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De expresidiario a conservador

Paul Krugman The New York Times | Miércoles 28 Marzo 2018 | 00:01:00 hrs

En 2010, una explosión en una mina de carbón que operaba Massey Energy mató a 29 hombres. En 2015, Don Blankenship, exdirector general de la empresa, fue encarcelado por conspirar para violar las normas de seguridad de las minas. En 2018, Blankenship parece tener posibilidades reales de convertirse en candidato republicano a senador de Virginia Occidental.

Blankenship es uno de los cuatro republicanos con condenas penales que quieren ocupar un cargo público este año y varios de ellos podrían ganar las candidaturas de su partido. Además, hay una lista más amplia de políticos republicanos que enfrentan acusaciones creíbles de enormes fallas éticas que sin embargo salieron victoriosos en las elecciones primarias del Partido Republicano, desde Roy Moore hasta… Donald Trump.

Es cierto, ha habido muchos demócratas fraudulentos, pero por lo general la revelación de su deshonestidad acabó con sus carreras democráticas.

Lo sorprendente del paisaje republicano de hoy es que las personas que son a todas luces fraudulentas, estafadores o algo peor siguen contando con el fuerte apoyo de las bases del partido. Moore perdió la elección especial de Alabama por un margen pequeño, pero recibió un 91 por ciento de los votos de electores que se identificaron a sí mismos como republicanos.

Por su parte,  aunque a estas alturas de su período Trump tiene una impopularidad sin precedentes para un presidente, sigue recibiendo un apoyo abrumador de la base del Partido Republicano. Algunos políticos republicanos han admitido abiertamente que esto hace que el ala congresual del partido esté menos dispuesta a hacer que rinda cuentas por incluso la infracción más espectacular, hasta incluyendo la posible colusión con una potencia extranjera hostil.

¿Qué sucede? No me parece que sea un accidente que el Partido Republicano moderno incluya a tantos malhechores y que estos parezcan progresar en la política intrapartido. Al contrario, el éxito de personas como Blankenship —o Trump— era una consecuencia inevitable de la estrategia política que los republicanos han seguido durante décadas, puesto que la sencilla verdad es que, desde Reagan, los republicanos básicamente han estafado a los electores estadounidenses.

Su agenda sostenida e invariable ha sido la redistribución ascendente del ingreso: recortar impuestos a los ricos mientras debilitan la red de seguridad social. Esta agenda es impopular: solo una pequeña minoría de los estadounidenses quiere que recorten los impuestos a los ricos, y una minoría todavía menor quiere recortes en los principales programas sociales. Sin embargo, los republicanos han ganado elecciones, en parte, negando la realidad de su agenda política, pero básicamente haciéndose pasar por defensores de los valores sociales tradicionales y, por encima de todo, de la más grande de las tradiciones estadounidenses, el racismo.

Con el tiempo, esta dependencia sostenida en la gran estafa ha tenido un fuerte efecto de selección tanto en el liderazgo como en las bases del partido. Los políticos del Partido Republicano tienden a ser estafadores (y en algunos casos estafadoras) de manera desproporcionada, porque jugar el juego político del partido requiere tanto la disposición como el talento para decir una cosa mientras se hace otra. Así mismo, la base del partido está compuesta, de manera desproporcionada, de las personas más fáciles de engañar, los que sin más ni más se creen las afirmaciones de que “aquellas personas” son el problema y no se dan cuenta de lo mucho que la verdadera agenda republicana los daña.

La cuestión es que el trumpismo estaba más o menos destinado a suceder. El racismo crudo de Trump, al igual que su deshonestidad descarada, sólo son versiones exageradas de lo que este partido nos ha vendido desde hace décadas, mientras que su agenda política sustancial —recortar impuestos a las corporaciones y los ricos, retirar los servicios médicos a las familias de bajos ingresos— es totalmente ortodoxa.

Hasta el proteccionismo de Trump dista menos de las normas republicanas de lo que la gente se imagina. George W. Bush impuso aranceles al acero, mientras que Reagan limitó las importaciones de automóviles japoneses. Recortar impuestos a los ricos es un principio fundamental del Partido Republicano; el libre comercio no lo es.

Una vez que nos damos cuenta de hasta qué punto los grandes estafadores han moldeado la política republicana, hay tres conclusiones.

Primera, no habrá redención desde el interior. Los políticos con principios y ética no reivindicarán al partido de los gustos de Trump, porque no son lo que la base quiere: en el Partido Republicano moderno no tienen cabida los hombres honestos. Los artistas de la estafa continuarán gobernando hasta, o salvo que, el partido pierda en grande y de manera reiterada, y pase años en el desierto político.

Segunda, no obstante, el partido es realmente vulnerable, debido a que siempre existe el riesgo de que los electores se den cuenta de sus estafas. Los ataques republicanos a los servicios médicos, y no los escándalos vistosos, parecen haber sido el factor más grande detrás de las victorias demócratas en las elecciones especiales. Además, en noviembre esta respuesta negativa podría darles a los demócratas no sólo una sino ambas cámaras del Congreso, además del control de muchos gobiernos estatales.

¿Y qué sucede si no es así? Esta es la tercera conclusión, que debería darnos miedo: la naturaleza del juego del Partido Republicano moderno le otorga un sesgo contra la democracia. Después de todo, una forma de protegerse de los electores que se dieron cuenta de sus verdaderas intenciones es evitar que voten. La supresión del voto y la manipulación extrema de las elecciones ya son partes esenciales de la estrategia republicana, pero lo que hemos visto hasta ahora podría ser solo el comienzo.

Si creen que los líderes del Partido Republicano se negarán a la manipulación electoral crasa, no han estado poniendo atención. Solía haber republicanos como esos, pero hace mucho que se fueron.



 




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