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El arriesgado nacionalismo de Trump

Robert J. Samuelson/ The Washington Post | Martes 06 Diciembre 2016 | 00:01:00 hrs

Washington – Donald Trump es un nacionalista económico confeso. Promete colocar los intereses de Estados Unidos “primero” en la política comercial y en las negociaciones. Si cumple esas promesas—y las pruebas hasta el momento sugieren que lo hará—Trump redefinirá el papel global de Estados Unidos en forma engañosa y destructiva.

Tenemos un problema real aquí. Trasciende el publicitado éxito, la semana pasada, de presionar a Carrier, un fabricante de aparatos de aire acondicionado, para que revertiera su decisión de mudar aproximadamente mil puestos de trabajo a México. La historia importa. Siempre, desde la Segunda Guerra Mundial, con algunos lapsos, los líderes norteamericanos adoptaron la noción de que el comercio fomentaría la prosperidad y promovería sociedades democráticas.

El comercio no era solo importante para la economía; importaba también para la geopolítica. Desilusionados con el aislacionismo que siguió a la Primera Guerra Mundial, los norteamericanos se volvieron internacionalistas después de la Segunda Guerra Mundial. El énfasis en el comercio no era simplemente para reforzar la prosperidad; apuntaba también a unir a las naciones para que compitieran comercialmente y no recurrieran a guerras.

En general, esa estrategia tuvo éxito. Protegidas por números masivos de efectivos norteamericanos, Europa Occidental y Japón sufrieron fuertes recuperaciones económicas que fortalecieron sus tambaleantes democracias. Así pues, lo que obtuvimos al defender el libre comercio—aparte de los acostumbrados beneficios de mayores opciones para el consumidor y una mayor eficiencia económica—fue un mundo más estable después de la guerra. Muy bien, dicen los críticos. Pero esa política exterior a favor del comercio subordinó los intereses económicos de Estados Unidos—el bienestar de sus trabajadores y sus empresas—a objetivos geopolíticos más vagos.

La Segunda Guerra Mundial acabó hace siete décadas. Sin duda ayudar a nuestros competidores durante algunas décadas fue suficiente, especialmente cuando las empresas norteamericanas fueron dominantes durante esos años. Ahora el sesgo pro-comercio perjudica a las empresas norteamericanas y produce déficits comerciales norteamericanos crónicos.

Sin citar la historia, Trump cree en esa crítica. Sus discursos durante la campaña habitualmente denunciaron las importaciones como la causa de la destrucción de puestos de trabajo norteamericanos y de los déficits comerciales. Echó la culpa de esos pecados a negociadores norteamericanos ineptos, que concedieron demasiado acceso al mercado norteamericano y recibieron demasiado poco a cambio. ¿Podría estar en lo cierto? Despojada de los excesos retóricos, esa narrativa suena razonable.

Pero hay enormes omisiones. Para comenzar, exagera en gran manera el papel que desempeñó el comercio en la destrucción de los puestos de trabajo de Estados Unidos. Por supuesto, muchas fábricas norteamericanas cerraron, y su producción se desplazó al exterior (México, China) o fue reemplazada por importaciones de competidores extranjeros. Pero esas pérdidas no explican el agudo descenso en los puestos manufactureros, que bajaron un tercio desde 1990 (de casi 18 millones a 12 millones en 2015), aun cuando la producción manufacturera—de aviones, equipo para mover tierra, fármacos, chips de computadoras—casi se duplicó en el curso de esos mismos años.

La verdad que muchas veces se pasa por alto es que la economía norteamericana, a pesar de toda la retórica contraria, está menos globalizada que prácticamente en todos los demás países avanzados. Producimos la mayoría de las cosas que consumimos. Es cierto, importamos casi 2,8 billones de dólares en productos y servicios el año pasado, pero también exportamos casi 2,3 billones de dólares. Como porción de la economía de 18 billones de dólares, el déficit fue menos del 3 por ciento y alrededor de la mitad del nivel de 2006.

El peligro del nacionalismo económico es que nos engaña y nos hace pensar que nuestros problemas se originan principalmente en el exterior y que pueden arreglarse con políticas comerciales “más duras”. No es así. Vale la pena recordar que los dos mayores reveses económicos desde la Segunda Guerra Mundial se originaron internamente: la alta inflación de fines de la década de 1970, cuyo pico llegó a un 13 por ciento (causada por dinero fácil); y la crisis financiera de 2008-9 (causada por una especulación financiera irresponsable). Aunque Estados Unidos debe perseguir sus intereses económicos, es dudoso que las concesiones comerciales curen déficits comerciales crónicos.

Esos déficits reflejan principalmente el papel del dólar como principal moneda internacional para el comercio y las inversiones internacionales. La demanda de dólares por parte de los extranjeros eleva el valor de la moneda, lo que coloca a los productores norteamericanos en desventaja competitiva en los mercados globales. Es injusto para las fábricas y establecimientos agrícolas del país, pero la alternativa—arruinar el dólar por medio de una inflación alta o de controles de cambio—sería peor.

El comercio sigue siendo política exterior. Es cierto que las circunstancias actuales son muy diferentes de las posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Pero la realidad esencial perdura: Con quién realizamos nuestro comercio y cómo lo hacemos es una expresión de propósito y poder nacionales. Trump está equivocado al rechazar el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, que podría fomentar el comercio entre Estados Unidos y otros países de la vertiente del Pacífico, creando una alternativa para un sistema dominado por China. Quizás el nacionalismo de Trump sea un bluff retórico, cuya intención sería mejorar su posición en las negociaciones. O quizás no. Es el camino que lleva al proteccionismo, el aislacionismo, a más conflictos comerciales y a un crecimiento económico amenazado.

Redefiniría la relación de Estados Unidos con el mundo.


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