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Trump, infierno para republicanos

Ross Douthat/The New York Times | Jueves 13 Octubre 2016 | 00:01:00 hrs

Nueva York – Hace siete meses, a mediados de marzo, Donald Trump ganó cada elección primaria, excepto en Ohio, eliminó a Marco Rubio de la carrera presidencial, y dejó a los líderes del Partido Republicano enfrentando una escueta opción.

Podían movilizarse totalmente en su contra, hacer lo posible por negarle la nominación, apoyar a sus contrincantes hasta llegar a la convención, sabiendo que Trump trataría de derribar los pilares del partido sobre sus cabezas.

O podían tratarlo como un candidato favorito normal, un posible nominado y oponerse a él de una manera normal o simplemente hacer las paces con su inminente victoria.

Escogieron la segunda opción – en parte porque muchos de ellos despreciaban a Ted Cruz más de lo que temían a Trump, pero mayormente porque temían un rompimiento en el partido, temían la ira de Trump y la deserción masiva de sus electores, temían lo que podría pasar si se caían los pilares.

Esa estrategia requirió que los prominentes republicanos presentaran al país a un nominado presidencial al que consideraban no apto para ocupar la presidencia.

Se requería que ellos pasaran de la campaña a la elección general de un hombre cuya posible victoria muchos de ellos consideraban con un razonable temor.

Tenían que comprometerse con los principios y la prudencia por el bien de la unidad del partido, esperando que en cierto momento – tal vez en el 2020 o más allá – los extremos riesgos que la nominación de Trump provocaría al país pudieran ser justificados por algún logro postTrump para el bien común.

Sin embargo, en su defensa, los escenarios alternos realmente eran bastante desagradables.

Para que el partido estuviera completamente en contra de Trump después del mes de marzo hubiera sido necesario, en el mejor de los casos, negarle la nominación aun cuando era muy probable que ganara una clara pluralidad de delegados.

El peor escenario que enfrentaría el partido una vez que Trump eliminó a Cruz y a John Kasich a principios de mayo, hubiera sido despojarlo de la nominación que había ganado justamente de acuerdo a las reglas existentes del Comité Nacional Republicano.

En el pasado, en aquellos salones llenos de humo, esto podría haber significado una cosa, pero en nuestra época de elecciones primarias mayormente democráticas y las expectativas de la “voluntad de la gente” podría haber sido una pesadilla.

El caos, protestas y abandono de la convención hubiera sido sólo el principio: si Trump no llevó a cabo el desafío de un tercer partido es debido a los obstáculos de logística y gastos, en ese caso hubiera aparecido en cada canal de cable despotricando en contra de Paul Ryan y Reince Priebus y la fórmula Cruz-Kasich desde junio hasta noviembre, mientras que todos los medios de comunicación lo hubieran azuzado con deleite y una gran parte de la prensa conservadora estaría a su favor.

Al igual que Andrew Jackson, su espiritual ancestro, Trump hubiera tenido que denunciar “una negociación corrupta” y se comprometería a volver a postularse en el 2020, aunque les urgiría a sus simpatizantes a apoyar la fórmula Cruz-Kasich y mantenerse en casa.

Su ira y la sensación de traición que tendrían sus electores hubieran enviado a los candidatos republicanos oficiales rengueando hacia una probable derrota en el mes de noviembre, hubiera socavado cualquier esfuerzo que hubieran hecho los políticos republicanos para que acudieran a las urnas y hubiera ampliado la guerra civil del partido hasta la presidencia de Hillary Clinton.

Un entendible temor de este escenario provocó que Ryan, Priebus y el resto de la base del partido escogiera un camino de menor resistencia, que fue darle el apoyo a Trump.

¿Fue un compromiso de moralidad, patriotismo y honor?

Tal vez, pero por lo menos se comprometieron a impedir que se desplomara el partido y sus pilares.

Excepto que no funcionó de esa manera.  Trump es oficialmente el nominado republicano, no Cruz, ni Kasich ni algún caballero blanco de último minuto, mientras que Ryan y Priebus sigue apoyándolo oficialmente.

Aunque todos sus compromisos no les ha servido de nada: el caos que la élite del Partido Republicano esperaban contener al rendirse ante Trump ha afectado al partido de todas maneras.

Los líderes del partido tenían miedo de que Trump pudiera enojarse con ellos si le negaban su nominación; en lugar de eso, está iracundo con ellos por rehusarse a servirle de tapete a su misoginia y alardes pornográficos que han sido grabados.

Tenían miedo de hacer enojar a su base electoral oponiéndose a él en la convención, pero en lugar de eso, han hecho enojar a su base electoral por mantenerlo en la última parte de la elección.

Temían que hubiera una guerra de republicanos contra republicanos, conservadores contra conservadores y ya lo lograron.

Temían el colapso, una derrota inevitable y es muy probable que sucedan las dos cosas.

Además, temían que el espectro de un derrotado Donald Trump se pusiera en contra de una corrupta negociación en la convención durante todo el 2016 y más allá.

En lugar de eso, van a tener a un Donald Trump en contra de la clase dirigente política, será como una cuchillada por la espalda, desde el momento en que cierren las urnas el 8 de noviembre hasta que gane la nominación en el 2020 o expire el último suspiro.

La historia en su día a día no es un juego de moralidad.  Sin embargo, en algunas ocasiones existe un claro escarmiento, un momento en el que los juicios de la Providencia son rigurosos.

Y así podría ser para los hombres que dirigen el Partido Republicano en su infierno Trumpiano.

Al doblar la rodilla ante Trump la primavera pasada, pensaron que comprarían la unidad del partido y continuarían compartiendo el poder, pagando por ello con un poco de su decencia, un poquito de su patriotismo y una pizca de su honor.

Pronto podrán darse cuenta que con este trato compraron un severo ajuste de cuentas y que todo lo que heredarán será el aire.


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