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El nuevo conservadurismo cultural en Latinoamérica

Silvio Waisbord/Especial para The New York Times | Jueves 08 Febrero 2018 | 00:01:00 hrs

El conservadurismo cultural está cambiando el mapa político de América Latina, donde este año se eligen presidentes en Brasil, Colombia, Costa Rica, México, Paraguay y quizá Venezuela. La primera vuelta en las presidenciales de Costa Rica ha confirmado la capacidad de acción y de influencia en el debate público de esta nueva oleada conservadora: el matrimonio igualitario y la llamada “ideología de género” han sido temas centrales de la discusión electoral.

Fabricio Alvarado, cantante de música cristiana, obtuvo el mayor porcentaje de votos en la primera vuelta de las elecciones de Costa Rica el 4 de febrero. Su “defensa de los valores” y su promesa de combatir la resolución de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que pide legalizar el matrimonio igualitario en el país resonó en el electorado. El resultado del domingo le da serias probabilidades de ganar la presidencia en la segunda ronda, el 1 de abril, que paradójicamente es el Domingo de Resurrección.

Los actores políticos con agenda conservadora han logrado convencer a otros de hablar de lo que quieren. Por ejemplo, el debate político en Costa Rica no estuvo dominado por temas como el desempleo, la inseguridad o la corrupción: el “shock religioso” —como designaron a este fenómeno algunos expertos de la Universidad de Costa Rica— modificó la conversación y puso en el centro de las campañas los “valores tradicionales”. Este no es un caso aislado, los temas de la agenda conservadora también se han convertido en punta de lanza en los otros países que celebrarán elecciones.

El respaldo popular del conservadurismo cultural tiene una consecuencia: los derechos humanos en América Latina pasarán tiempos difíciles. En la última década se habían dado avances progresistas importantes en materia legal, educativa y social. En Argentina, el primer país latinoamericano en hacerlo, se legalizó el matrimonio igualitario en 2010. En Costa Rica se implementaron legislaciones que favorecen las cuotas de género en los puestos públicos, el año pasado Chile cambió su draconiana prohibición al aborto y, durante los primeros cinco años de esta década, ninguna otra región del mundo tuvo a tantas presidentas como América Latina. La era de los avances en materia de derechos humanos, libertad de expresión y reconocimiento de la diversidad social y cultural se afianzaba en la región.

Pero hoy estas victorias están en peligro. El viraje a la derecha en el continente y la creciente influencia de la religión en la política pone el viento de cola en una reacción cultural que pretende desandar algunos de los mayores logros sociales, incluyendo la mayor concientización sobre la violencia de género y la participación de transexuales en la política.

El conservadurismo cultural argumenta que los valores tradicionales se están perdiendo frente a lo que se denomina “ideología de género”, que es el cajón de sastre al que los conservadores arrojan todo lo que rechazan: el movimiento feminista, los derechos reproductivos de la mujer, el matrimonio igualitario.

Como caballo de batalla, la “ideología de género” es una etiqueta vaga y opaca, pero es utilizada estratégicamente con un objetivo muy claro: oponerse a todo grupo o acción que represente los principios de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, es decir, la dignidad, la justicia y la igualdad.

Daniel Sturla, el arzobispo de Montevideo, calificó a la ideología de género como un “error” y un fenómeno “transitorio”. En Paraguay, Edmundo Valenzuela, prelado de Asunción, advirtió sobre los peligros del aborto y la ideología de género mientras que el Ministerio de Educación de ese país prohibió los textos que promueven la igualdad de género.

Para el conservadurismo actual la contraparte de la “ideología de género” es la “familia tradicional”, usada a menudo en los discursos políticos y homilías, manifestaciones públicas y redes sociales como escudo retórico contra iniciativas socialmente progresistas. La “ideología de género” es, en suma, el enemigo público. Se le responsabiliza por cuanto mal exista: enfermedades de transmisión sexual, homosexualidad, depresión o embarazo adolescente. Después del terremoto que sacudió Ciudad de México en septiembre de 2017, el cardenal Juan Sandoval Íñiguez dijo que los sismos son generados por “el aborto y la ideología de género”.

Una de las misiones de la reacción cultural ha sido revertir las innovaciones sobre temas de género y sexualidad en los programas escolares. Se argumenta que la educación pública difunde material que atenta contra la libertad individual de los estudiantes.

Los reaccionarios culturales reivindican la “libertad religiosa” como valor democrático frente a lo que se interpreta como la imposición desde el Estado de “ideologías contrarias” a las creencias de la mayoría. Su furia se dirigió a fines del año pasado contra exposiciones sobre sexualidad y arte gay en museos y presentaciones de académicos identificados con la “ideología de género”, como ocurrió durante la visita a São Paulo de la filósofa feminista Judith Butler.

La reacción cultural tiene su origen en procesos regionales y globales: por una parte, la retórica es muy cercana a expresiones utilizadas por movimientos similares en Estados Unidos y mantienen vínculos organizacionales, financieros y digitales con agrupaciones en otras partes del mundo, como CitizenGo, una plataforma en línea utilizada por activistas conservadores. Asimismo, responde a desarrollos particulares en América Latina, como el ascenso del pentecostalismo en la región y el fortalecimiento del catolicismo con el pontificado de Francisco, quien se ha pronunciado expresamente contra la “ideología de género”.

El reto mayor que plantea la reacción cultural en la política contemporánea en América Latina es la defensa de la democracia y de los derechos humanos. Confrontar este conservadurismo de nuevo cuño pasa hoy por organizarse —a través de las vías tradicionales, pero también desde las plataformas digitales— . Solo una participación activa y vigilante disminuirá el impacto del fanatismo de estos movimientos.

 



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