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Pablo VI

Hesiquio Trevizo
Presbítero | Domingo 21 Octubre 2018 | 00:01:00 hrs

¿Qué sería un evangelio, es decir, un cristianismo sin cruz, sin dolor, sin el sacrificio de Jesús? Sería un evangelio, un cristianismo, sin redención, sin salvación, de la cual tenemos necesidad absoluta. El Señor nos ha salvado con la cruz; con su muerte nos ha vuelto a dar la esperanza, el derecho a la vida…

Cargar con la cruz es algo grande, grande… Quiere decir afrontar la vida con coraje, sin blanduras ni vilezas; quiere decir, transformar en energía moral las dificultades que nunca faltarán en nuestra existencia; quiere decir querer comprender el dolor humano y por último, saber amar verdaderamente». Estas palabras de Pablo VI, (Alocución 24.03.1967), definen perfectamente su pontificado. El domingo pasado, junto al mártir Óscar Romero y otros cristianos, fue proclamado santo por la Iglesia.

Escribir sobre Pablo VI no es fácil, decía el viejo político Giulio Andreotti. Y ello no sólo por la dimensión histórico universal de su pontificado, sino sobre todo por su fisonomía espiritual, por la extraña humildad que parecía hacer peligrar la nave, por su amor al silencio, al recogimiento; capaz, sin embargo, de tomar las decisiones más trascendentales para la Iglesia y el mundo de hoy. Pablo VI gobernó desde el dolor. Asumió la carga pesada que puso sobre sus hombros el Señor un día de junio de 1963. El Concilio había iniciado; Juan XXIII había “abierto las ventanas de la Iglesia para que entrara un aire nuevo” y lo que entró fue un vendaval, fuerzas sombrías y perturbadoras se hicieron presentes, se desataron las pasiones y el que estaba al timón de la barca era ese hombre afable, mínimo, dulce.

No llegó la primavera que esperó “el Papa Bueno”; no llegó, al menos, de forma inmediata. En realidad, llegó un invierno, frío como la guerra no declarada entre las superpotencias de entonces. La Iglesia se sumió en graves tensiones internas, miles de sacerdotes abandonaron el ministerio, los seminarios se vaciaron y llegó un momento en que todo era cuestionado: el ministerio sacerdotal, el sentido del papado, su autoridad, surgieron los magisterios paralelos, los dogmas cristianos fueron puestos en duda; el amor y veneración a la Virgen y la eucaristía misma parecían ser negadas. De aquí que la misión evangelizadora de la Iglesia, fueran puesta bajo sospecha. “No nos preguntemos si los pueblos que no conocen a Cristo por algún camino de la Providencia se salvarán; preguntémonos más bien, si nos salvaremos nosotros si no les anunciamos el evangelio”, contestaba Pablo VI.  Todo esto dio origen a una serie de documentos insuperables para hacer volver todo a la verdad original, a la integridad de la fe. No los cito para no hacer pesado el texto, pero, tal vez, organice unas charlas sobre el tema. Una joya de su magisterio escrita para una época triste, presa del pesimismo y el miedo, es la Exhortación “Alégrense en el Señor” (1975), escrita en el silencio y la oración contemplativa de la noche. Trabajaba hasta bien entrada la noche. El leit motiv de su pontificado fue el diálogo con el hombre moderno. Y el hombre moderno está (es) triste. (Heidegger). Vale la pena leerla.

Pablo VI no esquivó las responsabilidades y enfrentó la complejidad de los problemas que se le presentaban con serenidad de ánimo basado en su profunda fe. Pero esa fe no le quitaba una expresión de preocupación, pero tampoco la bella sonrisa y la azul mirada llena de ternura que yo vi cuando me impuso sus manos para conferirme el sacerdocio ministerial. Si la santidad consiste en la identificación con Cristo, necesariamente hay que pasar por la cruz. Pablo VI se encontró con la cruz y la abrazó. Por eso el papa Francisco lo ha canonizado, es decir, lo ha proclamado Santo oficialmente este domingo pasado.

Pablo VI es el iniciador del papado actual, tal como lo vemos ahora; sus encíclicas sobre dogma, moral, liturgia, espiritualidad, evangelización, educación, orden sociopolítico, son sencillamente insuperables. Él preparó el camino a los grandes papas con los que hemos convivido. Que me corrijan los que saben; creo que fue él quien fijó las audiencias semanales como las conocemos hoy y contra su voluntad pues decía que él no era una estrella del espectáculo. Lo convencieron al decirle que los hijos siempre quieren ver a su padre. Después se construyó el Aula Magna Pablo VI de imponente hermosura arquitectónica y funcionalidad admirable.

Sus primeros tres viajes internacionales, no sólo inauguran la época nueva del papado, sino que tiene un sentido profético de lo que la Iglesia ha de hacer hoy. Dejó el Concilio en marcha e inició su viaje a Tierra Santa (1964), durante el cual se estrecha en un abrazo cálido con el Patriarca Atenágoras de Constantinopla, un segundo, a la India (1964) en donde entra en contacto con multitudes no cristianas, y otro a la ONU (1965) en donde abraza simbólicamente a toda la humanidad. Desde ahí mandó un saludo a los obispos reunidos en el Concilio.

En un DC8 de Alitalia por primera vez en la historia un papa salía de Italia al encuentro del mundo. Aterrizó en Amán donde lo recibió el rey Hussein de Jordania y ahí se dirigió a Jerusalén y se detuvo ante el Jordán; iba a entrar a la Tierra Prometida, entró a Jerusalén por la puerta de Damasco donde fue recibido por una multitud que rebasó todos los operativos de seguridad. Los testimonios de la gente son increíbles; hubo quien creyera que iba a realizar milagros como Jesús. Ahí hizo una larga defensa del pontificado de Pío XII. «Quienes como yo han conocido más de cerca esta alma admirable, sabemos hasta dónde podrá llegar su sensibilidad, su compasión por los sufrimientos humanos, su valor y la bondad de su corazón». Lo que Pío XII no supo nunca, y me lo platicaba un viejo amigo de Pablo VI, es que Mons. Montini escondió no solamente judíos, sino también a las niñas de la familia de Saboya en las caballerizas de la guardia suiza, durante la guerra. 

El segundo viaje internacional tuvo como meta la India. Hizo escala en Beirut donde lo recibió en el aeropuerto una auténtica multitud. De ese viaje, Pablo VI guardó recuerdos imborrables. Fue para él lo que México para JP.II. “Este viaje fue para mí la revelación de un universo desconocido. Vi, como dice el Apocalipsis, una multitud que nadie puede contar, como una multitud toda ella acogiéndome: adiviné en esos millares de miradas algo que era más que una curiosidad, no sé que simpatía inexplicable. La India es una tierra espiritual. Tiene por naturaleza el sentido de las virtudes cristianas. Me decía que, si debiera haber un país en el que se pudiera vivir en un día las Bienaventuranzas, y no por minorías selectas, sino por todo un pueblo, por una masa unánime e innumerable, sería ahí”. Se disgustó cuando supo que le ocultaron cuadros de miseria para “no impresionarlo”. Le regaló el Mercedes Benz que le dieron para sus desplazamientos, a la Madre Teresa ‘para sus obras’.

El tercer viaje lo realiza a N. York en 1965 y tiene como meta la visita a la Asamblea General de la ONU. Todos estos mensajes están disponibles en la red. El viaje fue muy breve, duró 32 horas. Visitó Harlem y San Patricio, una entrevista con Johnson y por la tarde, celebró la misa en el Yankee Stadium. El discurso en la ONU es memorable. Nos falta espacio para reseñarlo. Recordó las palabras de Kennedy: “La humanidad tendrá que poner fin a la guerra, o la guerra pondrá fin a la humanidad. No se puede hablar de paz con las armas en la mano”. En ese viaje lo acompañó La Pietá, obra suprema de arte humano. Única vez que ha salido del Vaticano. Seguiría el resto del mundo.

Amigos y asesores le preguntaban por qué había elegido lugares no cristianos para visitarlos; y les contestó con el proverbio de Jesús: “No he venido a buscar a los justos, a los que están cerca, a los sanos, sino a los que están lejos, dispersos, solos, para que no haya más que un solo rebaño y un solo pastor”.

En la homilía el papa Francisco destacó cómo estos hombres y mujeres santos siguieron el llamado radical de Cristo que invita a seguirlo. Jesús es radical. Él lo da todo y lo pide todo: da un amor total y pide un corazón indiviso. O todo o nada.

Sin un salto hacia adelante en el amor, nuestra vida y nuestra Iglesia se enferman de «autocomplacencia egocéntrica»: se busca la alegría en cualquier placer pasajero, se recluye en la murmuración estéril, se acomoda a la monotonía de una vida cristiana sin ímpetu, en la que un poco de narcisismo cubre la tristeza de sentirse imperfecto. La tristeza es la prueba del amor inacabado. Es el signo de un corazón tibio. San Pablo VI escribió: «Es precisamente en medio de sus dificultades cuando nuestros contemporáneos tienen necesidad de conocer la alegría, de escuchar su canto». Jesús nos invita hoy a regresar a las fuentes de la alegría, que son el encuentro con él, la valiente decisión de arriesgarnos a seguirlo, el placer de dejar algo para abrazar su camino. Los santos han recorrido este camino. Son señales y compañeros nuestros de camino, intérpretes fieles del evangelio, la Iglesia auténtica y la prueba de que Dios no nos ha abandonado. Cerrados a este mensaje, sólo nos quedan la algarabía, los lugares comunes y los refritos. 



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