Pero, ¿tiene remedio el PRI?

Jaime García Chávez
Escritor
2018-07-28

De los viejos partidos fundados en el mundo durante las primeras décadas del siglo XX, el único que sobrevive a una longeva vida es el PRI. Su sostén nutricio fue el poder, su dependencia del Estado y del Gobierno. A mayor poder presidencial, más grande el partido y acrecentamiento de su calidad hegemónica o de partido único.
Surgió a iniciativa de Plutarco Elías Calles, en 1929, y fue invencible hasta la elección de 1983 en Chihuahua. Su quiebre fue en 1988, cuando bajo el liderazgo de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, Porfirio Muñoz Ledo, Heberto Castillo y Arnoldo Martínez Verdugo, se lanzó el más grande desafío que quebró al PRI para siempre, no obstante sus recomposiciones, buena parte de ellas fincadas en el fraude, la manipulación y el uso faccioso de las instituciones gubernamentales, en especial sus políticas sociales, con las que compraron millones de voluntades.
1929, no hay duda entre los analistas e historiadores fue un año crucial, tiempo de diseño de proyectos largoplacistas: baste decir que el PNR –el partido inicial– abrió paso a un esquema no caudillista de ejercicio del poder, que se emblematiza en la desaparición de Álvaro Obregón, el famoso “Manco”, el héroe de Celaya. Ese año también se arregló el conflicto religioso con la Iglesia Católica y se reconoció la autonomía universitaria. Empero, durante su primera elección tuvo que encarar la disidencia de José Vasconcelos y, a la postre, Pascual Ortiz Rubio llegó con las malas artes del fraude a la Presidencia, que narra excelentemente Mauricio Magdaleno en su obra Las palabras perdidas.
Al partido naciente se sobrepuso la política del hombre fuerte, el “jefe máximo”, dispensador prácticamente de todo, hasta que lo desplazó, en un golpe incruento, Lázaro Cárdenas Del Río, que inauguró el primer sexenio gubernamental, realizó grandes reformas sociales y, sobre todo, defendió la soberanía al expropiar a las grandes compañías petroleras, que dio paso a Pemex, en el futuro bochornosamente en manos de Octavio Romero, un amigo de AMLO absolutamente ignorante del cargo que el paisanaje ha puesto en sus manos.
Con Cárdenas el PNR se transforma en el Partido de la Revolución Mexicana (PRM), y a la usanza de ese tiempo –recuerden los planes quinquenales de la URSS de Stalin– se suscribió un plan sexenal con el que alcanzó la Presidencia el último militar: Manuel Ávila Camacho. Durante su gobierno se contrapesó al partido de las corporaciones de raigambre cardenista, por un modelo que se centró en la institucionalidad, fundándose el PRI con su nombre actual, y desplazando a lo que quedaba de la vieja guardia militar de la Revolución Mexicana, para abrir paso a los “cachorros de la Revolución”, que se inauguraron en la vida política con Miguel Alemán Valdés.
El PRI pasó a ser partido con sectores –obrero, campesino, popular después, y desaparición paulatina de los militares–, que no sin sobresaltos sorteó largas décadas de dominación, lo que le allanó la legislación electoral, cocinada a modo por el mismo Miguel Alemán, que estuvo en la antesala de la poderosa Secretaría de Gobernación antes de asumir el camino que lo condujo a la Presidencia de la República. No está de más subrayar que en tiempos de la Guerra Fría –entonces iniciaba– mantener el control absoluto del poder en México y el continente resultó vital a los intereses de los Estados Unidos, por eso algunos presidentes de la república estuvieron en la nómina de la CIA.
El PRI cobró fortaleza de invencible. Se regodeaban de esa calidad porque el presidente de la República era, metaconstitucionalmente, el jefe del partido. De tarde en tarde rondaba la idea de que ese partido tenía que renovarse, que tenía que atalayar más lejos si quería sobrevivir. En ese contexto hubo dos momentos: en pleno régimen de Díaz Ordaz se designó al tabasqueño Carlos Madrazo como dirigente partidario, quien intentó un proyecto de democracia interna para la designación de cargos públicos, que naufragó en la Sinaloa de Sánchez Celis y en  Chihuahua de Práxedes Giner Durán. El dedazo, el tapadismo, el reparto sectorial de cargos se mantuvo frente al intento renovador.
Hacia fines del gobierno de Miguel de la Madrid, ya galopante el proyecto neoliberal y el abandono de las viejas tesis de la religión de Estado llamada “Revolución Mexicana”, hubo una negativa absoluta para una apertura democrática en el partido, sobrevino la ruptura cardenista y el arribo de Carlos Salinas a la Presidencia, atisbaba en el horizonte político la debacle del partido, que ha durado tanto tiempo que mantuvo al país en una crisis de legitimidad sistemática, entre otras razones, porque el PRI no tuvo la capacidad de reformarse, y todos los cambios que sobrevinieron (adquisición de gubernaturas, 1997, y la pérdida del poder que representa la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, en 2000 y 2006), fueron a contrapelo de los designios del viejo presidencialismo, en especial del comportamiento del partido fundado en 1929. Si a Porfirio Díaz le dañó su larga estadía en el poder y la detentación de la Presidencia, la edad fue carcomiendo progresivamente al PRI sin que diera muestras de una capacidad reformadora que ahora pretendería la señora Claudia Ruiz Massieu, la sobrina del “innombrable” que todo mundo nombra.
El PRI jamás votó su aggiornamento, nunca tuvo su Perestroika (“...quien llega demasiado tarde, recibe el castigo de las fuerzas de la vida”, Gorbachov dixit). En cambio, muchos priistas en esta circunstancia votaron con los pies y migraron hacia Morena, el partido que se encuentra ahora frente a los mismos retos y los mismos dilemas del viejo partido defenestrado: su relación con el poder.
La crisis del PRI –es pertinente reconocerlo– lastró al resto de los partidos. Hacia la derecha arrastró al PAN, que permanentemente vivió de un antipriismo recalcitrante y fracasó como poder presidencial durante un par de sexenios. Hacia la izquierda el PRD no pudo convertirse en el partido ciudadano del 6 de julio, y la mezcla explosiva de sumar dos versiones autoritarias en su interior –la expriista y la comunista– muy pronto cobró una realidad: era un simple proyecto de poder que repetía la añeja cultura del ejercicio político del mismo.
Buena parte de la desgracia del país se explica por la sobrevivencia del PRI, por la incapacidad de reformar el ejercicio del poder, por rehusarse a contribuir a la construcción y consolidación de un proyecto democrático.
Ese proyecto democrático, las libertades ciudadanas, es lo que debe primar en el futuro que viene. No será fácil, tampoco imposible. Me preocupa, y sobremanera, todo un manojo de decisiones que está tomando López Obrador, cómo se está dando el reciclaje de una vieja clase política en esta circunstancia histórica. Por eso en mis columnas he recordado al costumbrista José Rubén Romero y su novela ‘Mi caballo, mi perro y mi rifle’, que narra aleccionadoramente cómo el pueblo raso siempre está abajo, y en el palco principal los reyes de la baraja española.
Quiero darle una conclusión intimista a este texto, porque padezco la intolerancia de los triunfantes morenistas. Los veo, cambiando lo que haya que cambiar y es mucho, como los positivistas que proclamaron el orden y el progreso para allanar el camino al gobierno del dictador de Tuxtepec.
Antes revoltosos y levantiscos, ahora quieren que los críticos nos pongamos un zipper en la boca; nos dicen que debemos estar adentro del poder, ser amigos del futuro presidente, que nos coloquemos en el torrente de una historia que presentan como un fluido cósmico.
Reniego: hay otros caminos, hay otras posibilidades de ser izquierda; siempre hemos estado afuera y esa es nuestra especialidad y, en el caso particular, su idea de la historia más se parece a un argumento totalitario que a algo que tenga que ver con el sentido crítico que proporciona la razón.
Por lo pronto, que quede claro: a mi juicio el PRI agotó sus posibilidades de reforma. Que no renazca.

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