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Es culpable EU de abandonar a los niños: los nuestros

Nicholas Kristof / The New York Times | Viernes 29 Junio 2018 | 00:01:00 hrs

No se trata únicamente de los niños en la frontera. Estados Unidos oprime de forma sistemática a decenas de millones de niños, entre ellos los locales. El resultado es que los niños estadounidenses tienen más probabilidades de ser pobres, de abandonar los estudios de bachillerato e incluso de morir jóvenes que en otros países avanzados.

También despedazamos familias locales por medio del encarcelamiento masivo, la excesiva detención de jóvenes y la sobreutilización del cuidado tutelar. Uno de cada diez niños negros pasa algún tiempo en cuidado tutelar y, desde el año 2000, 61 mil niños en esta situación simplemente han desaparecido.

Al igual que la inmigración, el maltrato hacia los niños es un problema antiguo que el presidente Donald Trump está exacerbando. He aquí una regla de oro en Estados Unidos para cualquier escasez de recursos o conflicto relacionado con las prioridades: los niños terminan perjudicados.

“Una cantidad impactante de niños vive en la pobreza en Estados Unidos”, mencionó Philip Alston, el relator especial para las Naciones Unidas sobre la pobreza extrema y los derechos humanos, en un informe que emite una crítica feroz. Casi una quinta parte de los niños estadounidenses vive en la pobreza, hizo notar Alston, y representan más de una quinta parte de los indigentes.

Alston me comentó que “hay una relación muy directa” entre el maltrato hacia los niños migrantes en la frontera y la indiferencia hacia los niños de bajos recursos en todo el país. Alston sugirió que la razón principal es la falta de compasión.

Nikki Haley, la embajadora estadounidense para las Naciones Unidas, protestó el informe de la ONU, con el siguiente argumento: “Claramente es ridículo que las Naciones Unidas examinen la pobreza en Estados Unidos”.

¿De verdad, embajadora Haley?

En efecto, es extraño que un funcionario de la ONU encargado de investigar la pobreza lo haga en el país más poderoso del mundo, y encuentre que los niños estadounidenses tienen gusanos. Me da gusto que la ONU defienda no sólo a los niños pobres de Congo, sino también a los de, no sé… ¿Carolina del Sur? (donde un recién nacido de raza negra tiene una esperanza de vida menor a la de un niño que nace en China).

Dos investigadores, Kathryn Edin y Luke Shaefer, han encontrado que cerca de tres millones de niños estadounidenses viven en “pobreza extrema”, con un ingreso de dinero en efectivo menor a dos dólares por persona al día, la pauta para medir la pobreza extrema en el mundo.

No quiero decir que la pobreza en Estados Unidos se compare con la de países pobres. Los niños estadounidenses podrán irse con hambre a dormir, pero muy pocos padecen de desnutrición, si se compara con el 38 por ciento de los niños en India.

La paradoja es que históricamente Estados Unidos había sido un lugar seguro y acogedor para los niños. Estados Unidos lideró al mundo hacia la educación masiva, y en 1960 los niños morían en tasas menores que en la mayoría de los otros países avanzados.

Sin embargo, más o menos desde 1970, mientras otros países ofrecían atención médica universal y construían redes de seguridad social, los niños estadounidenses han muerto a un ritmo cada vez más veloz. En Estados Unidos, la probabilidad de que un niño muera a los 19 años es 57 por ciento mayor que en países similares al nuestro, de acuerdo con un estudio publicado este año en Health Affairs.

Cada año, medio millón de niños estadounidenses aún sufre de envenenamiento por plomo. Y Peter Hotez, un especialista en enfermedades tropicales de la Escuela de Medicina de la Universidad Baylor, advierte que en Estados Unidos: “Millones de niños que viven en la pobreza podrían sufrir de toxocariasis, una infección parasitaria que provoca un gusano”.

¿Por qué ignoramos a los niños? ¿Por qué ofrecemos atención médica universal para ciudadanos de la tercera edad (la cual es cara), pero no para los niños (la cual sería barata)? La respuesta es simple: los niños no votan. Dependen de nosotros, y nosotros les fallamos.

Si podemos ampliar la indignación actual hacia los niños que están en problemas en Estados Unidos, podríamos transformar vidas.

En Arkansas, alguna vez llegué a la casa de un niño de 13 años que tenía dificultades. Era un sucio albergue para drogadictos ubicado en un territorio de pandillas. No había libros ni comida; la única razón por la que no les habían cortado la electricidad por falta de pago era el pitbull que tenían para asustar al personal de la empresa de luz.

Son problemas difíciles, pero no imposibles de solucionar, y sabemos qué funciona. En particular, los programas para la primera infancia hacen una enorme diferencia: ayuda para los padres, preescolares de alta calidad, procedimientos para tratar o prevenir el envenenamiento por plomo, visitas de trabajadores sociales y orientación.

El presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim, cita un estudio el cual indica que, si Estados Unidos invirtiera en programas eficaces para la primera infancia, los beneficios de por vida serían tan transformadores que la desigualdad en Estados Unidos podría reducirse a los niveles canadienses.

Ya tenemos un modelo a seguir: cuando Tony Blair era el primer ministro del Reino Unido, emprendió una importante campaña en contra de la pobreza infantil y la redujo casi a la mitad.

Por desgracia, Trump va en la dirección opuesta, reduce los beneficios de los programas de tal forma que perjudica a los niños pobres. Los recortes tributarios de Trump suman al déficit: es decir, estamos de fiesta y les dejamos la cuenta a los niños.

Un clamor bipartidista y nacional obligó a que Trump echara para atrás la medida que separaba a los niños inmigrantes de los brazos de sus padres en la frontera; fue una efusión de compasión que representó lo mejor de nuestro país. Ahora necesitamos un clamor similar en nombre de todos los niños de Estados Unidos.

 



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