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El clima de paranoia en el Partido Republicano

Paul Krugman/The New York Times | Miércoles 22 Agosto 2018 | 00:01:00 hrs

Nueva York – La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza. La verdad no es la verdad.

La última ocurrencia de Rudy Giuliani es un recordatorio, si es que necesitábamos alguno, de que decir que el gobierno de Trump es orwelliano no es una exageración, sino la constatación de un hecho. Al igual que el partido gobernante en “1984”, Donald Trump opera con base en el principio de que la verdad —ya se trate de las multitudes en su toma de protesta, la delincuencia inmigrante o el desempeño económico— es lo que él dice que es. Además, esa verdad puede cambiar en cualquier momento.

Por ejemplo, no hace mucho, los republicanos insistían en que Rusia era nuestra más grande amenaza, y en que Barack Obama estaba traicionando a Estados Unidos por no enfrentar a Vladimir Putin con mayor fuerza; ahora Putin es uno de los chicos buenos, y la base electoral aceptó el cambio. Siempre hemos estado en guerra con Asia Oriental.

Si creen que escucharon algo distinto de la versión trumpiana de la realidad, culpen a esos conspiradores y saboteadores malvados, a quienes pueden denunciar durante “los dos minutos de odio”, gritando “enciérrenla”.

Sin embargo, ¿cómo pudo sucederle esto a todo el Partido Republicano? Y, en efecto, hablamos de todo el partido: no hay una oposición seria en el Partido Republicano hacia Trump ni a su visión. ¿Por qué la creencia del partido en una realidad objetiva se desmoronó de una forma tan repentina y absoluta?

No podría afirmar que entiendo toda la historia, pero una cosa es clara: la orwelificación del Partido Republicano no comenzó con Trump. Por el contrario, el partido lleva años yendo en esa dirección; la forma de pensar que Trump está aprovechando ya estaba bien establecida antes de que él apareciera en escena.

Pensemos en las afirmaciones de Trump y sus aliados de que la evidencia de su colusión con Rusia —no hablamos de “supuesta” colusión, porque ya no hay duda de que existió— es un engaño perpetrado por el “Estado profundo”. ¿Dónde hemos visto algo como eso antes? En los ataques de los republicanos a las pruebas del cambio climático.

Han pasado quince años desde que el senador James Inhofe sugirió que el calentamiento global era “el engaño más grande que se haya hecho al pueblo estadounidense”. Esa fue y sigue siendo una afirmación todavía más insensata que la aseveración de Trump y compañía de que todos los enemigos del “tuitero en jefe” son producto de una enorme conspiración del Estado profundo; esto no dista mucho de las teorías conspiratorias como la de “pizzagate” o del “territorio QAnon”. Para tomarla en serio, hay que creer en una vasta conspiración internacional en la que participan miles de científicos, ninguno de los cuales se atreve a decir la verdad.

No obstante, esta fantasía paranoide se ha vuelto en efecto la postura oficial de los que niegan el cambio climático en el Partido Republicano, que básicamente han dejado de rebatir las pruebas, aunque la vieja frase “hoy hace frío, así que el calentamiento global es un mito” sigue apareciendo de vez en cuando. En cambio, todo tiene que ver con la supuesta conspiración.

¿Cuáles son las pruebas de esta conspiración? Buena parte del argumento yace en cosas como citas fuera de contexto de correos electrónicos robados (¿les suena familiar?), como los que intercambiaron los investigadores de la Unidad de Investigación Climática de la Universidad de Anglia Oriental, o los mensajes de texto entre dos oficiales del FBI que supuestamente prueban la existencia de un complot contra Trump: el “climagate”, que en realidad lo único que demostró es que las personas involucradas eran humanas. Sin embargo, para un teórico de la conspiración decidido, todo es evidencia de actividad perversa.

Hay más. Algunas personas parecen sorprendidas ante lo rápido que Trump ha comenzado a usar el poder de su cargo para castigar e intimidar a cualquiera que no esté de acuerdo con el “amado líder”, pero los republicanos han hecho lo mismo con el clima desde hace mucho tiempo.

El ejemplo más conocido es Ken Cuccinelli, el exprocurador general de Virginia, quien pasó varios años tratando de probar que Michael Mann, uno de nuestros principales investigadores climáticos, era un fraude. La cacería de brujas de Cuccinelli (sí, en este caso sí lo era) se hizo pasar de manera muy burda por preocupación ante la malversación de fondos estatales, pero obviamente fue un intento de usar el poder político para censurar y suprimir la ciencia inoportuna.

¿Dónde estaban los republicanos que se pronuncian en contra de las teorías conspiratorias y a favor de la integridad científica? Inaudibles e invisibles.

En resumen, si siguieron la evolución de la postura sobre el cambio climático del Partido Republicano (tampoco es que los republicanos crean mucho en la evolución), no deberían sorprenderse ante el colapso intelectual y moral del partido con Trump. Para los republicanos hace tiempo que la ignorancia es la fuerza.

Me parece que la historia del cambio climático también encierra una lección importante: la furia particular de aquellos que deliberadamente actúan de mala fe.

La negación del clima es una empresa profundamente cínica; la gente que malinterpreta la evidencia y tamiza correos electrónicos en busca de citas para decir “te tengo” deben saber que no están siendo honestos. Sin embargo, su furia contra los “elitistas” que continúan señalando verdades inconvenientes es muy auténtica, porque es un hecho de la vida que mucha gente siente un odio particular por aquellos a los que ha maltratado.

Lo mismo es aplicable a Trump y compañía. Trump sabe perfectamente bien que es culpable de colusión. Eso no significa que esté fingiendo su furia volcánica ante aquellos que documentan su culpa: odia a sus perseguidores más que a nadie porque sabe que van por buen camino.

Mientras los ataca, sin ningún respeto por el Estado de derecho o la Constitución, ¿los demás republicanos tratarán de frenarlo? Todo parece indicar que no.



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