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La democracia todavía nos sorprenderá

Roger Cohen/The New York Times | Martes 25 Septiembre 2018 | 00:01:00 hrs

Atenas, Grecia — Contemplando la Acrópolis el otro día desde una terraza de Atenas, me acordé de las palabras de Samuel Beckett: “Lo intentaste. Fracasaste. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.

La democracia ateniense, un privilegio masculino, que distaba mucho de ser universal, fracasó en su momento. A pesar de ello, admirar la ciudadela blanca en el atardecer de Atenas es recordar los milenios de lucha humana por un sistema político que permitiera a los ciudadanos ejercer el poder a través de las urnas: el gobierno de la gente, por la gente, para la gente, como dijo Lincoln.

Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.

Es importante poner nuestros actuales empeños democráticos en perspectiva. En el mejor de los casos, la democracia es una cultura que empodera a los ciudadanos libres para que ayuden a moldear sus destinos. En el peor, es una farsa en la que los lazos civiles se erosionan, unos cuantos acumulan el poder, el ensalzamiento propio se vuelve la norma y la turba aullante termina con la tolerancia y la moderación. Entonces, la palabra misma se vuelve un engaño, un disfraz que utilizan autócratas como Vladimir Putin.

El Partenón nos exhorta a ser obstinados con la sacralidad de la verdad.

En el Foro de la Democracia de Atenas, organizado por The New York Times, escuché al primer ministro griego, Nikos Kotzias, hacer referencia al “liberalismo antidemocrático” como un catalizador de la ola actual de “democracia iliberal” en lugares como Polonia y Hungría. El electorado es inteligente. Los votantes han venido diciéndonos algo sobre el fracaso estos últimos años. Ignorar esos fracasos —relacionados con la impunidad, la arrogancia, la desigualdad y la lejanía— es una invitación a la ruina.

La gente piensa distinto. La democracia representativa provee un medio para mediar estas diferencias a favor del bien común. Depende del reconocimiento, no del atropello, de opiniones dispares.

La democracia en peligro se ha convertido en un término popular. No hay que olvidarnos de que Grecia y Sudáfrica, resilientes ante las crisis, así como Malasia e Indonesia, sugieren otra cosa. El deseo humano de ser libre no está a punto de morir el siglo XXI.

Pero, sí, la democracia occidental está pasando por una etapa turbulenta. En los últimos años, ha concentrado la riqueza, pero no la ha diseminado, lo cual sugiere que ya no es más que un vehículo para la injusticia.

La tecnología, que tiene dos almas gemelas como el Fausto de Goethe, ha cambiado el mundo para bien y para mal. Nos gusta. Nos disgusta. La seguimos. La dejamos de seguir. Transmitimos nuestras vidas. Nos quedamos callados. Aumenta la adrenalina. Luego provoca un estado de ansiedad. La vida contemporánea es un experimento incansable de democracia directa mundial. Somos parte de una red. Facebook tiene más de 2200 millones de usuarios activos mensuales. Entonces, ¿realmente necesitamos a la democracia representativa? ¿No es solo un medio para que los ricos globalizados que la han infiltrado controlen nuestras vidas?

Las fórmulas desgastadas no ayudarán a resolver esta interrogante. En la conferencia, Karolina Wigura, una socióloga polaca, exigió un nuevo “optimismo de la voluntad”. Instó a los liberales a ser más divertidos, más patriotas: a pensar sin ideas preconcebidas en aquello que funciona en una economía moderna. Los liberales, sugirió la socióloga, se han vuelto aburridos.

Yascha Mounk, profesor de gobierno en la Universidad de Harvard, dijo que no deberíamos subestimar los incendios antidemocráticos que se están propagando. Todo acto cívico, sugirió el académico, es un vaso de agua que puede ayudar a apagar las llamas.

Esto me lleva al presidente Donald Trump, el lanzallamas que genera encabezados hasta cuando se queda callado. Está circulando una broma. Cuando Putin y Trump se reunieron en Helsinki, se saludaron con un apretón de manos. “Soy Vladimir Putin, presidente de Rusia”, dijo Putin. “Soy Donald J. Trump, presidente de Estados Unidos”, dijo Trump.

“Ah”, dijo Putin, “¿qué significa la J?”

“¡Jenio!”, contestó Trump.

Estamos en la Era del Genio.

El Genio tiene poco tiempo para los pesos y contrapesos democráticos. The New York Times es “noticias falsas”. El Genio se burla de la arquitectura de la estabilidad de la posguerra asegurada por el poder estadounidense. “¡Estados Unidos primero!”, proclama. Cree en “la voluntad de la gente”, una frase peligrosa, como Angie Hobbs, filósofa británica, observó.

Si Trump es un fascista, Marx tenía razón: la historia se repite a sí misma, primero como una tragedia, luego como una farsa. Quién lo iba a imaginar.

Ciertamente, es fácil perderse en el torrente de mentiras del presidente. Es fácil ser indiferente. Los capítulos más horrendos de la historia están repletos de mirones.

Así que, ¿qué me preocupa? La verdad, principalmente; por favor, protéjanla. La arrogancia, como en el uso excesivo de la palabra “populismo”, una palabra cargada de desprecio. Me preocupa la atomización, la reducción de los seres humanos a extensiones de sus dispositivos. Me preocupa la naturaleza insidiosa de la depravación moral de Trump. Me preocupa el valor de la palabra estadounidense, el pegamento de las alianzas que han mantenido al mundo libre.

A pesar de todo, soy optimista. La democracia es obstinada. Nos hace levantar la mirada. Es el sistema que mejor consagra el firme deseo humano de ser libres. Atenas nos recuerda eso. Estados Unidos nos recuerda eso. Fracasa. Está por debajo de la “ciudad en una colina” de John Winthrop. Todavía lucha para fracasar mejor.

Tal vez conozcan la historia del viejo en su lecho de muerte al que se acercan sus hijos.

“Padre”, le dicen. “Teníamos miedo de preguntar, pero tal vez ha llegado la hora. ¿Quiere que lo enterremos o que lo crememos?”.

“Ay, no lo sé”, responde. “¡Sorpréndanme!”.

La democracia todavía nos sorprenderá.

 



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