El ejecutivo impotente

Ross Douthat/The New York Times
2018-09-06

Nueva York— En medio de las exequias de John McCain, relacionadas con la Resistencia, los últimos tuits del presidente, en los que despotrica contra su fiscal general, y las historias locas sobre la Casa Blanca que ha hecho circular el nuevo libro de Bob Woodward, es un buen momento para regresar a un tema conocido y crucial: ¿en qué medida es Donald Trump un presidente extraordinariamente peligroso con un estilo autoritario facilitado por sus asesores y su partido de manera constante? O, en su defecto: ¿en qué medida es un presidente extraordinariamente débil, limitado por aquellos a quienes dio cargos y por sus hipotéticos aliados a casi cada paso que da?
En ocasiones anteriores he defendido la segunda opción, argumentando que en realidad Trump no está a cargo de su propia presidencia, y que el Congreso republicano —o por lo menos el Senado republicano— ha restringido su comportamiento más de lo que reconocen muchos miembros de la Resistencia.
A un año de su gobierno, repasé la lista de los actos desestabilizadores o inmorales que Trump prometió durante su campaña y señalé que casi ninguno se había materializado: no se retomó la tortura, no se abandonó la OTAN ni el TLCAN, la prohibición de viajes implementada sin ton ni son fue solo un guiño a la promesa del bloqueo a la inmigración de musulmanes, no se modificaron las leyes de difamación para clausurar diarios hostiles, no se llenó el Gabinete ni el poder judicial con compinches no capacitados, no se hicieron concesiones a Vladimir Putin respecto de los países que antes eran parte de la Unión Soviética, y demás. En general, el Trump de principios de 2018 parecía un autócrata en Twitter, pero un enclenque en términos prácticos, acosado por un fiscal especial e incapaz siquiera de sustituir a su propio fiscal general porque los republicanos del Senado le dijeron que no podía hacerlo.
Sin embargo, los últimos seis meses han puesto a prueba esa opinión. Trump ha demostrado tener un mayor control sobre las decisiones del personal de su presidencia, eliminando a infiltrados evidentes de la clase política institucional como H. R. McMaster y Gary Cohn y remplazándolos con caras que le gustan de programas de televisión por cable. Ha emprendido una versión de las guerras comerciales que planteó en su campaña; ha perturbado las cumbres conformadas por aliados y se ha postrado ante Putin; ha manejado la diplomacia con Corea del Norte al estilo de un programa de telerrealidad; ha atacado la investigación de Mueller de manera constante y ha contratado agentes para llevar esos ataques a su máxima intensidad; ha aplicado una política de separación de familias en la frontera que es justo el tipo de crueldad que su campaña prometió y que muchos republicanos prometieron contener.
Entonces, ¿aún es justo describir a Trump como un debilucho acorralado, un terror en Twitter por lo demás restringido? Mi respuesta sigue siendo un sí, aunque limitado. El presidente se ha liberado de algunas de las restricciones que lo sujetaban, y algunas de las historias del libro de Woodward (en las que los miembros de su Gabinete se comportan como hicieron los del Gabinete de Nixon en los días posteriores a Watergate, haciendo todo lo posible para desmarcarse de su jefe) podrían pertenecer más a la era de Cohn y McMaster que a la de Larry Kudlow y John Bolton.
Sin embargo, Trump todavía es extraordinariamente débil. Algo de esa debilidad es invisible porque simplemente la damos por hecho; es parte del escenario, por ejemplo, que su Casa Blanca carezca de una agenda legislativa, de oportunidades para hacer progresar cualquier prioridad política en el Capitolio, a escasos dos años del primer periodo del presidente.
Otra señal de esa debilidad está en sus intentos de parecer rudo. La política de la separación de niños, por ejemplo, se abandonó a pocos días de hacerse pública, porque el presidente carecía de apoyo dentro de su propio partido y su propia Casa Blanca para de verdad establecer una medida draconiana.
Un indicio más de su debilidad está implícito en los intentos de Trump de reafirmarse ante las restricciones impuestas por sus aliados o asesores. Los exabruptos en contra de Jeff Sessions por no ser su compinche son tanto un deterioro de los deberes presidenciales normales como el reconocimiento de que el Senado no le permitirá remplazar a sus propios miembros del Gabinete. Agacharse ante Putin fue simultáneamente una vergüenza nacional y un recordatorio de que el evidente deseo de Trump de ser amigo de Rusia no tiene una influencia distinguible en la verdadera política de su gobierno respecto de ese país.
Y otra muestra de su debilidad es quizá visible solo tras bambalinas y no se dará a conocer sino hasta el próximo libro de revelaciones, cuando sea el turno de Bolton y Kudlow de cantar… Aunque ya tenemos unas probaditas, como el reciente reportaje de este periódico sobre la manera en que Bolton maniobró en lo oscuro para proteger el comunicado final de la cumbre de la OTAN del agresivo escepticismo de su jefe hacia ese organismo.
Todo esto apunta al caso que los legisladores republicanos recelosos de Trump aún podrían presentar, si se les presiona, en defensa de su propia manera de lidiar con este extraño gobierno.
Sí, dirían, el presidente es errático, peligroso, inepto e intolerante. Pero, a pesar de las fantasías de algunos columnistas, no pueden hacerle un juicio político a nadie por eso, ni por fingir ser un dictador en Twitter, para el caso. Además, según los estándares de cualquier presidencia normal, lo hemos refrenado.
Sin duda, las guerras comerciales son malas, pero todos los presidentes lanzan por lo menos una guerra comercial insensata. Detuvimos el asunto de los niños migrantes; sus otras acciones migratorias son solo ampliaciones de la aplicación de la ley; ya nos alejamos de caer al precipicio (aunque de manera extraña) con los norcoreanos; no hemos levantado las sanciones a los rusos.
Mientras tanto, nombró al juez republicano más institucional posible para la Suprema Corte, y no permitiremos que despida a su propio fiscal general, ya no digamos a Bob Mueller.
Miren, no estamos habilitando a un Putin estadounidense. Solo somos las niñeras del jefe del ejecutivo más impotente que veremos jamás, y afianzando a algunos buenos jueces antes de que los demócratas arrasen con nosotros.
Podría continuar haciéndola de ventrílocuo, pero en vez de ello solo señalaré la falla más sustancial de estos razonamientos: asumir que la debilidad de Trump nunca dará pie a la desesperación de Trump, y que este presidente se conformará con su impotencia incluso ante la posibilidad de que Mueller condene a alguien de su círculo cercano o de una investigación iniciada por una Cámara demócrata que amenace con provocar la desgracia y ruina de su familia. Asumir que Trump nunca, ni en un momento de desesperación, someterá a algún tipo de prueba más estricta los intentos de su partido por ponerle ciertos límites.
Es comprensible que los republicanos quieran asumir esto. Es comprensible que quieran arreglárselas para hacer las cosas a su manera durante la presidencia de Trump, para espolear, presionar y redirigir en lugar de confrontar y oponer resistencia. Hasta ahora esa estrategia ha funcionado mejor de lo que uno podría haber temido sensatamente.
Pero todavía nos restan dos años y cuatro meses más de este gobierno y sospecho que la prueba más difícil vendrá antes de que termine.

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