliría 23 años apenas dos semanas antes de morir, la opción era bastante complicada. Por una parte, tenía conciencia de que el minúsculo grupo estaba muy distante de haber alcanzado un nivel suficiente de preparación, y de que el Ejército podía localizarlos en cualquier lugar de la sierra, como lo había enseñado Gámiz. Sin embargo, tampoco podían sostenerse indefinidamente en la sierra, y la retirada a la ciudad probablemente acabaría por disolver a la organización guerrillera. Además, él mismo había asumido la continuación de la lucha iniciada por Gámiz como un leit motiv de su militancia política, que no podía tomar otra forma que la lucha armada. En una carta que escribió a la madre de Arturo Gámiz el 17 de octubre de 1967, le decía:

“... desde que perdimos a Arturo y los compañeros he deseado verla o escribirle y si no lo hice antes, fue por precauciones, por las múltiples tareas del movimiento, por mi encarcelamiento por más de un año y por una cuestión de vergüenza revolucionaria comunicarme con ustedes sin antes estar en la sierra empuñando el fusil para continuar la lucha de Arturo hasta vencer o dar la vida, carecía de dignidad… Tenga usted y su familia por seguro que antes regaré mi sangre que olvidar el gran compromiso que contraje con sus hijos… con el cariño de un revolucionario que admira a la madre de mi guía y dirigente mártir”.

Este texto expone muy bien la mentalidad que campeaba en los jóvenes mexicanos de la época y del lenguaje con que aquélla se manifestaba. Los escritos del movimiento estudiantil en Chihuahua son muy parecidos a las expresiones de Óscar González. Muestran desde luego las virtudes de una entrega a la causa del pueblo (como se llamaba un periódico de entonces) que no es impulsada por intereses mezquinos, sino por las más altas miras de emancipación de la humanidad. Pero también las debilidades de una lucha que se asentaba más en la voluntad que en la inteligencia y en la reflexión cuidadosa de la realidad.

Las dudas que atenazaban a Óscar González finalmente se resolvieron por la influencia de un conflicto agrario en la zona. Se planteaba entre campesinos y ejidatarios que vendían su madera a empresas privadas. El grupo guerrillero había mantenido contacto con varios profesores rurales que asesoraban a los ejidatarios o con algunos de éstos. Así que decidieron que una acción ejemplar contra la empresa Maderas de Tutuaca atraería la simpatía de los campesinos e incluso sería determinante para que al menos dos decenas de ellos se incorporaran a la guerrilla. Así, el 19 de julio de 1968 en la madrugada procedieron a dinamitar y quemar el aserradero que la citada empresa tenía en Tomóchic, pueblo emblemático del distrito y municipio de Guerrero (allí ahorcaron los españoles a Tepórame, el último caudillo rarámuri en 1653 y allí tuvo lugar la insurrección de 1892, “la revolución adelantada”). Dejaron un largo escrito, en el que explicaban el conflicto y lo que era una especie de sanción popular en contra de una “empresa de rapamontes”. Concluían:

“Al realizar esta acción revolucionaria continuamos la lucha libertaria por la que cayeron muchos hombres en la Rebelión Tomochiteca de 1891-1892 que constituyó un movimiento precursor del derrocamiento de la dictadura porfiristas; y por la que cayeron heroicamente los guerrilleros que atacaron el cuartel militar de Madera, forjando con su acción el inicio de un movimiento revolucionario que liberara definitivamente al pueblo de México”.

Luego, se internaron en el monte, seguidos de inmediato por tropas del Ejército. Las primeras semanas pudieron caminar hacia Sonora, donde tenían el propósito de ocultarse, pero muy pronto fueron localizados por un helicóptero tripulado por un teniente coronel, el piloto y un guía de la región. Confiado en que el pequeño grupo podía ser fácilmente sometido, el militar hizo descender su aparato para eliminar o capturar a los guerrilleros. El resultado fue la muerte del piloto que hizo fuego, la deshonrosa captura del oficial a quien Óscar González le perdonó la vida y la destrucción de la máquina.

Ello provocó una encarnizada persecución con tropas provenientes de Sonora y de Chihuahua, que armaron una gigantesca pinza sobre los guerrilleros. Cruzaron a pie la sierra, siempre con los soldados pisándoles los talones o esperándolos en puntos que no podían eludir. De hecho, protagonizaron una hazaña de resistencia física y moral al recorrer una enorme distancia de terreno hostil, casi sin alimentos durante las últimas jornadas. El 26 de agosto tuvieron un encuentro con sus perseguidores, perdiendo a Carlos Armendáriz, joven estudiante de la Escuela Preparatoria que aún no cumplía los diecisiete años de edad. Cayó con heroísmo defendiendo la retirada de sus compañeros. Probablemente en el mismo combate fue herido Oscar González, a quien al poco tiempo de la penosa marcha se le gangrenó la herida. Hambrientos y con las botas destrozadas avistaron el pueblo de Tezopaco, Sonora, en la otra lejana vertiente de la sierra, cuyas montañas aparecen una tras otra en una sucesión que se antoja casi infinita para los andantes. Allí presuntamente tenía un contacto Arturo Balboa, rarámuri como él mismo. Bajó al pueblo y al no encontrar a su compadre, se dirigió a la casa vecina, urgido de encontrar alimentos y medicinas para Óscar. Fueron denunciados, como antes lo habían hecho otros campesinos amenazados y mal informados por autoridades y militares.

Un destacamento de los destinados a su persecución los tomó prisioneros. No hubo formación de causa ni piedad alguna, una versión dice que fueron torturados. Se les formó cuadro y se les fusiló el 9 de septiembre de 1968, días después de la manifestación estudiantil del 27 de agosto en la Ciudad de México que juntó a cientos miles de personas, y a menos de una semana de la manifestación del silencio del 13 de septiembre. Estas correspondencias cronológicas muestran la gran paradoja que marcaba al movimiento guerrillero chihuahuense. Sus promotores y protagonistas principales lo fueron también de los movimientos de masas campesinas, estudiantiles y populares de la época. Arturo Gámiz, Pablo Gómez y Óscar González fueron dirigentes conocidos e influyentes entre los campesinos solicitantes de tierras. Varios de los que impulsaron la guerrilla de 1968, como Carlos Armendáriz, fueron los organizadores de las tomas de tierras urbanas en el verano de ese mismo año, mismas que abrieron una larga y fecunda etapa de movilizaciones políticas en Chihuahua. Sin embargo, en el monumento en que comenzaban a cobrar auge estas luchas populares, ellos optaron por retirarse a la sierra, para, en su concepción, elevar el nivel de la lucha mediante la “crítica de las armas”. No podemos saber, sino tan sólo especular, si su papel y su herencia como luchadores hubiera sido más trascendente al permanecer a la cabeza de los movimientos populares. Quizá podríamos pensar también que la honestidad a toda prueba de la que dieron muestra, hubiera contribuido a evitar corruptelas y desviaciones que luego marcaron a las organizaciones que ellos ayudaron a fundar. Quizá. Pero en todo caso, su vida y su muerte le dan continuidad a esta gruesa veta de revolucionarios chihuahuenses que enriquecen la historia del país y permiten que nuevas generaciones puedan elevar la vista y no bajarla hacia intereses mezquinos.

Los ojos de todo el mundo, en septiembre de 1968, estaban puestos obviamente en la capital y muy pocos se enteraron de la gesta que protagonizó este pequeño grupo de chihuahuenses en el año en que el gobierno cubano había declarado como del “Guerrillero Heroico”, en remembranza del Che y sus amigos que cayeron en Bolivia. Ciertamente, no hubo menos heroicidad ni menos entrega a una causa en un caso que en el otro.

Murieron así el comandante Óscar González Eguiarte, Juan Antonio Gaytán, José Luis Guzmán, Arturo Balboa y Guadalupe Escobell. Culminó así el segundo acto de la tragedia.

El texto referido de Debray, uno de cuyos pasajes que tiene como fuente una conversación con Fidel Castro, avanza una sugerente explicación al desenlace de 1965 y 1968 en la sierra de Chihuahua:

“Fidel achacaba un día la responsabilidad de ciertos fracasos guerrilleros al vínculo puramente intelectual con la guerra. Se comprende por qué: sin contar la debilidad física, la inadaptación a la vida de campaña, un intelectual tendrá que apresar el presente con montajes ideológicos preformados y vivirlo a través de los libros. Sabrá menos que otro inventar, improvisar, arreglárselas con los medios disponibles, decidir en el momento mismo una operación audaz para salir de un mal paso. Creyendo saber ya, aprenderá menos deprisa, sin flexibilidad. Y la ironía de la historia ha querido que la situación social propia de muchos países latinoamericanos delegue precisamente ese papel de avanzada en estudiantes y en intelectuales revolucionarios, que han tenido que desatar o más bien comenzar las formas más elevadas de la lucha de clases”.