La cuchara robada de Nelson Mandela

Roger Cohen The New York Times
2018-07-28

Ciudad del Cabo, Sudáfrica—Salí hacia la isla Robben durante un día luminoso y despejado con mi hija Adele, que decidió estudiar su semestre en la Universidad de Ciudad del Cabo. Se cierra un ciclo: mi familia, judíos lituanos, desembarcaron en el muelle repleto de Ciudad del Cabo en junio de 1895, con sus fortunas amasadas en Europa.

El sol resplandece, el oleaje refleja su luz, la Montaña de la Mesa dibuja una línea tan recta que surge como una aparición. La isla, donde Mandela pasó 18 de sus 27 años de encarcelamiento, se avecina. Un guía, que también estuvo prisionero aquí, nos dice que podemos ver la celda de Mandela pero no podemos entrar.
“Los visitantes ya no pueden entrar porque alguien se robó la cuchara de Mandela”, dice.
El tazón, el vaso (pero no la cuchara), una estera para dormir, un rectángulo de cielo azul que se divisa desde la ventana —aquí, en este diminuto espacio, Mandela mantuvo la capitanía de su alma. Cualquiera que albergue la peligrosa fantasía de que la humanidad es perfectible debe recordar que un turista se robó la cuchara de Nelson Mandela.
Este mes se conmemora el centenario del nacimiento de Mandela. Las celebraciones se despliegan en todo el mundo. Él fue el dueño de su destino. El arsenal del hombre blanco no pudo tocarlo. Se terminó. Así como con Mahatma Gandhi, la fascinante fuerza interior permaneció intacta.
Los ladrones de cucharas andan por ahí. A veces pareciera que estos ladrones con sus ínfulas, su valor personal materialista y su capacidad de crueldad contra los niños, están apoderándose del mundo.
No es así. Otras fuerzas están luchando, alentando a la gente en lugar de desanimarla, uniendo en lugar de dividiendo. Mandela decidió confrontar la inmoralidad de la humanidad y vencer la violencia en nombre de la esperanza.
Los 27 años que la gente de piel blanca le robó a Mandela, el sufrimiento que causó en decenas de millones de sudafricanos de raza negra durante décadas, no podían saldarse con sangre.
Quizá los sudafricanos de raza blanca, como mi familia, la tuvieron muy fácil. El suyo fue un “picnic en un hermoso camposanto”, como lo describió Nadine Gordimer. Entonces, cuando todo terminó, se levantaron los castigos, se unieron a la economía mundial, al mundo deportivo. De pronto, tener un pasaporte sudafricano era algo muy bueno. Podían decir: “¡Nunca voté por la tortura!” y olvidar su complicidad con la política sudafricana basada en el pigmento: las escuelas segregadas, la remoción forzada de los negros de sus casas, el exilio de los negros a áreas reservadas para ellos llenas de polvo y aburrimiento.
Hoy en día, hay una clase media negra, pero la inequidad está arraigada. Se escucha el reclamo de los jóvenes negros dirigido a los blancos— “¡Expropiación sin compensación!”, es tan popular que ya tiene un acrónimo “EWC” (por su sigla en inglés). Es lo suficientemente amenazador para que Cyril Ramaphosa, el presidente que trata de nivelar el barco, se hiciera cargo del asunto para aminorarlo.
Para los judíos, al inicio Sudáfrica significó la liberación del pogromo, más tarde fue una distancia salvadora del Holocausto. Sin embargo, muchos judíos aceptaron el apartheid, por supuesto no todos, entre ellos varios de los abogados de Mandela. Hay más observadores que héroes en tiempos de opresión. Es parte del gen de la sobrevivencia, incluso si la sobrevivencia final de la humanidad depende de los pocos que se rebelarán.
Sudáfrica era un buen lugar para vivir para cualquier judío en el siglo XX. Si estás ocupado persiguiendo a millones de negros no te queda mucho tiempo para unas decenas de miles de judíos. Eso es lo que escuchaba desde que tuve la edad suficiente para entenderlo.
Gracias, Madiba, por perdonar a mi familia, a mí mismo, a los blancos de Sudáfrica, a los ladrones de cucharas, a los niños politizados de hoy, a toda la humanidad por su estupidez tribal en pro de la inequidad. Gracias por ayudarnos a levantar la mirada.
Un día, volé a Johannesburgo y fui a Soweto. Ahí, me reuní con Macdonald Maanda Muhali, de 30 años. Ha estado desempleado por más de un año. Solía trabajar como guardia de seguridad en patrullajes perimetrales. Ahora mira “Breaking Bad” o “Prison Break” todo el día en la televisión que compró cuando tenía trabajo. Vive en una habitación. El cuarto de baño está afuera. Sus solicitudes de empleo no reciben respuesta. A veces lava autos o pone tuberías para obtener efectivo. Tiene una perforación en una oreja, pero dice que ya está viejo para usar un arete.
“Esfuérzate”, dice un letrero en su pared. “Dios hará lo demás”.
Le pregunto a este joven negro sudafricano, criado en la era postapartheid, si la vida ha mejorado. “Si no estás trabajando, las cosas no mejoran”, dice. Después le pregunto si las cosas fueron demasiado fáciles para los blancos.
“Mandela los perdonó”, dice. “Debemos confiar en él. ¿Si la gente que más sufrió los perdonó, por qué no habríamos de hacerlo nosotros?”. ¿No sientes rabia? “Ninguna en absoluto”.
Salimos. La basura se acumula en toda la cuadra. Jóvenes ociosos charlan y sonríen con satisfacción. Niñas con suéteres morados y faldas grises salen de la escuela. Una mujer vende escobas, rastrillos y recogedores que lleva en la cabeza. Le compro unas salchichas al carnicero. Muhali, con la mitad de una cebolla cruda, deja limpio el asador. Comemos. Nos reímos.
Gracias, Madiba, por el poder de tu ejemplo. No te preocupes, tienes cien años, encontraremos al ladrón de cucharas. Los de su tipo no heredarán la tierra.

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