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En el Medio Oriente, mantener el estatus quo es ganancia

Thomas L. Friedman/The New York Times | Miércoles 07 Febrero 2018 | 00:01:00 hrs

Durante los dos últimos años, entre mil 500 y 2 mil asesores militares iraníes que operan de Beirut y Damasco, la capital siria, han estado dirigiendo a miles de mercenarios libaneses chiitas proiraníes de Hezbolá, a las fuerzas armadas sirias financiadas por Irán y a cerca de 10 mil mercenarios chiitas proiraníes de Afganistán y Pakistán, con el propósito de derrotar a los sirios sunitas rebeldes y al Estado Islámico en la guerra civil de Siria.

No estoy en contra de Irán; respeto sus legítimas preocupaciones de seguridad en el golfo Pérsico. Sin embargo, tengo dos preguntas: ¿qué diablos hace aquí Irán, ayudando a detener la democracia en Líbano y frenar cualquier esperanza de que el control de Siria sea compartido entre varios, y ahora amenazando directamente a Israel? ¿En qué medida Rusia, socia de Irán para aplastar el levantamiento en Siria —pero también un país que tiene buenas relaciones con Israel— usará sus misiles avanzados tierra-aire S-400, que ahora están por Siria y Líbano para proteger a Irán y Hezbolá?

Ambas preguntas cobraron relevancia recientemente. Consideremos lo que el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, dijo después de reunirse el 29 de enero con Vladimir Putin por séptima ocasión en dos años: Israel no permitirá que Irán se atrinchere en Siria y convierta a Líbano en una “fábrica de misiles de precisión. Le dejé claro a Putin que nosotros lo impediremos si no se detiene por sí mismo”.

Hasta ahora, el comando militar israelí ha jugado extremadamente bien su partida de ajedrez en tercera dimensión de la guerra del siglo XXI: ha logrado quedar fuera de la guerra civil siria al tiempo que destruye con gran precisión los intentos de Irán y Hezbolá de actualizar su capacidad balística en contra de Israel. Los funcionarios israelíes dirían que Hezbolá e Irán han estado jugando muy bien también de su lado. Y siguen tratando de avanzar aunque sea poco a poco.

Así que, ¿cuál es la estrategia de Israel para mantener la flama baja en su conflicto con Hezbolá e Irán? En primer lugar —y el más importante—, dejarles claro a Hezbolá e Irán, a través de varios canales, que no pueden ganarle en locura a Israel. Es decir, si Hezbolá e Irán piensan que pueden ubicar lanzadores de misiles en pueblos y ciudades libanesas y sirias densamente pobladas —y esperar que Israel no los destruirá aunque hacerlo conlleve muchas pérdidas civiles como daño colateral— están tan equivocados ahora como lo estuvieron en 2006.

Los estrategas militares israelíes están más convencidos que nunca de que la razón clave por la que Hezbolá ha evitado conflictos importantes con Israel desde la gran guerra israelí contra Hezbolá en Líbano en 2006 es que la fuerza aérea israelí —sin límites ni piedad— golpeó la infraestructura libanesa, así como las oficinas y objetivos militares de Hezbolá en los suburbios sureños de Beirut: no para matar a civiles, pero tampoco para ser detenidos por ellos, si quedaban atrapados entre los cuarteles y las armas de Hezbolá.

Sí, fue horrible y brutal, como lo reconocen los estrategas israelíes, pero funcionó. Esto no es Escandinavia. “La realidad aquí comienza donde termina tu imaginación”, dijo un funcionario israelí. A veces solo la locura puede detener a la locura. El líder de Hezbolá, Hasán Nasrala, definitivamente recibió el mensaje. Después de la guerra de 2006 declaró que nunca habría echado a andar ese conflicto de haber sabido de antemano que Israel haría tanto daño a sus simpatizantes chiitas y sus propiedades.

Los estrategas israelíes dicen que si Teherán piensa que puede lanzar una guerra subrogada en contra de Israel desde Líbano y Siria —donde su frente iraní se mantiene inmaculado—, debería pensarlo de nuevo. Israel compró submarinos clase delfín que pueden operar en el golfo Pérsico y los armó con misiles de crucero; no hizo esto para ir de pesca.

Israel, Irán y Hezbolá están más fuertes que en 2006. Sin embargo, cada uno tiene más que perder en una nueva guerra de misiles. El llamado “Silicon Wadi” de Israel —una vasta red empresas de alta tecnología a lo largo de su planicie costera— se ha convertido en un enorme motor de crecimiento. Hezbolá e Irán ahora han asumido control virtual sobre los Estados sirio y libanés. Nadie quiere perder sus ganancias.

Eso debería ser una fuente de optimismo. Pero hay demasiadas probabilidades de que un error de cálculo en este abarrotado tablero de ajedrez en tercera dimensión termine por ser sanguinario, como para estar optimista de que los próximos doce años serán tan tranquilos como los doce anteriores.

Como me dijo un funcionario del ejército israelí en la frontera entre Siria e Israel: “Queremos mantener el status quo para siempre, porque cualquier otra cosa se ve peor”.



 



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