La gran reconciliación

Hesiquio Trevizo
Presbítero
2018-07-07

Cierto, a lo largo de la semana hemos comprobado un cambio de tesitura en la oratoria del futuro presidente. El discurso ríspido de la campaña cede su lugar a un discurso más terso, más sereno donde se busca la concordia, se pide la unidad, se pone en la cúspide de los valores a México, se exhibe un respeto institucional, se busca una transición bien lograda, se ha dialogado en buen tono con todos poderes fácticos. ¿Será así, realmente? 
Zepeda Paterson lo ha dicho así: “Desde el domingo en que autoridades electorales y rivales reconocieron su triunfo, Andrés Manuel López Obrador ha sido un dechado de prudencia y moderación. La noche misma de esa jornada electoral apaciguó a los poderes de hecho: no habrá expropiaciones, se respetará la autonomía del Banco de México, se mantendrá la disciplina financiera y fiscal; se reconocerán los compromisos contraídos con empresas y bancos nacionales y extranjeros; y se continuarán las negociaciones del TLC tal como se llevan”.
Dentro de esa búsqueda de unidad entra también el factor religioso. “Millones de católicos, millones de evangélicos votaron por mí”, afirmó el virtual presidente. Esta frase es la expresión más clara del afán integrativo del AMLO como futuro presidente: buscar una unidad nacional, una gran reconciliación. Y no podemos menos que preguntarnos, primero, si México necesita una gran reconciliación o si necesita, más bien, una gran conversión como condición previa. Podemos preguntarnos enseguida, de dónde sacará el nuevo presidente las bases morales prepolíticas para un proyecto de semejante amplitud. El anhelo de una gran unidad nacional es un buen propósito gigante. “Si queremos un México nuevo, necesitamos hombres nuevos”, señalaba Juan Pablo II en su primera visita a México.
Creo que la frase en sí es la expresión máxima del deseo de unidad, pero, si, además de los políticos, los cristianos somos la viva imagen de la división y el más grande antitestimonio contra la unidad, creo que es poco lo que podemos aportar. Poner la doctrina cristiana al mejor postor, instrumentalizar el cristianismo, es precisamente la peor forma de prostituirlo. Sencillamente porque no somos sus dueños. Los cristianos hemos traicionado radicalmente el espíritu del Fundador: «Padre, que sean uno como tú y yo somos uno para que el mundo crea que tú me enviaste» (Jn. 17,21). El cristianismo no es un proyecto político, sin embargo, puede ser la fuerte más límpida y preciosa para inspirar la acción. Tampoco en este campo se puede hacer tabula rasa. La exigencia moral de cristianismo está muy por encima del pragmatismo político.
Como un tema transversal en la campaña de AMLO, encontramos el dictado franciscano de “amor y paz”; una bella perspectiva, un ideal que, según San Francisco, sólo puede ser realizado en Cristo. A lo largo de la campaña se denunciaron los dejos mesiánicos a AMLO y de alguna manera sí incluyó en su amplia temática, dentro de otros temas de signo contrario, que hay que atribuir a la pasión oratoria, una decidida carga religiosa. Incluso el nombre del partido por él fundado lleva el mensaje religioso por lo demás obvio para los mexicanos. 
Los temas del perdón y la reconciliación de los pueblos en la historia contemporánea han adquirido singular importancia. Temas como los derechos humanos, la igualdad, la libertad, la familia, el derecho de los niños, el respeto mutuo entre los pueblos, son postulados netamente cristianos.
Hasta la mitad del siglo XX, el perdón era considerado casi exclusivamente como una cuestión relevante del dominio religioso y de la conciencia individual. Esto es particularmente verdadero en el ámbito de la Iglesia Católica. Nunca se tuvo una conciencia lúcida de que el perdón tenía una dimensión comunitaria porque el pecado también la tiene: el sacramento de la reconciliación -confesión- se vivía en la soledad del confesonario frente a un sacerdote.  Olvidamos que al rezar «el Padre Nuestro» decimos: «perdónanos» y no «perdóname»; el Padre Nuestro está dictado en la primera persona de plural. Sin embargo, todavía, es en la conciencia del penitente en su relación íntima con Dios, donde el perdón parece tener su lugar privilegiado.
Con todo, después de los años 50’s del siglo XX, el perdón se impuso como una cuestión política, nacional e internacional de primer orden. Podemos mostrar tres ejemplos. El primero es la creación, después de la Segunda Guerra Mundial de lo que después se convertirá en la Unión Europea: los enemigos de ayer, Francia y Alemania en primer lugar, se deciden por un camino nuevo para vivir juntos. En una misa en la Catedral de Reims presidida por el Cardenal J. M. Marty, el 8 de julio de 1962, ante la presencia del general De Gaulle y el canciller Adenauer, trazó este gran proyecto para el futuro de Europa con palabras sencillas, elementales, claras: «Para el pasado, el perdón de las ofensas, para el porvenir, la voluntad de reconciliación». El segundo ejemplo es la creación, después de la Guerra Fría, de las comisiones para la verdad y la reconciliación: en Chile, África del sur y una quincena más de países, se comprometieron a recrear la unidad luego de los años de violencia y de división.  El tercero, ha sido la transformación de la justicia penal: mayor respeto del derecho, la justicia asume de hoy en adelante un objetivo de reconstrucción de las relaciones quebradas; se trata de una justicia restaurativa.  Pero todo esto no es pragmatismo político, señuelo; se trata de un programa fundamental y honesto. No es el oportunismo clientelar.
El perdón, explícitamente invocado en el plan político ha inspirado formas institucionales nuevas a niveles nacionales e internacionales. ¿Cuál es la relación entre este perdón político y comunitario y el perdón vivido en lo íntimo de la conciencia religiosa?  Sólo hombres reconciliados, curados de la enfermedad de la violencia y el odio; sólo los hombres nuevos, “con la novedad de Cristo”, pueden ser factores decisivos en el cambio anhelado, en la creación de la “civilización del amor” (Pablo VI).
Pero podemos preguntarnos, ¿puede un hombre solo llevar adelante semejante proyecto? ¿Se ha puesto a su altura? ¿Ha logrado controlar las fuerzas caóticas que actúan dentro del corazón de cada uno y se convierten en un entorno amenazador y terrible que se hace patente en la violencia aterradora? Esta violencia perturbadora la hemos visto en el asesinato de familias enteras en nuestro estado.
Entonces, ¿en qué consistiría la tarea? En que el hombre aprendiera a dominar no sólo las energías de la naturaleza, sino su propio poder; que subordinara a la existencia humana el acontecer técnico, político o económico.
López Obrador ha conseguido hasta ahora un pequeño milagro, escribe Paterson, primero, convertirse en el catalizador del hartazgo de los ciudadanos en contra del sistema y barrer en las elecciones con las fuerzas políticas que representan a los poderes fácticos; y, segundo, en las últimas 72 horas ha logrado neutralizar e incluso revertir el nerviosismo de esos poderes fácticos.
Sin embargo, del dicho al hecho hay mucho trecho, reza el sabio refrán. Esperemos; la luna de miel va a pasar pronto. Dentro de todo lo que estamos viendo se ha operado un hecho revelador. Desde hace meses López Obrador nos presentó a un ilustre desconocido, que ha invertido la vida en acumular títulos universitarios, como el próximo canciller mexicano, Héctor Vasconcelos. Pues nada, este jueves en la tarde, el próximo presidente cambió la jugada y nos anunció, al más puro estilo antiguo, (more antiquo, dirían los romanos), que el canciller será el señor ¡Marcelo Ebrard! El nombramiento es por “méritos en campaña” -nunca mejor usada la frase manida-; no por su fogueo en las lides de la diplomacia internacional, mar siempre picado, no por el dominio de los idiomas necesarios, no; sólo por méritos en la campaña. ¿Esto es lo radicalmente nuevo que se prometió? Bueno, a las cosas hay que darles su barniz: “debido a que H. Vasconcelos, su propuesta para la Secretaría de Relaciones Exteriores, ha ganado un escaño en el Senado”.  Don Pepe se ha de haber remolineado en la urna que guarda sus restos en la Catedral Metropolitana y permítame que omita la frase muy socorrida de don José.
"No hay manera de agradecer esta encomienda (...) es un honor para este servidor", ha dicho Ebrard en la rueda de prensa que se ofreció en el centro de la capital mexicana. El primer encargo para Ebrard es preparar la visita de Michael Pompeo, secretario de Estado de Estados Unidos, que se reunirá con Peña Nieto, el actual canciller Luis Videgaray y el equipo de López Obrador el próximo 13 de julio. El proconsulado. 

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