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Lo que hemos aprendido de Trump

Maureen Dowd/ The New York Times | Jueves 15 Febrero 2018 | 00:01:00 hrs

Washington — Donald Trump logró llegar al Despacho Oval a través de un agujero espacio-tiempo de confusión acerca de la identidad estadounidense.

Ya no estábamos ganando guerras. Solo seguían y seguían, con propósitos inexplicables y engañosos y tanta pérdida de vidas, extremidades y billones de dólares.

No podíamos creer en nuestras instituciones, con abusos de confianza y muestras de ineptitud.

Pasábamos de ser un país mayoritariamente blanco, dominado por hombres y con una base manufacturera, a uno multicultural, multilateral, globalizado, políticamente correcto, con nuevas fuentes de energía, en un nuevo mundo tecnológico, sin tomar en cuenta la confusión y el enojo de los estadounidenses mayores que se sentían como extranjeros en una tierra extraña.

Entre muchos de ellos, el encanto de la sensatez de Barack Obama había dado lugar al anhelo de una certidumbre más robusta.

Con la confusión que sembraron los rusos, Trump aprovechó esa ansiedad que flotaba en el aire, ese miedo a no saber quiénes somos, para llegar directamente hasta la Casa Blanca.

Ahora, gracias al colapso de nuestro presidente chiflado y su personal, estamos descubriendo rápidamente quiénes somos y quiénes no queremos ser.

No tenemos que tolerar el comportamiento abusivo y, en efecto, no queremos que hombres como Rob Porter —que han golpeado, pateado, estrangulado y aterrorizado a sus esposas— estén en el círculo más cercano del presidente y ayuden a decidir qué políticas, entre ellas las que afectan a las mujeres, se apoyarán.

No queremos que el jefe de personal de la Casa Blanca sea el tipo de persona que protege y defiende a los agresores —y después oculta haberlo hecho— simplemente porque el abusador es uno de los pocos miembros competentes del equipo.

Tampoco queremos a un hombre que tacha a los dreamers de ser “demasiado holgazanes para moverse” porque no hicieron a tiempo sus solicitudes para obtener protecciones legales.

John Kelly sirvió de testigo de solvencia moral no solo para Porter, pues no obtuvo la habilitación de seguridad debido a que los agentes del FBI habían escuchado los terribles relatos de sus ex esposas golpeadas. Kelly también fungió como testigo de solvencia moral para el general Robert E. Lee y para un marine retirado que se declaró culpable de enviar mensajes sexuales inapropiados a sus subordinadas, que condujo ebrio a una comparecencia y que recibió cargos en Virginia por crímenes sexuales contra niños.

Un héroe militar como Kelly, quien hizo el máximo sacrificio de perder a un hijo en la guerra, debería tener un estándar más alto de integridad y honor, las palabras que de manera espléndida utilizó para describir a Porter, su desacreditado asistente.

Queremos que nuestro presidente sea un ejemplo de rectitud moral; no un egocéntrico obsesionado con los índices de aprobación. Queremos a un presidente que entienda que el abuso físico y sexual no está bien. Como lo tuiteó un Trump más lúcido en 2012 acerca del momento en que Rihanna regresó con Chris Brown: “Quien golpea una vez, golpea dos veces”.

No queremos un presidente que se doblegue para darles el beneficio de la duda a los neonazis que golpean a sus esposas, los pedófilos y los depredadores sexuales —o que él mismo sea un depredador sexual—. No queremos un presidente que crea que #Yo es más importante que #YoTambién.

No queremos un presidente que, a partir de una idea pueril de agravio, le dé la vuelta a la ecuación habitual para honrar a Rusia, y deshonrar al FBI.

No queremos un presidente que crea que el comportamiento vil se justifica con un mercado de valores explosivo.

No queremos un presidente que sea demasiado superficial para leer su reporte diario de inteligencia ni demasiado obsesionado con el Estado profundo para lidiar de manera justa con nuestras agencias de inteligencia.

No queremos un presidente al que se le suba a la cabeza el ego y cuyos tuits dementes acerca de las armas nucleares y el tamaño de las multitudes que asisten a sus eventos asusten incluso a su empleado más impávido.

No queremos un presidente que redecore el Despacho Oval como si fuera un espejo infinito.

No queremos un presidente que insinúe que los demócratas que no le aplaudieron son traicioneros ni queremos un presidente que parezca más cautivado por el autoritarismo que por la democracia.

No queremos un presidente que prometa un equipo de primera, pero se rodee de pedacería; un presidente que jure aprobar “los mejores” proyectos de ley, pero después no se preocupe por saber si se trata de carne, vino, condominios o basura en asuntos de vida o muerte porque ni siquiera se ha molestado en leerlos.

No queremos un presidente que asista a la escuela militar, pero evite el despliegue; que ame a los generales pero maltrate a los padres de militares que murieron en combate; que quiera el tipo de desfile militar pomposo por el que nos burlamos de Kim Jong-un, una demostración fálica de sobrecompensación que solo pondría más baches en los bulevares de Washington D. C.

No queremos un presidente que le dé validez a sus propias realidades y que vea con agrado el engaño, la hipocresía, el conflicto de interés y el nepotismo.

No queremos un presidente que necesite de un fiscal especial, ni qué decir de uno que podamos atrapar tan fácilmente en sus mentiras y que por eso ni siquiera se le permite hablar con un investigador.

No queremos un presidente que trate la consagrada casa donde Abraham Lincoln alguna vez redactó los textos más sagrados del país como si fuera el plató de un programa de telerrealidad de mal gusto.

No queremos un presidente que trate la presidencia de Estados Unidos como si fuera una franquicia más de sus negocios personales o un programa de empleo para sus familiares.

No queremos un presidente que salga ileso del caos que anhela y conjura, mientras todos los demás quedan destruidos y aterrados.

Finalmente, está clarísimo que no queremos un presidente que busque el consejo de Henry Kissinger en materia de relaciones exteriores. Nunca jamás.



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