La vibra de Trump llega hasta Australia

Maureen Dowd/The New York Times
2018-09-05

Sídney — Hombres blancos malintencionados, alguna vez aliados por la causa conservadora, que se apuñalan en la espalda. Quejas sobre hostigamiento generalizado —y sexista— desde los altos mandos. Paranoia creciente en la derecha. Batallas desgarradoras sobre si las políticas de refugiados son racistas y crueles, yacerca de si los temores por el cambio climático son exagerados. Un jugoso escándalo gubernamental que involucra favores ilícitos para un par de jovencitas atractivas.
Bienvenidos al caos, al estilo australiano. En aquel país, no hay un líder demoniaco, hipnótico y parecido a una figura inflable en un desfile de Macy’s, como Donald Trump. Pero hay muchas similitudes con la horrenda y demente Cúpula del Trueno de Estados Unidos.
En la vertiginosa cuadrilla de líderes conocida aquí como “la batidora de Canberra”, Australia tiene un primer ministro nuevo y reluciente. Con él, han sido seis primeros ministros en diez años, y Kevin Rudd ha estado en el cargo dos veces. Aunque todos en Estados Unidos sabían quién era Trump cuando resultó electo, solo la mitad de la población australiana conocía a Scott Morrison cuando de pronto lo catapultaron al puesto más importante hace una semana.
Como en Estados Unidos, hicieron a un lado a una mujer contendiente —que había sido la principal diplomática— en el último momento. El hombre que ha tomado el cargo no es tan popular como su predecesor, de trato más amable. En ambos países, hay exasperación generalizada por un sistema político deficiente que produce dirigentes de gobierno que conquistan a una vertiente de su partido, pero no los corazones de la mayoría en el país.
En Australia, utilizan una palabra engañosamente inocente, “derrame”, para describir la brutal decapitación parlamentaria en la que los políticos pueden derrocar a primeros ministros elegidos por voto popular y poner a otro en su lugar sin justificación aparente. La fractura de la política conservadora implica, sobre todo en los temas sociales, que la coalición conservadora gobernante no refleja la opinión consensuada del país. Morrison se opuso al matrimonio igualitario, por ejemplo, mientras que la gran mayoría de los australianos estaba a favor. (Como el agua que se va por el drenaje en dirección de las manecillas del reloj o el hecho de que los australianos usen para “aperitivo” la palabra que los estadounidenses usan para “plato fuerte”, el Partido Liberal significa lo opuesto aquí: es un equivalente “grosso modo” del Partido Republicano, con todo y un elemento de extrema derecha que habla de manera controvertida sobre la raza).
“Las encuestas nos dicen que, si las elecciones se llevaran a cabo el próximo sábado, este gobierno sería expulsado por una mayoría abrumadora”, dice Frank Bongiorno, profesor de Historia de la Universidad Nacional Australiana. “Los embustes y la mezquindad generalizada de los líderes del derrame en Canberra aumentaron la decepción de la gente y su desapego al proceso político”.
“Creo que Trump hace que el Partido Liberal se sienta seguro de poder producir un Trump en Australia porque la historia podría estar de su lado”, agregó. Además, esa cualidad retrógrada se ve impulsada por el imperio mediático de Rupert Murdoch en el país, que refleja la jerga del Estados Unidos de Trump.
El principal atractivo de Morrison es que venció al hombre que comenzó el derrame, Peter Dutton, un personaje repulsivo, similar a Ted Cruz, y blanco de una investigación del Senado por haber ayudado a amigos y donadores a mantener en el país a dos “au pairs” —una francesa y una italiana— mientras que los solicitantes de asilo que ha tachado de ser “analfabetas y no saber hacer cuentas” están atrapados en un infierno en dos centros de detención isleños. (El viernes, cuando apareció una tercera “au pair”, The Sydney Morning Herald había apodado a Dutton, el ministro de Asuntos Internos, “el ministro de ‘Au pairs’ Extranjeras”). Morrison también adoptó una postura férrea respecto de los refugiados para conservar Fortress Australia, con su política de “detener botes” como ministro de Inmigración.
En el que podría ser el eslogan más enérgico desde que Hillary dijo “Es su turno”, el mantra de chico ordinario que creó Morrison, el primer cristiano pentecostal en tomar el puesto, es el siguiente: “Si le apuestas a este país, obtendrás tu recompensa. Hay buenos resultados para quienes se atreven”.
La opinión australiana sobre el cambio climático es más liberal que la postura adoptada por Morrison. Así como Trump habla del “hermoso” carbón —quizá precisamente lo que no quieres encontrar debajo del árbol de Navidad—, Morrison trajo un trozo de carbón a la Cámara de Representantes y lo acarició mientras se quejaba de la “carbonofobia” de la izquierda.
El intento de Malcolm Turnbull de ofrecer una política modesta de reducción de emisiones fue lo que desató el complot al estilo de Julio César con el que lo derrocaron del puesto de primer ministro.
Tony Abbott, el ex primer ministro del Partido Liberal que ayudó a planear la expulsión de Turnbull, dijo que el cambio climático es una “patraña”, y comparó los esfuerzos para combatirlo con “la gente primitiva que alguna vez asesinó cabras para calmar a los dioses de los volcanes”. ¿Acaso ignora el hecho de que ha muerto la mitad del coral de la Gran Barrera de Coral, por lo que sus colores han cambiado al blanco y el gris, lo que le da un aspecto fantasmagórico?
El derrame no hizo nada por mejorar la reputación de Canberra, pues se considera un terreno de cultivo para la masculinidad fronteriza tóxica, en el que las mujeres están en una zona inferior.
Julie Bishop, la popular ministra de Relaciones Exteriores del Partido Liberal, fue ignorada por sus colegas masculinos menos populares; JBish, como se le conoce, tomó la situación con su usual estilo, usando unas desafiantes zapatillas de satín escarlata para la conferencia de prensa en que anunció su dimisión.
Julia Banks, una diputada liberal, estaba tan molesta con las tácticas abusivas de la manada liberal de lobos que anunció que no contendería de nuevo. “El flagelo del sesgo cultural y de género, del hostigamiento y la intimidación siguen estando en contra de las mujeres en la política, los medios y todos los negocios”, dijo mediante un comunicado, y agregó: “Las mujeres han sufrido en silencio durante demasiado tiempo”.
Sarah Hanson-Young, una senadora del Partido de los Verdes, interpuso una demanda contra un político que le gritó desde el otro extremo de la sala del Senado en junio, durante un debate sobre la violencia contra las mujeres, que “dejara de acostarse con todos”.
Como lo señala Bongiorno: “Luce muy mal. Al final, si un gobierno huele muy mal, lo expulsarán en la relección, seguramente”.
El derrame fue muy estrafalario porque no era una competencia de ideas, sino solamente una lucha resbalosa en el fango.

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