La caída del imperio estadounidense

Paul Krugman/The New York Times
2018-06-19

Nueva York – El gobierno estadounidense, como parte de una política, está arrebatando niños de los brazos de sus padres y poniéndolos en recintos cercados (que los funcionarios insisten en decir que no son cárceles, ay no). El presidente estadounidense está exigiendo que las autoridades dejen de investigar a sus socios y mejor vayan tras sus enemigos políticos; ha insultado a aliados democráticos mientras alaba a dictadores asesinos, y cada vez parece más probable que desate una guerra comercial mundial.
¿Qué tienen en común estas historias? Evidentemente, todas están vinculadas con el carácter del hombre que ocupa la Casa Blanca, que es, sin duda, la peor persona que ha ocupado dicho cargo. No obstante, también hay un contexto más amplio, y no solo tiene que ver con Donald Trump. Estamos siendo testigos de un rechazo sistemático de los valores estadounidenses tradicionales: los valores que en realidad hicieron grandioso al país.
EU ha sido desde hace mucho una nación poderosa. En específico, emergió de la Segunda Guerra Mundial con un nivel de dominio tanto económico como militar que no se había visto desde el auge de la antigua Roma. Sin embargo, su lugar en el mundo siempre implicó mucho más que solo el dinero y las armas. También era cuestión de ideales. Estados Unidos representaba algo más grande que el país mismo: la libertad, los derechos humanos y el Estado de derecho como principios universales.
Claro, en ocasiones no hemos estado a la altura de esos ideales. No obstante, siempre habían sido reales e importantes. Muchas naciones habían buscado la aplicación de políticas racistas; sin embargo, cuando el economista sueco Gunnar Myrdal escribió su libro de 1944 sobre nuestro “problema con los negros”, lo llamó “Un dilema estadounidense” porque nos consideraba un país cuya civilización tenía un “toque de iluminación” y cuyos ciudadanos estaban conscientes hasta cierto punto de que la forma en que trataban a los negros no concordaba con sus principios.
Este economista creía que había un núcleo de decencia —incluso bondad— en Estados Unidos, y esta creencia en última instancia quedó validada por el auge y el éxito, aunque no haya sido total, del movimiento de los derechos humanos.
No obstante, ¿qué tiene que ver la bondad estadounidense —con tanta frecuencia relegada, pero a pesar de ello real— con el poderío estadounidense, y ya no digamos con el comercio internacional? La respuesta es que, durante setenta años, la bondad y la grandeza estadounidenses fueron de la mano. Los ideales de este país, y el hecho de que otros países sabían que EU tenía esos ideales, convirtieron a esta nación en una especie distinta de potencia, una que inspiraba confianza.
Piénsenlo. Para finales de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y sus aliados británicos efectivamente habían conquistado buena parte del mundo. Podrían haberse convertido en ocupantes permanentes y/o haber instalado gobiernos serviles, tal como la Unión Soviética hizo en Europa del Este. Sí, Estados Unidos hizo eso en algunos países en vías de desarrollo; la historia que tiene con Irán, por ejemplo, deja mucho que desear.
Sin embargo, lo que Estados Unidos hizo principalmente fue ayudar a los enemigos vencidos a levantarse de nuevo, estableciendo regímenes democráticos que compartían sus valores fundamentales y se volvieron aliados en la protección de dichos valores.
La ‘Pax Americana’ era una suerte de imperio; es cierto que Estados Unidos durante mucho tiempo estuvo por encima de sus pares. No obstante, de acuerdo con estándares históricos era un imperio extraordinariamente benigno, que se mantenía unido mediante poder blando y respeto en lugar de por la fuerza (en realidad, hay algunas similitudes con la antigua Pax Romana, pero esa es otra historia).
Aunque uno estaría tentado a considerar los acuerdos comerciales internacionales, que a decir de Trump han convertido a esta nación en una “alcancía de la que todos roban dinero”, como algo totalmente distinto, están lejos de serlo. Los acuerdos comerciales se hicieron con el propósito de enriquecer más a Estados Unidos (cosa que cumplieron), pero también, desde el comienzo, fueron mucho más que solo una cuestión financiera.
De hecho, el sistema de comercio del mundo moderno fue, en gran medida, una creación no de economistas ni de intereses empresariales, sino de Cordell Hull, el secretario de Estado que sirvió durante mucho tiempo a Franklin D. Roosevelt, quien creía que “el comercio próspero entre naciones” era un elemento esencial para la construcción de una “paz duradera”. Así que tal vez quieran ver la creación de la posguerra del Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio como parte de la misma estrategia que más o menos al mismo tiempo dio lugar al Plan Marshall y la creación de la OTAN.
Es de esta forma como todas las cosas que ocurren ahora son parte de lo mismo. Cometer atrocidades en la frontera, atacar el Estado de derecho nacional, insultar a los líderes democráticos mientras se alaba a los bandidos y deshacer los acuerdos comerciales tiene que ver con poner fin a la excepcionalidad estadounidense, darles la espalda a los ideales que distinguían a EU de otras potencias.
Además, el rechazo de los ideales estadounidenses no fortalecerá a este país, sino todo lo contrario. Estados Unidos era el líder del mundo libre, una fuerza moral, además de financiera y militar. No obstante, ahora echa todo eso por la borda.
Más aún, eso ni siquiera ayudará a los intereses nacionales. Estados Unidos dista de tener el mismo dominio que tenía como potencia hace setenta años; Trump es un iluso si cree que los demás países se retractarán ante sus amenazas. Si este país se dirige a una guerra comercial declarada, lo cual parece cada vez más probable, tanto él como aquellos que votaron por él quedarán sorprendidos ante su desarrollo: algunas industrias se beneficiarán, pero habrá millones de trabajadores desplazados.
Entonces, Trump no está haciendo a Estados Unidos grandioso de nuevo, sino que está destrozando las cosas que volvieron grandiosa a esta nación, convirtiéndola en una acosadora más, una cuyo acoso será mucho menos efectivo de lo que Trump imagina.

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