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La última generación

Cecilia Ester Castañeda
Escritora | Jueves 08 Noviembre 2018 | 00:01:00 hrs

Estamos haciendo historia. Somos la última generación capaz de preservar el medio ambiente como lo conocimos o la que obligará a nuestros hijos y nietos a modificar drásticamente su forma de vida a fin de adaptarse a un entorno distinto a lo que la humanidad ha experimentado desde hace, literalmente, miles de años.

A principios de octubre, una comisión de la ONU emitió un informe alertando que de continuar el actual ritmo del calentamiento global, a partir del 2030 se intensificarán los fenómenos climatológicos extremos como sequías y huracanes. La semana pasada, en un estudio del Instituto Scripps de Oceanografía publicado en la revista Nature se concluyó que los océanos se han calentado considerablemente más de los niveles en los cuales basó la ONU sus estimaciones. En otras palabras, dijo al New York Times la oceanógrafa Laure Resplandy, la principal autora del segundo estudio, el objetivo es más difícil de alcanzar.

¿Qué significa lo anterior en términos prácticos? Un meme sobre la respuesta al peligro de desaparición de varios placeres por el cambio climático nos da una pista. Chocolate: “no importa, me pongo a dieta”. Café: “se me quitará lo nervioso”. Vino: “puedo vivir sin vino”. Cerveza: “¡no! ¡Tenemos que cuidar el planeta!”.

Sin contar las altas temperaturas y la posibilidad de incendios silvestres, a nivel regional la muerte del Río Bravo —y este verano, se reportó, casi desapareció la corriente entre Colorado y Nuevo México— pone en riesgo el suministro de agua de uso doméstico, agrícola e industrial. Las sequías en otras zonas agrícolas se traducen en mayor migración a polos urbanos como el nuestro. 

Pareciera que para prevenir un panorama tan desolador haría falta revertir la civilización entera. Retomar el estilo de vida previo a la Revolución Industrial no fallaría, pero resulta poco viable. ¿Y si como meta, energéticamente hablando, fijáramos la forma de vivir aquí antes de dispararse el consumo por persona en los años 50? Aún no se generalizaba el uso de el automóvil, el clima artificial, el plástico, los productos desechables, la comida procesada, la electrónica, los insecticidas sintéticos, los aerosoles…

¡Tanto ha cambiado desde la época de nuestros abuelos! Sin embargo, la mayoría de las personas seguimos viviendo con hábitos y aspiraciones que simplemente ya no son sustentables. Esto, creo, es parte del problema. Muchos crecimos aprendiendo un concepto de éxito —y de realización— que implicaba mejorar nuestro nivel de vida. O sea, nos fijamos metas materiales: tener acceso a bienes de consumo, a posesiones, comodidades y lujos. En vez de apreciar ecosistemas valiosos, como comunidad veíamos los terrenos vírgenes cual lotes baldíos listos para convertirse en construcciones prueba de nuestro desarrollo social.

Y ahora resulta que debemos dar marcha atrás. ¿Tiene caso? ¿Se puede revertir el cambio climático? Los científicos dicen aún ser tiempo. Bután, por ejemplo, el diminuto país tibetano inspirador de la arquitectura de UTEP, es uno de los pocos lugares en el mundo que tiene un índice negativo de contaminación. O sea, emite menos dióxido de carbono del que absorbe. Lo logra mediante una cultura agrícola y políticas de conservación ambiental, dice CNN.

Quizá los juarenses no podamos aspirar a tanto. Es necesario, eso sí, poner mucha mayor atención a los espacios naturales locales y reflexionar sobre nuestras prioridades. Resulta importante preparar a las siguientes generaciones para los desafíos climáticos que les hemos heredado —francamente, acostumbrarlos siempre al clima artificial a la larga los perjudicará más de lo que los beneficie, pues los volverá grandes consumidores intolerables a las temperaturas naturales. 

A nivel comunitario o personal, es urgente empezar. Tomar medidas sencillas representa el primer paso a fin de crear una cultura que permita prevenir o contrarrestar los desastres naturales. No, por sí mismo sólo cuidar el consumo de agua —o de carne— no evitará el cambio climático. Pero disminuirlo tiene el efecto de hacernos conscientes sobre nuestra capacidad de control y de adaptación. Una vez que sea posible vivir con una pequeña modificación en la rutina, tal vez no sea difícil adoptar una más.

De repente, estaremos listos para el reto de nuestra generación. 



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