Mi año como embajadora de Trump en México

Roberta S. Jacobson/The New York Times
2018-10-22

Nueva York – El presidente estadounidense, Donald Trump, declaró triunfante que su remplazo del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA) es una mejora importante respecto al original. Tengo mis dudas, al igual que muchos expertos, incluidos algunos republicanos. Sin embargo, hasta los escépticos se sienten aliviados de que siga intacta la esencia del pacto, de veinticinco años de antigüedad.

Detrás de la campaña de Trump para desmantelar el NAFTA no solo está su obsesión con un solo tratado comercial; también deja entrever un estilo caótico de toma de decisiones que ha socavado la diplomacia estadounidense y los intereses de ese país en todo el mundo. Observé de cerca este caos durante más de un año como embajadora de Estados Unidos en México. No fue agradable.
La primera vez que los funcionarios de la Casa Blanca les dijeron a los reporteros que el presidente Trump tenía la intención de acabar con el NAFTA, a principios de 2017, estaba a punto de asistir a un espectáculo aéreo mexicano, uno de los eventos comerciales más importantes en los que participan México y Estados Unidos.
En el evento están en juego miles de millones de dólares en comercio entre los dos países, pues un conjunto de proveedores aeroespaciales estadounidenses exhibe sus mercancías. Como embajadora de Estados Unidos en México habría esperado que me hubiesen informado de lo que el presidente pretendía hacer con la parte más vital de nuestra relación con México.
No obstante, así no es como funcionan las cosas en la era de Trump.
Me enteré sobre el borrador de un documento, de una página de largo, que mencionaba el plan de abandonar el NAFTA mediante correos electrónicos y llamadas de reporteros y funcionarios mexicanos. Entonces estaba a punto de pasar una calurosa tarde de abril con el presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, sin haber recibido ninguna advertencia ni instrucciones de Washington. ¿Qué se suponía que debía decirle?
Es normal que haya un poco de caos al comienzo de un nuevo gobierno, pero con Trump ha sido excesivo.
He sido diplomática durante más de treinta años, con diversos cargos durante los mandatos de cinco presidentes; he pasado temporadas en Argentina y en Perú y como secretaria de Estado adjunta para Asuntos del Hemisferio Occidental; he visitado casi todos los países del continente americano, he desarrollado un dominio de las habilidades burocráticas necesarias para lograr resultados y he sido parte de grupos de trabajo para crisis en huracanes, terremotos y golpes de Estado. Siempre conté con la orientación de mis superiores en el Departamento de Estado y la Casa Blanca, la cual recibía a través del Consejo de Seguridad Nacional. Dicha orientación fue escasa después de que Trump asumió el cargo.
Es normal que haya un poco de caos al comienzo de un nuevo gobierno, pero con Trump ha sido excesivo. Alrededor de treinta cargos de embajadores siguen vacantes, incluyendo algunos en países de vital importancia como Arabia Saudita y Pakistán. Además, la desconexión entre el Departamento de Estado y la Casa Blanca parece intencional, algo que ha colocado a los embajadores en posiciones imposibles y a nuestros aliados en todo el planeta furiosos, distantes y perplejos.
México es uno de los países más importantes para los intereses estadounidenses. Es el principal destino o el segundo más importante para las exportaciones de veintisiete estados de Estados Unidos y cada día 1700 millones de dólares en comercio cruzan nuestra frontera compartida. Muchos millones de buenos empleos en Estados Unidos, en especial en la industria automovilística, dependen de nuestras economías altamente integradas.
Sin embargo, es importante que la diplomacia con México sea competente para cuestiones que tienen que ver con mucho más que empleos y comercio. La crisis de opiáceos en Estados Unidos vuelve fundamental la cooperación para contener el flujo de drogas ilegales que atraviesan la frontera. Más de 72 mil estadounidenses murieron de una sobredosis en 2017, y casi 30 mil de esas muertes fueron principalmente a causa del fentanilo u otros opioides sintéticos, buena parte de los cuales pasan por México. Las fuerzas de seguridad mexicanas han hecho redadas en decenas de presuntos superlaboratorios de metanfetaminas y han desmantelado redes cruciales de drogas en cooperación con agencias de Estados Unidos; asumen enormes riesgos al hacerlo.
A pesar de la retórica de campaña de Trump de denigrar a los mexicanos y de centrarse en la construcción de un muro fronterizo, tanto los funcionarios de la embajada en México como nuestros socios mexicanos sentimos que sería posible trabajar bien juntos después de la toma de posesión del presidente. No obstante, de inmediato se volvió imposible saber cómo influir en el caos de Washington.
Para esa tarde de abril de 2017, ya sabía que Rex Tillerson, aún secretario de Estado, no quería involucrarse en las negociaciones del NAFTA y prácticamente no tomaba mis llamadas aunque era una embajadora con experiencia. Así que hablé con antiguos colegas de la Oficina del representante de Comercio de Estados Unidos y del Departamento de Comercio, pero sabían apenas un poco más que yo.
Cuando el presidente Peña Nieto llegó para reunirse con diplomáticos y con funcionarios de gobierno y del Ejército en la tribuna del espectáculo, hizo una pausa para saludarme y enfatizó que era imperativo que habláramos después. Cuando por fin estuvimos a solas, el presidente, siempre cortés, fue directo: “¿Qué rayos está pasando?”. Me dijo: “¿Tu presidente va a salirse del NAFTA antes de que siquiera hayamos tenido la posibilidad de sentarnos y trabajar en esto?”. Eso, añadió, “sería desastroso económica y políticamente”.
Tenía razón. El NAFTA, si bien nunca ha sido una panacea, había ayudado a que el comercio casi se cuadruplicara entre Estados Unidos, México y Canadá; hizo que un sinfín de industrias estadounidenses fueran más competitivas y —quizá esto es lo más importante— cimentó un cambio en nuestras relaciones con México para beneficio de Estados Unidos. Los mexicanos se abrieron al mundo con el NAFTA, no solo en cuanto al comercio sino también en lo político, con avances (en vaivenes) en la democracia. Los gobiernos mexicanos se convirtieron en nuestros socios en materia de seguridad, migración y política exterior, incluyendo el terrorismo. Abandonar el tratado amenazaría más que solo una relación comercial productiva.

Todo lo que podía decirle a Peña Nieto era que seguiría hablando con la Casa Blanca y que esperaba que prevaleciera la sensatez. Observé que la declaración sobre salirse del acuerdo había surgido después de una oleada de artículos negativos sobre los primeros cien días del gobierno de Trump: me estaba dando cuenta de que las noticias que criticaban al gobierno casi inevitablemente hacían que el presidente recurriera a sus estribillos habituales sobre construir el muro o pintar al NAFTA como el peor tratado que haya existido.
Creo profundamente en la relación entre México y Estados Unidos y no puedo fingir que no me siento aliviada de ya no tener que defender lo indefendible.
Al final, el anteproyecto para abandonar el NAFTA nunca se presentó. ¿Por qué? En realidad no estamos seguros. Tal vez porque el encargado mexicano de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray, organizó una llamada telefónica entre los presidentes Trump y Peña Nieto. Quizá el secretario de Agricultura de Trump le mostró pruebas de que su base de votantes en zonas rurales y agrícolas resultaría dañada. O puede ser que los republicanos poderosos en el Congreso hayan estado en contra de arruinar una relación comercial importante.
Ahora tenemos un nuevo acuerdo comercial que en realidad conserva bastante del acuerdo original intacto. No obstante, también incluye disposiciones para conservar más empleos de la industria manufacturera automotriz en Estados Unidos y aumentar las exportaciones de productos lácteos estadounidenses a Canadá. El acuerdo parece haber desistido de algunas de las demandas más onerosas a México y Canadá, y tal vez es un reflejo de que el gobierno se dio cuenta de que necesita centrarse en China.
Tan solo queda esperar que el presidente Trump y su equipo estén comenzando a reconocer que necesitamos a nuestros aliados, principalmente Canadá y México, si queremos solucionar algunos de nuestros problemas nacionales más difíciles… pero no confío en ello.
Salí de México el 5 de mayo de 2017, exactamente dos años después de tomar protesta como embajadora, y me retiré del servicio público a fines de ese mes. Creo profundamente en la relación entre México y Estados Unidos y no puedo fingir que no me siento aliviada de ya no tener que defender lo indefendible. También me siento feliz de escapar del desorden del que fui testigo durante más de un año.
El 1 de julio pasado, los mexicanos eligieron a un nuevo presidente, Andrés Manuel López Obrador. Hay poco en lo que pueden estar de acuerdo todos los mexicanos, pero un rechazo firme al golpeteo del presidente Trump a México es un punto en el que todos concuerdan. El ascenso de López Obrador pudo haberse debido principalmente al rechazo a la corrupción dentro del gobierno de Peña Nieto, pero fue reforzado por los constantes mensajes negativos desde la Casa Blanca. Las encuestas de opinión pública en México muestran una caída de más de 30 puntos en las opiniones positivas sobre Estados Unidos de 2015 a 2017.
En los últimos treinta años, todos los gobiernos estadounidenses han trabajado con diligencia para combatir la vena antiestadounidense en México. Estábamos superando el recelo que una historia de invasiones, pérdida de territorio y propósitos imperialistas nos había legado. Ese tipo de confianza tarda tiempo en construirse y se pierde de manera sorprendentemente sencilla. Ahora se está destruyendo.
Roberta S. Jacobson, miembro Pritzker del Instituto de Política de la Universidad de Chicago, renunció como embajadora de Estados Unidos en México en mayo después de más de treinta años de carrera en el Departamento de Estado.
 

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