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Continuidad o cambio

Luis Javier Valero Flores
Analista | Jueves 28 Junio 2018 | 00:01:00 hrs

Más allá de lo planteado por los candidatos a la Presidencia de la República, lo que permeó a lo largo de la campaña fue la enorme fuerza con la que la sociedad se pronunció por un cambio en el régimen.

Los resultados electorales -presumiblemente- confirmarán tal aserto.

Lo que ahora tenemos a la mano, justo en los días previos a la elección, es que una buena cantidad de las encuestas, de las manifestaciones en las redes sociales, de los comentarios en todos los medios de comunicación; la concurrencia a los eventos de los candidatos y hasta de los “memes” circulantes tienen como factor común el del rechazo al actual grupo gobernante y a los partidos políticos.

Es el rechazo al “sistema” y a todas las agrupaciones políticas, es cierto, pero a unas más que otras, pero el factor que más incidirá es el de las muy bajas calificaciones al Gobierno de Peña Nieto, el peor calificado de todos los gobernantes anteriores.

Apostarle a la continuidad de tal gobierno será la factura que pagará José Antonio Meade, y de alguna manera, también, Ricardo Anaya. La firma del Pacto por México, en los inicios del Gobierno de Peña Nieto, selló su futuro inmediato debido a que, acostumbrados a exagerar en las consecuencias positivas de sus actos, le hicieron creer a los mexicanos que muchos de sus problemas serían resueltos con las reformas “estructurales”.

Tema central de las campañas electorales de 2012, la disminución de los costos de los energéticos, se convirtió en uno de los baldones más pesados en contra de los partidos del “Pacto” pues el crecimiento del precio de la gasolina -de manera sostenida en el gobierno de Felipe Calderón y a saltos en el de Peña Nieto-, resquebrajó la poca credibilidad restante de los firmantes.

En aras de llevar adelante sus reformas, a como diera lugar, hicieron cosas que hoy se les revierten.

Una de ellas, la de imponer la reforma educativa a como diera lugar, llevó a lo impensable: que la disidencia magisterial (la CNTE) y el organismo oficial (el SNTE), sin acordar formalmente nada, en la práctica, coincidieran en la candidatura de López Obrador.

La razón del encarcelamiento de la hasta entonces lideresa real y presidenta del Comité Nacional del SNTE, Elba Esther Gordillo, no obedeció a la pretensión de combatir la corrupción en el sindicato magisterial, no, respondió al rechazo de Gordillo a la reforma educativa y a su terquedad en llevar su oposición hasta las últimas consecuencias.

Encarcelada, el resto de los dirigentes magisteriales accedieron a sustituirla en la dirección sindical sólo hasta después de que el entonces secretario general y hoy presidente del SNTE, Juan Díaz de la Torre, les dijera que en Gobernación “tienen los expedientes de todos nosotros”.

El régimen paga hoy su terquedad, miles de maestros de la disidencia, y de los agrupados en el sindicato magisterial, particularmente en el sur del país, apoyan a quien les prometiera que echaría por tierra la reforma educativa.

Mintió Peña Nieto, el Estado mexicano nunca perdió la conducción de la educación, de ninguna manera, la maestra Gordillo era pieza esencial del sistema, era uno de ellos, con Zedillo, con Fox, con Calderón, con Peña Nieto, pero al momento que pretendieron quitarle prebendas, sin convencerla, ni cambiárselas por otras, decidieron quitarla de en medio.

Craso error, hoy lo pagarán.

Como ese, numerosos son los casos de tales atropellos y anomalías a lo largo del país.

Entre tanto, una cosa cambiaba en los mexicanos, el crecimiento de la falta de identificación con un sistema y con su partido. Eso no cambia al calor de una campaña electoral, no, es una nueva percepción de cientos de miles de ciudadanos, tal identidad no regresa con el despliegue de nuevas promesas, que en mucho son las mismas de la campaña presidencial anterior, y de la anterior, y de la otra…

Presidencialistas como somos los mexicanos, le apostamos todo nuestro futuro (creyendo que en un sexenio se podrían remediar todos los males) al nuevo Tlatoani, sin percatarnos que depende de los fenómenos sociales que originemos, que construyamos como sociedad, que no dependerá del arribo de un nuevo presidente, cualquiera que éste sea, pero que deberá gozar de una cualidad, la de pretender cambiar el régimen imperante.



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